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AHORA · septiembre
Cerramos la cubierta el miércoles dieciséis a las siete y veinte de la tarde.
La última teja la pone Tony, que lleva desde julio pidiéndolo y al que no le he dejado hasta hoy, y la pone mal. La levanto, se la doy otra vez y la vuelve a poner, y la segunda está bien.
—¿Ves la diferencia?
—No.
—Pues la hay.
—Ya, pero no la veo.
—Un día la vas a ver.
Y Marcelo dice desde el otro faldón, sin levantar la cabeza:
—Yo tardé cuatro años.
Una cubierta cerrada no se parece a nada.
Lo digo en serio: en dieciséis años de oficio no hay otra cosa que se le parezca.
Un tabique terminado está terminado. Una escalera restaurada está bonita.
Pero una cubierta cerrada es un edificio que ha dejado de morirse, y eso se nota físicamente cuando estás encima: el sonido cambia, deja de haber corriente, y el vano de abajo, que llevaba dos años siendo intemperie, es una habitación.
Recogemos el andamio interior y bajamos los cuatro a las siete y media, y al pisar el suelo de abajo hago lo que hago siempre y que no le he explicado nunca a nadie, que es dar una palmada.
Una. Fuerte. En medio del local.
—¿Y eso? —dice Tony.
—Para oírlo.
—¿Para oír qué?
—El eco. Con el techo abierto no había. Ahora hay.
Y Tony da una palmada, y luego otra, y a la tercera Marcelo le dice que ya está bien.
Alma está de pie en medio del local mirando hacia arriba con las manos en la cabeza. Lleva así tres minutos.
—Ya no se ve el cielo —dice.
—Ya no se ve el cielo.
—Es que ya no se ve el cielo, Leo.
—Alma, llevas tres minutos.
—Es que llevo cinco meses viendo el cielo desde dentro de mi negocio.
Hay que decir lo que ha costado.
Nueve días de andamio. Cuatro pares nuevos de pino laminado que hemos subido a mano entre tres porque en Water Street no entra una grúa.
Cinco hiladas de muro rehechas con ladrillo de recuperación de un derribo de Bell Point, que es un ladrillo que ya estuvo puesto en una casa durante ochenta años y que ahora va a estar puesto en otra durante ochenta más.
Un apeo de dos días en los que nadie vio que hiciéramos nada.
Y once mil cuatrocientos dólares, de los cuales ella ha pagado ocho mil novecientos.
Eso también hay que decirlo, aunque lo diga yo solo y por dentro, encima de un tejado, con una cerveza en la mano.
Bev trae seis cervezas y una botella de sidra sin alcohol, porque se ha acordado de que Tony tiene diecinueve, y eso es la cosa más tierna que ha hecho esa mujer delante de mí.
Subimos los cinco al tejado a las ocho menos cuarto, con el andamio todavía puesto, y nos sentamos en el faldón trasero, que tiene poca pendiente y aguanta.
Desde ahí se ve el agua. Se ve el muelle viejo, la grúa, la fábrica de hielo con el rótulo que ya no se lee, y hacia el oeste, entre dos edificios, la carretera de la punta.
Bev dice que este edificio se hizo en el veintiuno.
Marcelo dice que su padre trabajó en la fábrica de hielo en el ochenta y dos.
Tony no dice nada porque está mandando una foto.
Y Alma está sentada a mi izquierda, con las rodillas dobladas y la cerveza en el suelo entre los pies, y no dice absolutamente nada durante veinte minutos.
Se van a las nueve.
Bev se lleva a Tony en el Buick porque llueve un poco y porque el chaval ha venido en bici. Marcelo se va el último, con la radio debajo del brazo, y en la puerta se para y mira el techo.
—Está bien —dice.
Y se va.
Esa es la primera vez en nueve años que Marcelo Rosário dice en voz alta que algo está bien, y me lo dice a mí, y yo no sé qué hacer con la cara y me pongo a recoger un cable.
—Marcelo.
—Qué.
—¿Tú el dos de octubre qué haces?
Se para en la puerta con la radio debajo del brazo.
—El dos de octubre me busco la vida —dice—. Como en el catorce.
—Ya.
—Leo, que llevo nueve años. Que no me tienes que preguntar eso hoy.
Y se va.
Nos quedamos los dos.
Hay una cosa que pasa entre las nueve y las nueve y cuarto que no sé explicar y que voy a intentar. Es que se acaba.
Se acaba el peso. Cinco meses de una cosa muy concreta —el agua entra, el agua entra, el agua entra— y a las siete y veinte de esta tarde ha dejado de entrar, y son las nueve, y llevo hora y media sin tener ese ruido de fondo, y resulta que no sabía que lo tenía.
Y no soy solo yo. Ella también está rara.
Está barriendo un suelo que no hace falta barrer, y lo está barriendo mal, y se ríe sola dos veces.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
—Alma.
—Es que he pensado en Tony poniendo la teja.
Y se ríe otra vez, con la escoba en la mano, y a mí se me va la cabeza entera.
Lo que pasa después pasa deprisa y en el suelo, porque en este local no hay ni una sola superficie horizontal por encima de setenta centímetros que no esté llena de herramienta.
Encima de dos mantas de mudanza de Bev, que estaban dobladas al lado del horno.
Ella se ríe al principio. Se ríe cuando nos estamos quitando la ropa, se ríe de mi cinturón, que se atasca, y se ríe cuando digo que en la vida he tenido tanta prisa.
Y a los dos minutos deja de reírse.
Tiene una fuerza en las manos que no se le nota vestida.
Es de manejar masa de veinte kilos, y son quince años, y se le ve en el antebrazo y en la base del pulgar, y cuando me agarra el hombro me agarra de verdad, con los cinco dedos, como se agarra una cosa que se va a mover.
Yo huelo a tejado. Ella huele a horno. Los dos olemos a lo mismo por debajo, que es a este edificio.
Y aquí no hay nada encima.
No hay una fecha en una carpeta, no hay un domingo por la mañana en Bellamy Street, no hay una sala con una mesa redonda.
Hay una mujer de treinta y uno riéndose contra mi cuello en el suelo de su propio negocio con la cubierta cerrada por encima, y yo llevo un año exacto sin tener quince minutos así, y lo sé mientras está pasando, que es la única vez en mi vida que me ha pasado eso.
Después nos quedamos boca arriba encima de las mantas de Bev mirando un techo que hemos hecho nosotros.
Se ven las cabezas de los tornillos del cielo raso, cuarenta y ocho, en filas.
—Cuarenta y ocho —dice ella.
—¿Los has contado?
—Llevo un rato.
—Son cuarenta y nueve.
—Cuarenta y ocho, Leo.
—Cuarenta y nueve. El de la esquina no se ve desde ahí.
Y se incorpora sobre un codo para comprobarlo, desnuda, en el suelo de su local, y se pasa cuarenta segundos buscando un tornillo.
—Cuarenta y nueve —dice.
—Ya te lo he dicho.
—Cállate.
Se vuelve a tumbar. Me pone la cabeza en el hombro.
Tiene una marca en el hombro que le he hecho yo, con la boca, sin darme cuenta, y que va a durarle cuatro días y que va a tener que explicar en el obrador.
—Lo siento.
—¿Qué?
—El hombro.
Se lo mira. Se lo mira de verdad, girando el cuello, como se mira uno una picadura.
—Ah —dice—. Vale.
No dice nada más, y se vuelve a tumbar, y se le queda una sonrisa idiota que no piensa reconocer.
Y estamos así un rato largo, sin decir nada, y en algún momento la respiración se le pone de dormida y yo me quedo mirando cuarenta y nueve tornillos.
Entonces dice, sin abrir los ojos:
—Oye.
—Dime.
—¿Tú cuándo fue la última vez que te lo pasaste bien?
Y yo me quedo con esa pregunta encima, en el suelo de un local, debajo de un techo que hemos cerrado esta tarde.
Porque la respuesta es fácil y es de hace once minutos.
Y la de antes de esa es un domingo de agosto en una nave de Pawtucket, con esta mujer sentada en un bordillo con una bandeja en las rodillas, sin poder respirar de la risa, y una gaviota llevándose una almeja del suelo.
Y la de antes de esa es de hace once meses, en el aparcamiento de un hospital, con dos sándwiches de gasolinera encima de un capó.
Y esa no la puedo decir hoy.
—Hace un rato —digo.
—Ya. —Tiene los ojos cerrados—. Yo también.