Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 27
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AHORA · agosto

Me despierto a las cinco y diez porque llevo veinte años despertándome a las cinco y diez y porque hay alguien respirando a treinta centímetros.

Ella duerme de lado, dándome la espalda, con las rodillas dobladas y las dos manos debajo de la cara, y en la muñeca izquierda tiene las tres rayas.

Me levanto sin hacer ruido, que es una cosa que se me da bien porque llevo media vida entrando en casas ajenas a las siete de la mañana.

Y hago café.

Mientras espero a que salga, me acuerdo de que anoche, cuando subimos, no recogí la mesa.

Encima de la mesa de la cocina hay ciento cuarenta y una páginas.

La escritura, el certificado de cargas, la nota simple, la tasación de junio, la carta de la gestoría con la fecha en negrita.

Y encima de todo, porque lo dejé encima de todo el jueves, el borrador de la liquidación de la hipoteca, con el saldo pendiente en la línea siete y la fecha en la última: 1 de octubre .

Recojo.

Recojo deprisa y mal, en un montón, y estoy metiendo el montón en la carpeta cuando la oigo detrás de mí en el marco de la puerta.

—Ya lo he visto —dice.

Lleva mi camiseta y tiene una marca de la almohada en la cara.

—Lo he visto al pasar. Está la fecha en el sobre de fuera.

Dejo la carpeta.

Nos tomamos el café sentados a esa mesa, con la carpeta en el medio, porque llevarla a otro sitio hubiera sido peor.

—¿Café o té? —digo.

—No tienes té.

—No tengo té.

—Pues café.

Le pongo el café en la única taza entera y yo me pongo el mío en un vaso de los de agua, y ella lo ve y no dice nada, y se lo agradezco más de lo que se lo puedo decir a las seis menos veinte de la mañana.

—¿Cuánto falta? —dice.

—Treinta y dos días.

Se lo bebe. No dice nada durante un rato.

—¿Y tú qué haces el dos de octubre?

—Cargo la furgoneta.

—¿Y el tres?

—Salgo a las seis de la mañana y son catorce horas hasta Wilmington con dos paradas.

—Vale. —Deja la taza—. ¿Y qué hay allí?

Ahí me doy cuenta de que no me lo ha preguntado nunca, en cinco meses, ni una vez.

—Un tío que se llama Ed Vasco. Restaura casas de la costa. Tiene setenta y un años y cuatro hombres y ninguno sabe de estructura de madera antigua, y él tampoco ya, porque tiene las manos como las tienen las manos a los setenta y uno.

—¿Y tú serías el que sabe.

—Yo sería el que sabe.

—¿Y eso está bien?

—Eso está muy bien —digo—. Es lo mejor que me han ofrecido nunca.

Es verdad, y decirlo en voz alta a las seis menos veinte de la mañana en una cocina de Marsh, con esta mujer con mi camiseta enfrente, es una cosa que no le recomiendo a nadie.

—Yo no te voy a pedir que no te vayas —dice.

—Ya lo sé.

—No, escúchame. No es que sea muy digna. Es que si te lo pido y te quedas, dentro de dos años tu madre está en esa casa pagando once años de hipoteca con una rodilla que no aguanta, y eso lo habría pedido yo.

—Alma.

—Y yo no puedo pedir eso. Yo no puedo pedir eso porque a mí ya me pasó una vez que alguien decidiera algo grande por mí sin decírmelo, y no pienso hacérselo a nadie.

Me quedo con el vaso en la mano.

—¿Y tú? —digo.

—¿Yo qué.

—Que qué haces tú el dos de octubre.

Ella mira la carpeta.

—Yo el dos de octubre abro a las siete de la mañana con dos vitrinas medio vacías, porque el veintiséis abro y el veintisiete me quedo sin género y el veintiocho aprendo a calcular. —Se recoloca la taza—. Y el diecinueve de octubre cierro. Un día. Está en el calendario desde julio.

—El diecinueve.

—El diecinueve.

Esa es toda la conversación que tenemos sobre el diecinueve de octubre, y dura once palabras, y no vamos a volver a tenerla hasta que llegue.

Y aquí tendría que decirlo. Aquí está el sitio y son las seis menos cuarto de la mañana y ella lo acaba de dejar abierto de par en par, y si yo digo ahora mismo «el tejado son once mil cuatrocientos y los dos mil quinientos los pongo yo», esta conversación es otra durante los treinta y dos días que quedan.

—Ya —digo.

Eso es lo que digo. Ya.

Fregamos las dos tazas. Bueno: la taza y el vaso.

Ella friega y yo seco, que es un reparto que no hemos acordado y que sale solo porque en esta cocina solo hay un paño y lo tengo yo.

—Leo.

—Dime.

—El sábado que viene, la caja cinco.

—El sábado que viene estoy en el tejado.

—El sábado que viene por la noche.

—Vale.

—Que lo digo porque anoche lo dijiste tú y a las seis de la mañana la gente dice cosas.

—El sábado que viene por la noche —repito.

Y ella deja el vaso escurriendo boca abajo, coloca el paño doblado en el asa del horno. En esta casa eso no lo había hecho nadie nunca, y se seca las manos en los pantalones.

Se va a las siete menos veinte porque el domingo su hermana tiene una cita a las doce y ella quiere estar en Bellamy a las diez, aunque no vaya a entrar en la habitación, aunque haya prometido que no va a entrar en la habitación, porque va a estar en la calle sentada en el coche durante cinco minutos como lleva ocho meses sentándose en aparcamientos.

En la puerta se pone las zapatillas apoyándose en la pared.

—Leo.

—Dime.

—Deshaz una caja.

—¿Qué?

—Una. Hoy. La que sea, menos la del cuarto de tu hermano, esa no.

—Se ata la zapatilla—. No lo digo por nosotros.

Lo digo porque llevas ocho meses viviendo encima de una tienda de recambios como si estuvieras de paso, y el dos de octubre vas a hacer catorce horas de coche para llegar a otro sitio en el que vas a estar de paso, y en algún momento eso va a dejar de ser una mudanza y va a ser tu vida.

Y se va.

A las once de la mañana estoy sentado en el suelo del pasillo con una caja abierta delante.

Hay siete cajas. Están numeradas con rotulador por mí, en enero, con una letra que no reconozco: 1 COCINA, 2 BAÑO, 3 LIbrOS, 4 y 5 sin poner, 6 PAPELES, 7 CUARTO DE DANI. Abro la 3.

Libros del instituto que no he vuelto a abrir. Un manual de estructuras del ochenta y nueve que era de mi padre y que tiene sus anotaciones a lápiz en los márgenes, y una de esas anotaciones, en la página de los apeos, pone «no» y nada más. Unos cascos. Un cargador que no es de nada.

Lo tiro casi todo. Me quedo el manual.

Y a las once y media, con la caja tres vacía y doblada, me quedo un rato largo mirando la siete. No la abro.

Lo que hago es levantarme, ir a la cocina, coger la caja tres doblada y meterla debajo del fregadero, que es donde se guardan las cajas dobladas en las casas de la gente que vive en un sitio.

Y luego vuelvo al pasillo y muevo la siete de sitio. La saco del armario y la pongo contra la pared del salón, a la vista, donde tenga que tropezarme con ella todos los días.

Que es lo único que se me ocurre hacer hoy.

A las once y cuarenta miro el reloj.

A las once y cuarenta y cinco lo vuelvo a mirar.

A las once y cincuenta me llega un mensaje de mi madre con una sola palabra, la primera que me escribe desde el domingo de junio:

«Estoy.»

Le contesto «vale», y me quedo sentado en el suelo del pasillo de mi casa, delante de una caja de cartón que pone CUARTO DE DANI, mirando un teléfono en el que no va a pasar nada más durante veinte minutos.

Lo que no dije, y van dos: que a las seis menos cuarto, cuando ha dicho lo de que alguien decidiera algo grande por ella sin decírselo, he sabido con exactitud lo que estaba haciendo. Y que he mirado la carpeta encima de la mesa y he pensado que treinta y dos días son pocos días para que se note.