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AHORA · septiembre
El sábado cinco hago el bizcocho de la suegra de Rosa a las cinco y diez de la mañana, entre la segunda tanda y la tercera, en el obrador de Fiore’s, con harina de maíz que he comprado yo y manteca que me ha vendido Yolanda de la suya.
Lo hago tres veces, el mínimo para saber algo.
Un bizcocho no se resuelve probándolo: se resuelve cambiando una variable cada vez y anotando.
Si cambias dos, no sabes nada. Eso es lo primero que te enseñan y es lo que nadie hace en su casa, y por eso Rosa Ferreira lleva once años cambiando el maíz y la leche y el horno a la vez y volviendo al mismo ladrillo.
El primero lo mezclo cuarenta segundos con cuchara de madera, tal como le dije a ella que lo hiciera, y sale bien. Bien de verdad: sube, no se hace bola, y tiene la miga abierta e irregular que tiene el bizcocho de la gente que tiene prisa.
El segundo lo hago igual pero en el molde alto de aluminio, como el de la suegra, y tarda once minutos más porque un molde alto reparte peor y la corteza se hace antes que el centro.
Sale mejor: la miga se abre más y la corteza queda pálida: exactamente lo que tenía el ladrillo de Rosa y que yo había leído mal, porque no era horno flojo. Era molde.
El tercero lo hago sin azúcar en la superficie y con la manteca a temperatura de cocina en vez de fría, y ese es el que era.
La manteca fría se te queda en trocitos y sella la miga.
La manteca a temperatura de cocina se reparte y deja pasar el vapor, y el vapor es lo que abre un bizcocho.
Una mujer con dos críos que hace esto un miércoles no saca la manteca de la nevera dos horas antes: la saca porque lleva ahí desde la comida.
Lo sé porque cuando lo corto, a las siete menos cuarto, y le doy un trozo a Yolanda sin decirle nada, ella se lo come y dice:
—Esto es de pueblo.
—¿Bueno o malo?
—Esto es de una señora en una cocina un miércoles.
Ese es exactamente el diagnóstico.
—¿Y esto de quién es? —dice.
—De la suegra de una señora.
—¿Y la señora te lo ha dado escrito?
—La señora me ha dado once intentos fallidos y cuatro palabras.
Yolanda se limpia las manos en el delantal.
—Pues eso vale más que una receta —dice—. Una receta te dice lo que hay que hacer. Once fracasos te dicen lo que hay que dejar de hacer.
Y se va a por la fregona. Es lo que hace ella cuando ha dicho algo.
Los otros dos se los dejo a Yolanda para el mostrador, con un cartel escrito a mano que pone «bizcocho de maíz», y a las once de la mañana se han vendido los dos y Denise me pregunta si lo vamos a hacer más.
Le digo que no lo sé.
Y lo apunto en la libreta, en la columna de la izquierda, la de lo que cuestan las cosas: harina de maíz, manteca, canela, molde alto. Sale a cuarenta centavos la ración.
Se lo llevo a Chestnut a las nueve y media, todavía tibio, envuelto en un paño.
Rosa abre con la bata puesta a las nueve y media de un sábado, que es la segunda vez esta semana y que ella sabe perfectamente que yo sé.
—Ay.
—Buenos días.
—Hija, que no estoy…
—Ya lo sé. No vengo a entrar. Vengo a dejar esto y me voy.
No me voy, claro, porque en cuanto lo destapa en la cocina se le va la cara a un sitio.
Corta un trozo. Lo mira por dentro antes de probarlo, cosa que le he enseñado yo en mayo y que ha aprendido.
Se lo come de pie, apoyada en la encimera, en tres bocados.
Y después se queda muy quieta con el plato en la mano.
—Sí —dice.
—¿Sí?
—Sí, hija. Sí. —Y deja el plato—. Es este.
—Vale.
—Es este de verdad. No es parecido. Es este.
Y ahí sí llora, pero es otra cosa: es de tres segundos, con un ruido raro, y se limpia con el dorso de la muñeca y se ríe de sí misma, y se corta otro trozo inmediatamente y se lo come.
—¿Y qué era? —dice con la boca llena.
—Cuarenta segundos y la manteca sin enfriar.
—Cuarenta segundos.
—Cuarenta segundos.
—Once años, Alma.
—Once años.
Se corta el tercer trozo.
—Se lo voy a llevar a mi cuñada —dice—. Y le voy a decir «no es esto», y me va a decir que sí es, y va a ser el mejor día de mi vida en dos años.
—¿Y si dice que no?
—No va a decir que no.
—Rosa.
—Hija, esa mujer lleva once veces diciéndome que no y una vez le dije que si me lo volvía a decir no venía más. —Se corta un cuarto trozo—. Y volví al domingo siguiente. Somos así.
Me voy a las diez y cuarto.
Antes de irme le dejo la receta escrita en un papel, con la letra grande, con las cuatro cosas que importan subrayadas: cuarenta segundos, cuchara de madera, molde alto, manteca de la mesa.
—¿Y esto es todo? —dice.
—Esto es todo.
—Once años.
—Once años.
En la puerta, cuando ya me voy, me coge del brazo.
—Alma.
—Dígame.
—Esto no me lo has hecho por lo del domingo, ¿verdad?
Y la miro, y no le miento.
—No. Se lo he hecho porque me lo pidió en mayo.
—Vale. —Me suelta el brazo—. Es que si me lo hubieras hecho por lo del domingo no me lo como.
Y bajo Chestnut hacia el agua andando, porque el coche lo he dejado en Water Street, y en esos once minutos de cuesta abajo entiendo lo que me está pasando.
Que llevo desde el domingo respirando de otra manera.
Que hay una cosa que se ha ido y que llevaba dentro desde marzo, y que era esto: la idea de que yo le debía algo a esa mujer.
Una deuda concreta, con acreedor y con importe, aunque nadie supiera calcularlo.
Yo pensaba que Rosa Ferreira tenía derecho a una cosa que estaba dentro de mi hermana y que yo tenía que encontrar la manera de dársela.
El domingo se la dieron.
Y no había nada.
Es un músculo que va a cien porque le han cortado un nervio.
No hay nada dentro de mi hermana que le pertenezca a nadie. Nunca lo hubo. Yo lo sabía —lo sabía intelectualmente, me lo habían dicho, lo había leído en tres sitios— y hasta el domingo no lo sabía.
Y a mí, que soy una persona que necesita deberle algo a alguien para saber dónde ponerse, resulta que eso me ha dejado sin nada que devolver.
Y en vez de dejarme vacía, me ha dejado ligera.
Es un sábado de septiembre a las diez y veinte de la mañana y estoy andando por Chestnut hacia el agua con las manos vacías.
Paso por delante de la iglesia. Paso por delante de la ferretería, que está abierta y que tiene en el escaparate un expositor de cintas de persiana. Compro una, de dos dólares, para la ventana de la cocina de Rosa, que la tiene deshilachada y que llevo desde mayo viéndola.
Y a los diez metros doy media vuelta, entro otra vez y la devuelvo.
El chico me mira raro.
—Es que no es para mí —digo, que no explica nada.
Me duermo cuatro horas seguidas por la tarde. Hacía once meses.
A las siete, cuando llego al local, Leo está en el andamio con Marcelo y el faldón abierto y el apeo puesto, y me ve, y baja los diecinueve peldaños del tirón.
—¿Qué? —digo.
—Nada. —Se limpia las manos—. Que tienes buena cara.
—Ya.
—No, en serio. Que llevo cinco meses viéndote y hoy tienes buena cara.
—He dormido cuatro horas.
—Ya. —Coge el metro—. Y he traído la hoja del andamio.
—¿La hoja?
—La hoja. La de Kearny, con el número. Te dije el lunes y era el lunes pasado.
Me la da.
Y yo la cojo, la leo entera, veo un número que dice tres mil doscientos y una firma, la doblo en cuatro y me la guardo en la libreta, en la columna de la derecha, debajo del uno de octubre.
19:14.