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AHORA · septiembre
Julia se muda a Providence el domingo trece de septiembre en una furgoneta de alquiler de tres metros con un espejo derecho que no se sujeta.
Se va a compartir piso con la otra Priya, que ha entrado en una empresa de allí, y con una tercera persona a la que nadie ha visto y que se llama Fen. Se ha matriculado en septiembre en un curso de ilustración de dos años en el que entra gente de veintidós y de cuarenta.
Se lleva ciento cuarenta kilómetros de distancia entre su hospital de referencia y su nuevo domicilio, lo cual significa que hay que cambiar el seguimiento a Providence, y que eso lo ha hecho ella sola, por teléfono, en agosto, y me lo contó cuando ya estaba hecho.
—¿Y no me ibas a decir nada?
—Te lo estoy diciendo.
—Julia, eso hay que coordinarlo con el equipo de aquí.
—Ya lo he coordinado.
—Hay que pedir el informe…
—Alma, ya está pedido. Está en un sobre en mi mochila. —Se limpia las manos en los vaqueros—. Y he llamado a Priya. A la Priya buena, a la del hospital. Y me ha dado el nombre de la de allí.
Y yo me quedo en mitad de un tercero sin ascensor con una caja de libros en las manos y sin absolutamente nada que hacer.
Yo me entero de la fecha con doce días de antelación y por un grupo de mensajes.
Un grupo. Ella hizo un grupo de cinco personas para organizar la mudanza y yo estoy dentro, y el grupo se llama «13-S», y hay dos personas ahí que no conozco de nada.
Estuve veinte minutos mirando ese grupo el día que me metieron.
Luego escribí «yo llevo el coche también» y nadie me contestó durante seis horas, y a las seis horas contestó una tal Deb con un pulgar hacia arriba.
La mudanza la hacemos entre cinco: Julia, la otra Priya, dos amigos suyos que se llaman Deb y Óscar, y yo.
Y descubro una cosa que no había visto nunca, que es a mi hermana organizando algo.
Tiene un plano. Un plano de la furgoneta, dibujado a mano, con las cajas numeradas y colocadas por peso, y les dice a Deb y a Óscar dónde va cada cosa con una autoridad que yo no le conocía. Ha comprado cinta. Ha comprado mantas de mudanza. Ha calculado dos viajes y va a hacer uno.
—Esa no —le dice a Óscar—. Esa va arriba, que dentro hay cristal.
—¿Y esta?
—Esa es de ropa. Esa la aplastas.
Yo cargo lo que me dicen. Cinco horas.
En la hora tres, bajando la mesa por el segundo tramo, Óscar me dice que tenga cuidado con el escalón partido.
—Ya lo sé.
—Es que engaña.
—Llevo once meses subiéndolo.
Y él dice «ah», y ahí se acaba, y en esa palabra hay una cosa muy concreta: que este chico lleva un año viniendo a esta casa y que yo llevo un año viniendo a esta casa y que no nos habíamos visto nunca.
En la hora cuatro alguien pone música. En la hora cuatro y media Deb baja a por cervezas y sube seis y me pregunta si quiero, y digo que no porque conduzco, y ella dice «ah, claro» y me da una botella de agua sin preguntar.
Y en las cinco horas nadie me pregunta nada sobre mi hermana. Ni una vez. Ni cómo está, ni si puede cargar, ni si eso le hace daño, ni si hay que tener cuidado con algo.
Porque hay una mujer de veinticuatro años con un plano, y porque para esta gente eso es lo que hay.
A las cuatro y media está la furgoneta cerrada y el piso vacío.
Julia hace lo que hace todo el mundo, que es dar una última vuelta por una casa que ya no es suya, y en la habitación se para.
—Yo aquí he estado bien —dice.
—Ya.
—No lo digo por decir. Once meses. He estado bien.
—Ya lo sé.
—Y en marzo te eché.
—Julia.
—Te eché en marzo y quiero que sepas que lo volvería a hacer.
—Ya lo sé.
—Vale.
Y salimos, y cierra, y le deja las llaves a la vecina de abajo en un sobre con el nombre puesto.
En la calle, al lado de la furgoneta, con Deb y Óscar ya sentados dentro y el motor arrancado, mi hermana se gira hacia mí.
Y aquí es donde yo tendría que decir todas las cosas.
Las tengo. Tengo las de siempre: que me llame cuando llegue, que me mande la analítica de octubre, que la primera consulta en Providence es el seis y que yo puedo ir.
Tengo la de la vacuna de la gripe, que este año hay que ponerla antes.
Tengo la de que en Providence hay una farmacia de guardia en Broad que no cierra.
Las tengo todas en la boca y me las trago una por una y me quedo con la boca llena de cosas que no voy a decir.
—Conduce despacio —digo.
—Conduce Óscar.
—Pues que conduzca despacio Óscar.
—Vale.
Y mi hermana me mira un segundo de más.
—¿Eso es todo? —dice.
—Eso es todo.
—Alma.
—Que sí. Que conduzcáis despacio y que me escribas cuando lleguéis. Y ya está.
Y a Julia Reyes, que tiene veinticuatro años y una cicatriz de veintiún centímetros y un plano de una furgoneta dibujado a mano, se le llenan los ojos por primera vez en todo el día.
—Joder —dice.
—Ya.
—No, es que ahora sí que me voy a poner a llorar y llevo desde las nueve aguantando.
—Pues llora, muchacha.
—Es que si lloro yo lloras tú.
—Sí.
—Pues no.
Me abraza fuerte, tres segundos, y se sube a la furgoneta, y cierra la puerta, y baja la ventanilla.
—¡Alma!
—¿Qué?
—¡Que me mandes el bizcocho ese!
—¡No se puede mandar un bizcocho!
—¡Pues me lo traes!
Y la furgoneta arranca con el espejo derecho colgando y Óscar la para a los seis metros para sujetarlo con cinta, y arrancan otra vez, y esta vez sí.
Vuelvo a Merrow Bay sola por la interestatal.
Y hago una cosa que llevaba once meses sin hacer, que es poner la radio.
Once meses conduciendo en silencio, porque cuando conduces en silencio puedes hacer cuentas, y yo iba a los sitios haciendo cuentas: los kilómetros que hay del piso de Julia a urgencias, los minutos que tarda una ambulancia en la interestatal un domingo, lo que cuesta un taxi a las tres de la mañana desde Bellamy.
Hoy pongo la radio y hay un programa de deportes y no me entero de nada, y lo dejo puesto los cuarenta minutos.
En el kilómetro dieciocho, donde paré en el arcén con Rosa hace dos semanas, no paro.
Llego al local a las seis y cuarto.
Está Leo solo en el andamio, poniendo el cuarto par, con la cabeza dentro del faldón y las piernas fuera.
—¿Ya está? —dice desde arriba.
—Ya está.
—¿Ha llorado?
—A la última.
—¿Y tú?
—Yo he aguantado hasta el kilómetro cuarenta.
Él se ríe dentro del tejado, que suena rarísimo, y baja, y no me pregunta nada más.
A las diez de la noche, cuando ya se ha ido, me quedo sola en el local.
Cojo el móvil.
Tengo dos mensajes de Julia: uno de las siete y veinte que dice «llegamos» y una foto de las diez menos cuarto de una habitación con cajas y un colchón en el suelo y la luz encendida.
No contesto a la foto con ninguna pregunta.
No pregunto si ha cenado, ni si ha sacado las pastillas de la mochila, ni si el sobre del informe sigue donde lo puso, ni si la ventana de esa habitación da a la calle o al patio. Escribo: «Qué bien.»
Lo miro. Le añado un punto y se lo quito. Le pongo «un beso» y se lo quito también, porque «un beso» en un mensaje mío a mi hermana es una manera de preguntarle si está bien sin preguntárselo, y ella lo sabe leer desde los quince años.
«Qué bien.»
Le doy a enviar.
Y me quedo sentada en el suelo de mi local con el móvil apagado en la mano, sola, sin nadie a quien llamar y sin nada que hacer hasta las cuatro de la mañana, y no me muero.
22:11.