28
AHORA · agosto
Rosa no conduce a Bellamy.
Eso lo decidimos el martes por teléfono, entre ella y yo, sin consultarlo con nadie: que Bellamy está a cuarenta minutos por la interestatal, que ella no ha conducido por la interestatal desde el dieciocho, y que su hijo no puede llevarla porque su hijo no puede estar allí.
O sea que la llevo yo.
La recojo a las once menos veinte en Chestnut y sale con el bolso, un pañuelo de cabeza que se quita en el coche y una bolsa de tela con algo dentro.
—¿Qué lleva ahí?
—Nada.
—Rosa.
—Un bizcocho.
—Rosa, hemos dicho que no se lleva nada.
—Yo no voy a casa de una persona con las manos vacías, hija, tenga esa persona lo que tenga. —Se coloca la bolsa entre los pies—. Y no es el de maíz. Es de yogur, que ese sí me sale.
Y hacemos los cuarenta minutos hablando de la interestatal.
De que la salida once está mal señalizada. De que su marido decía que estaba mal señalizada desde el noventa y cuatro y que un día iba a escribir una carta, y de que nunca escribió ninguna carta en su vida. De que ahí, en el kilómetro treinta y uno, había una gasolinera y ahora hay un desguace.
Yo la dejo hablar y contesto lo justo, porque a mí no me toca hoy decir nada.
A la altura de la salida catorce se calla un momento.
—Tú no le habrás dicho nada a tu hermana de lo que me pasó en el coche el otro día.
—¿Qué le pasó en el coche?
—Nada. —Se coloca el bolso—. Lo que no pasó.
—No le he dicho nada.
—Vale.
No vuelve a hablar hasta la salida once.
Julia abre la puerta con las gafas en la cabeza y las zapatillas de estar en casa.
—Hola.
—Hola —dice Rosa.
Y se quedan las dos en el rellano de un tercero sin ascensor, mirándose por primera vez.
Julia es más alta. Eso no se me había ocurrido nunca hasta este segundo, que mi hermana es más alta que la madre de Dani Ferreira.
—Pase.
—Es que te he traído esto y ya sé que has dicho que no.
—No he dicho nada de bizcochos.
—Es de yogur.
—Pues entonces perfecto —dice Julia, y coge la bolsa, y ya está.
La otra Priya no está. Se ha ido a casa de su madre a pasar el domingo, que eso también lo tenían hablado y a mí no me lo había contado nadie.
En el salón hay dos sillas y una mesa y una ventana que da a un patio. Julia dice:
—Es aquí.
Y luego se gira hacia mí.
—Alma.
—Ya lo sé.
—Que la cocina.
—Que ya lo sé, Julia.
Y me voy a la cocina, que está a metro y medio, y cierro la puerta.
Cierro la puerta y me quedo de pie con la espalda contra ella.
En una cocina de metro y medio con la puerta cerrada se oye todo.
Oigo a mi hermana decir «póngase aquí, que hay más luz». Oigo la silla arrastrarse. Oigo a Rosa decir «¿y así?», y a Julia decir «así está bien», y hay un silencio, y luego Julia dice «espere, que me quito esto». Y hay otro silencio.
Y en ese silencio yo estoy de pie en una cocina de metro y medio, a dos metros de mi hermana, con las dos manos planas contra una puerta.
En esta cocina hay: un escurreplatos con cuatro cosas, un imán de Rhode Island, una lista de la compra en un papel con la letra de mi hermana en la que pone «pilas» y «pan», y un calendario de una farmacia colgado de un clavo.
En el calendario, en el treinta de agosto, no hay nada escrito.
Eso también lo miro. Miro un calendario para no mirar una puerta.
Y lo que se oye después no es nada.
No es silencio. En una casa hay siempre cosas: la nevera de la otra Priya, que arranca cada seis o siete minutos. Un coche abajo. Alguien en el patio bajando una persiana.
Pero de la habitación de al lado no sale absolutamente nada, y yo estoy de pie con las manos contra una puerta esperando oír una cosa que no se puede oír desde aquí y que no sabría reconocer si la oyera. Cinco minutos, dijo.
Son cinco minutos exactos, porque yo los cuento. Los cuento en el reloj del microondas de la otra Priya, que va tres minutos adelantado y que llevo ocho meses queriendo ponerle en hora.
De las once y cuarenta y uno a las once y cuarenta y seis.
En esos cinco minutos oigo dos cosas.
La primera, a los dos minutos, es a Rosa Ferreira decir «ay» muy bajito. Una sola vez, como quien se da con una esquina.
La segunda, al final, es a mi hermana decir, con una voz completamente normal:
—¿Ya?
Y a Rosa decir que sí.
Cuando salgo, Rosa está de pie al lado de la mesa poniéndose el pañuelo y Julia está en la ventana, de espaldas, con la camiseta ya bajada.
—Nos vamos —dice Rosa.
—Puede quedarse a comer si…
—No, hija. Muchas gracias. Nos vamos.
En la puerta, Rosa se para delante de mi hermana y hace una cosa que no esperaba nadie. Le da la mano.
Se la da como se le da la mano a alguien en un funeral o en un despacho: la derecha, firme, corta, y luego la suelta.
—Gracias —dice.
—De nada —dice Julia.
Eso es todo.
Bajamos los tres pisos.
Ella va delante, agarrada a la barandilla, bajando de lado por la rodilla, y no dice nada en tres tramos. En el portal se para.
—¿Está bien? —digo.
—Sí.
—Rosa.
—Que sí, hija. Ábreme el coche.
Salimos de Bellamy a las doce menos cinco y no dice nada hasta la rotonda de la salida once, que son once minutos.
Y en la rotonda dice:
—Va muy deprisa.
—¿Qué?
—Que va muy deprisa. —Tiene las dos manos encima del bolso—. Yo pensaba que iba a ir como va un corazón. Y va a cien.
—Rosa…
—A cien, Alma. Yo los he contado. Los conté los cinco minutos, porque no sabía qué otra cosa hacer con la cabeza, y va a cien y no baja.
Yo llevo las dos manos en el volante y la interestatal delante y no digo absolutamente nada.
—Y luego hice una cosa —dice.
—¿Qué cosa?
—Le dije una cosa a tu hermana. Al oído, con la oreja puesta. Le dije: «Daniel». —Se mira las manos—. Se lo dije para ver.
—Rosa.
—Y no pasó nada.
—…
—Que no cambió. Ni un poco. Yo dije ese nombre con la oreja encima y siguió igual, a cien, sin enterarse. —Y ahí, por fin, se le rompe la voz—. Y entonces ya lo entendí.
Paro en el arcén a la altura del kilómetro dieciocho porque no puedo conducir y hacer esto a la vez.
Rosa llora en el asiento del copiloto de mi coche durante siete u ocho minutos, con la mano izquierda tapándose la boca, sin hacer casi ruido. Así llora la gente que ha aprendido a llorar donde había más gente.
No la toco. No sé si se puede.
A los ocho minutos saca un paquete de pañuelos del bolso, se limpia, y dice, con la voz otra vez recta:
—No es él.
—Ya.
—Es que no es él, hija. Eso no es él. Es un músculo de una chica de veinticuatro años que va a cien porque le han cortado un nervio, y no se entera de nada, y no me conoce.
—Ya.
—Yo llevo diez meses pensando que si le ponía la oreja iba a saber algo. —Se sopla la nariz—. Y he sabido una cosa. He sabido que está muerto.
Y se queda mirando por el parabrisas, hacia un carril de la interestatal.
—Diez meses —dice—. Y me he enterado hoy.
Arranco a las doce y treinta y cinco.
Los últimos veinte minutos los hacemos sin hablar, y cuando entramos en Merrow Bay, en el semáforo de Bridge con Front, ella dice:
—Alma.
—Dígame.
—El bizcocho de yogur estaba bueno.
—Seguro que sí.
—Y no lo ha probado nadie.
Se ríe una vez, muy corto y muy feo, y yo también me río, y eso es lo peor de todo el día.
13:04.