Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 29
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La novena noche no bajé.

Me quedé en la butaca de la habitación con los pies encima de la barra de la cama de mi hermana. Es la postura en la que llevaba once meses sin dormir.

Esa noche mi hermana durmió mal.

No mal de dolor: mal de la otra manera, la de dar vueltas y suspirar fuerte para que se entere alguien. A la una y media me dijo que le cambiara la almohada. A las dos me dijo que la tele del pasillo estaba muy alta. A las dos y media me preguntó si me pasaba algo.

—No.

—Alma, llevas cuatro horas ahí sentada sin mirar el móvil.

—Es que estoy cansada.

—Tú cuando estás cansada miras el móvil.

Y se dio la vuelta hacia la ventana, y a las tres se durmió, y yo me quedé con los pies en la barra de la cama mirando una puerta.

A las tres y cuarenta miré el móvil y lo volví a dejar boca abajo.

A las tres y cincuenta y cinco lo miré otra vez, y no había nada, porque nunca había nada: en once noches aquel hombre no me escribió ni una vez, y yo tampoco a él, y eso era exactamente el trato aunque no lo hubiéramos dicho.

A las cuatro y diez salí al pasillo a por agua, que a las cuatro y diez no hay que explicárselo a nadie. Y estaba allí.

De pie, al lado de la máquina de agua de la cuarta planta, con una mano en el bolsillo, mirando la puerta doble por la que se sale a los ascensores como si llevara un rato calculando cuánto tiempo más podía quedarse ahí sin que alguien le preguntara qué hacía.

En la cuarta planta él no había estado nunca.

Ese era el trato. No se sabía dónde estaba nadie, no se subía, no se preguntaba, y llevábamos ocho noches cumpliéndolo con una disciplina de gente que no tiene otra cosa.

—Esto es la cuarta —dije.

—Ya lo sé.

—Leo, esto es la cuarta planta.

—Ya lo sé, Alma. He tenido que preguntar en admisiones y he dicho que era familia.

—¿Y qué apellido has dicho?

—Reyes.

Y ahí me tuve que apoyar en la pared.

—¿Y no te han preguntado nada?

—Me han preguntado el nombre del paciente.

—Leo.

—He dicho Julia.

—¿Y cómo sabías tú…?

—Porque me lo dijiste la tercera noche. Julia, veintitrés años, dibujaba.

—Se pasó la mano por la boca—. Y llevo desde ayer sabiendo que sabía eso, y llevo desde ayer sin usarlo, y esta noche lo he usado para poder subir a decirte una cosa y ya está.

No he preguntado nada más, no he mirado ninguna puerta y no sé en qué habitación está.

—Está en la cuatro doce.

Lo dije yo. Sin pensarlo, en un pasillo, con un vaso de plástico vacío en la mano, después de ocho noches de disciplina.

Leo cerró los ojos un segundo.

—Eso no me lo digas.

—Ya está dicho.

—Alma, eso no me lo digas, que luego lo sé.

—Pues ya lo sabes.

Y nos quedamos los dos en un pasillo con la norma rota por la mitad, y ninguno de los dos hizo nada por recogerla.

—No vengo a hablar de nada —dijo—. No voy a preguntar nada. No quiero saber qué habitación es ni qué le pasa ni nada. Vengo a decirte una cosa y me voy.

—Dila.

—Lo de ayer era mentira.

—…

—Todo. Entero. Lo dije para hacerte daño porque llevaba once horas de un día muy malo y porque tú me habías puesto comida delante otra vez y yo no podía con eso. Y sabía dónde tenía que dar.

—Ya lo sé.

—Deja que lo diga. —Se pasó la mano por la boca—. Tú no bajas a esa cafetería a buscar a quién cuidar. Tú bajas porque a las tres y cuarenta es la única hora del día en la que no eres la hermana de nadie. Me lo dijiste tú la segunda noche y yo lo cogí y lo puse del revés porque me venía bien.

Yo tenía un vaso de plástico vacío en la mano y me estaba haciendo daño con él.

—Vale —dije.

—Y no te lo estoy diciendo para que bajes.

—Vale.

—Es que lo tenía que decir arriba. Abajo no valía.

Y ahí sí me tembló todo por dentro, porque ese hombre había pedido un apellido prestado en admisiones a las cuatro de la mañana para no decirme perdón en el sitio fácil.

—¿Tú has dormido? —dije.

—No.

—¿Cuánto?

—No sé. Anteayer, tres horas.

—Ven.

Le llevé a la sala de espera de la cuarta, que a las cuatro y cuarto de la mañana está vacía y tiene una tele apagada, una máquina de café peor que la de abajo y cuatro sillones de escay de los que no se levanta nadie con la espalda entera.

Nos sentamos en los dos del rincón.

—¿Quieres algo de la máquina? —dije.

—No.

—Es peor que la de abajo.

—Ya me lo imagino.

—Es que es de verdad peor. Es la misma marca y sale distinto. Llevo once meses sin explicármelo.

—Alma.

—Qué.

—Que no quiero nada de la máquina.

—Vale.

Y no hablamos más.

Estuvimos cuarenta minutos sin decir nada, con la tele apagada delante, oyendo el ruido que hace una planta de hospital a las cuatro y media, que no es silencio: es una máquina cada dos minutos, unas zapatillas por el pasillo, una puerta, y cada mucho rato una voz que dice un número.

En algún momento él se durmió.

Se durmió de golpe, como se duerme la gente que lleva cuarenta y ocho horas aguantando, y se le fue la cabeza hacia mi lado y se paró a dos dedos de mi hombro, y ahí se quedó. Yo no me moví.

Estuve una hora sin moverme.

Se me durmió el brazo izquierdo a los veinte minutos y a los cuarenta ya no lo sentía, y no me moví, y estuve ese rato haciendo una cosa muy tonta que era mirarle la mano derecha, que la tenía abierta encima de la rodilla, con la palma hacia arriba y los dedos medio cerrados.

Tiene una cicatriz vieja en el pulpejo, de tres centímetros, blanca, de las que se hacen con material y no con cuchillo.

A las cinco y veinte se despertó de golpe, como se despierta la gente que se ha dormido sin permiso, y se incorporó y se pasó las dos manos por la cara.

—Joder.

—Ya.

—¿Cuánto?

—Una hora.

—Alma.

—¿Qué?

—Que por qué no me has despertado.

Y yo me quedé con esa pregunta un momento, con el brazo izquierdo dormido y una hora de un hombre pesándome en el hombro sin haberme llegado a tocar.

—Porque no —dije.

—Alma.

—Dime.

—¿Tú comes?

—¿Qué?

—Que si comes. En el día. No en la cafetería a las cuatro de la mañana: en el día. A las dos, sentada, con un plato.

Yo me quedé con el brazo dormido y sin ninguna respuesta buena, porque llevaba once meses comiendo de pie delante de una máquina o encima de un fregadero, y porque la última vez que me había sentado a la mesa a las dos con un plato había sido en Navidad y en casa de otra gente.

—A veces —dije.

—Ya.

—Leo, es que no da tiempo.

—Ya lo sé. —Se pasó las manos por la cara otra vez—. Si no te lo estoy diciendo para que lo arregles. Te lo estoy preguntando porque llevo nueve noches dándote las gracias con la boca llena y no sé si tú comes.

Ahí me tuve que morder por dentro del labio, porque a las cinco y media de la mañana yo no estaba para eso.

Se fue a las cinco y media.

En la puerta de la sala se paró.

—Mañana bajo a las tres y cuarenta —dijo—. Y si no estás, bajo pasado.

—Ya me lo dijiste.

—Ya. Es que lo digo otra vez.

Volví a la habitación con el vaso de agua que había ido a buscar hora y media antes.

Me lo bebí de pie, junto a la ventana. Estaba caliente.

Julia se despertó a las seis menos veinte y lo primero que dijo, con la voz de recién despierta y sin abrir del todo los ojos, fue:

—¿Has dormido algo?

—Una hora.

Era mentira y era verdad, y no supe cuál de las dos cosas era más.