30
AHORA · septiembre
El martes uno de septiembre mi madre no va a trabajar.
Me entero a las diez y veinte por Fátima, la de la peluquería, que me llama a la obra porque tenía cita a las nueve y media y no ha aparecido, y porque en esta ciudad si una mujer de sesenta y uno no aparece a una cita fija de veinte años, la gente llama. Voy a las once.
Llamo dos veces y no abre, y cuando abre tarda, y por el ruido sé que ha venido desde la cocina y no desde arriba.
Está en bata a las once de la mañana. Yo he visto a esa mujer en bata tres veces en mi vida y las tres han sido en Navidad antes de las nueve.
—¿Estás mala?
—¿Estás mala?
—No.
—Mamá.
—No estoy mala, filho. Es que hoy no voy.
—Te ha llamado Fátima.
—Fátima me ha llamado cuatro veces.
—Y a mí una.
—Pues ya está.
—Mamá, en esta ciudad si tú no apareces a una cita de las nueve y media llaman a tu hijo a una obra.
—Ya lo sé cómo es esta ciudad.
—Pues eso.
—Pues por eso me quiero ir.
—¿Y las casas?
—He llamado a las dos y les he dicho que voy el jueves.
Se queda sentada, con las manos en la mesa, delante de una taza que lleva fría desde hace rato.
En esa mesa, además de la taza, hay: el mando de la tele, que no es de esta habitación; un paquete de galletas abierto y no empezado; y el móvil, boca abajo.
Y no hay periódico, ni gafas, ni el crucigrama que hace todos los días desde que se jubiló mi padre.
Eso es todo lo que he visto en los cuatro segundos que he tardado en entrar en esa cocina, y con eso ya sabía.
Lo que hago yo es lo que hago siempre, que es ponerme a arreglar cosas.
Empiezo por la bombilla del pasillo, que lleva fundida desde julio y que me lleva cuatro minutos, incluido ir a la furgoneta a por la escalera.
—Ya está.
—Gracias, filho.
Sigo con la puerta del armario de arriba, que roza desde antes de que se muriera mi padre. Le quito la hoja, le cepillo dos milímetros del canto de abajo, la vuelvo a colgar y abre y cierra como el primer día. Eso son treinta y cinco minutos.
—Ya está.
—Gracias.
Después el grifo del baño. Corto el agua, desmonto el monomando, y el problema no es la junta: es que alguien —y ese alguien fui yo, en el diecinueve— le metió una junta que no era y aguantó seis años. Le pongo la buena.
—Ya está.
—Gracias, filho.
Y a la cuarta vez que digo «ya está» me doy cuenta de que llevo dos horas trayéndole cosas terminadas a una mujer que no me ha pedido ninguna. Ella me deja hacer.
Durante dos horas me deja hacer, sin decir una palabra, y cuando bajo del taburete de la bombilla la encuentro en el mismo sitio y en la misma postura.
Y ahí es cuando lo entiendo.
—Mamá.
—Dime.
—¿Cuántas cajas has hecho esta semana?
Silencio.
—Mamá.
—Ninguna.
—El sábado hicimos cuatro.
—El sábado era el sábado.
Miro el recibidor. Las cajas del sábado están donde las dejamos, y las de esta semana no existen, y quedan treinta días para el uno de octubre.
—Yo creía que tenías prisa —digo—. Lo de septiembre no, que en septiembre tengo nueve casas.
—Ya.
—Mamá, quedan treinta días.
—Ya lo sé cuántos quedan, Leo. —Y por primera vez levanta la cabeza—. Llevo dos años sabiendo exactamente cuántos quedan de todo.
—¿Y qué haces? —digo—. Todo el día.
—Nada.
—Mamá.
—Me levanto a las siete, porque eso no se quita. Me hago el café. Me lo tomo. Y luego son las siete y veinte.
—…
—Son las siete y veinte, Leo, y yo no tengo dónde ir hasta el jueves.
Entonces me lo cuenta.
No lo del domingo. Del domingo no me cuenta nada y no me va a contar nada nunca, y yo tampoco lo voy a preguntar. Me cuenta otra cosa.
Me cuenta que desde octubre tenía una lista.
Que en la lista había cosas. Enterrarle, que fue lo primero. Los papeles del seguro, que fueron tres meses. La misa del mes. Vaciar el coche, que lo hizo ella sola en enero y no me lo dijo. Hablar con la del banco. Y después, desde marzo, la lista tenía una cosa nueva y era la de la oreja.
—Y ahora ya no hay lista —dice.
—Mamá…
—Y esto no es que esté triste. Yo llevo triste desde octubre y con eso ya sé. —Se pasa la mano por la mesa como quien limpia unas migas que no hay—. Es que hasta el domingo yo me levantaba y había una cosa que hacer. Y ahora me levanto y no hay.
Yo me quedo de pie en la cocina de mi madre con una junta de grifo usada en la mano.
Lo que quiero hacer es darle una lista nueva.
Lo veo entero: las cajas, el jueves, las nueve casas, la rodilla, la operación en noviembre cuando venda, el piso al que se va a mudar y que hay que buscar en septiembre.
Puedo hacerle una lista de aquí a Navidad en cuatro minutos y en un papel cuadriculado, que es lo que hacía mi padre y lo que hago yo.
Le digo que la ayudo con las cajas el sábado.
No le digo que ya he empezado a hacerle la lista dentro de la cabeza, ni que llevo desde los veinte años arreglando el sitio en el que está la gente en lugar de preguntarle qué le pasa.
—Siéntate un rato —dice.
—Tengo que estar en la fábrica a la una y media.
—Siéntate un rato, Leo.
—Es que si me siento no hago nada.
—Ya lo sé.
—Mamá, que quedan treinta días y hay siete armarios.
—Leo. Siéntate un rato.
Me siento.
Y ahí empieza lo difícil.
Porque a los dos minutos ya me he fijado en que la persiana de la ventana de la cocina tiene la cinta deshilachada y en que eso son diez minutos y una cinta de dos dólares.
A los cinco he mirado el techo del rincón y he visto que la pintura está levantada encima del frigorífico, que es condensación, que se arregla con un extractor pequeño.
A los ocho he pensado en el piso al que se va a mudar, que todavía no tiene, y he empezado a hacer la lista de las cosas que hay que mirar en un piso de alquiler para una mujer de sesenta y uno con una rodilla mala: planta baja o ascensor, bañera no, ducha, y que la caldera no esté en un altillo.
A los once me he obligado a dejar las manos encima de la mesa.
A los quince he entendido que ella no está esperando que yo haga nada.
Y a los diecisiete me he dado cuenta de que hacía años que no me sentaba en esa cocina sin un motivo.
Veinte minutos, los dos, sin hacer nada.
Es lo más difícil que he hecho en todo el mes.
A los veinte minutos ella dice:
—La chica esa cocina muy bien.
—¿Alma?
—Alma. —Coge la taza fría y la deja otra vez—. Me llevó y me trajo y estuvo parada en el arcén hasta que se me pasó, y no me dijo ni una sola tontería en cuarenta minutos.
—Ya.
—Eso no lo sabe hacer casi nadie.
—Ya lo sé.
—Pues díselo.
A la una menos veinte me voy.
En la puerta, con las llaves de la furgoneta ya en la mano, me giro.
—Mamá.
—Qué.
—Yo también me acuerdo de él todos los días.
Ella se queda un momento con la mano en el respaldo de la silla.
—Ya lo sé, filho.
—Es que no lo digo nunca.
—Ya lo sé. —Y se sienta otra vez—. Tú traes bombillas.
—¿Qué?
—Que tú traes bombillas, y juntas de grifo, y cajas. Desde octubre. —Se coloca la bata—. Yo sé lo que es cada bombilla.
Lo que no dije: que a las once y cuarto, cuando he entrado y la he visto en bata, lo primero que he pensado no ha sido «cómo está». Ha sido «cuántos días quedan». Y que me he tardado dos horas en darme cuenta de que había pensado eso.