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AHORA · agosto
El sábado veintinueve subo por primera vez a su casa y la primera cosa que veo es que no hay nada.
Un piso de dos habitaciones encima de una tienda de recambios náuticos, en Marsh, con una cocina donde funcionan dos cosas: la nevera y el hervidor.
En la nevera hay cerveza, dos yogures y un limón.
En el salón hay un sofá, una tele, una mesa con cuatro sillas y ni un cuadro, ni una foto, ni una planta, ni una alfombra.
En el armario del pasillo, en tres cajas de fruta, doce servicios de vajilla envueltos en papel de periódico.
—¿Eso qué es?
—La vajilla de la boda de mi madre.
—¿Y qué hace ahí?
—Estar.
Abro la nevera para enseñarle que no hay nada, que es como se disculpa uno por su propia casa.
—Hay cerveza —dice.
—Hay cerveza.
—¿Y tú qué cenas?
—Ceno en el local.
—El local cierra a las once.
—Ceno en el local, Alma.
Y ella no dice nada, y abre el segundo cajón de la cocina, donde la gente guarda lo que no tiene sitio, y dentro hay un abrelatas, un metro de obra, tres tacos sueltos y una goma del pelo que no es mía.
Lo cierra sin preguntar de quién es la goma, y lo cierra despacio, y a mí me da tiempo a verla no preguntar.
Hemos venido a por una caja de tacos químicos y un juego de brocas y las dos cosas están en el maletero de la furgoneta desde el jueves, y los dos lo sabemos desde que hemos subido el primer escalón.
Aun así hacemos el paripé. Él va al armario del pasillo, mira, dice «pues juraría que», y se queda de espaldas más rato del que hace falta para juzgar un armario vacío.
Yo estoy en el marco de la puerta del salón, con la espalda apoyada, mirándole la espalda.
—Leo.
—Están en la furgoneta.
—Ya lo sé.
—Están desde el jueves.
—Ya lo sé, Leo.
Se gira.
—¿Cuánto llevas sin traer a nadie aquí? —digo.
—Desde enero.
—¿Desde enero cuánto?
—Desde enero, Alma. Desde que me mudé. —Se apoya en el marco—. Aquí ha entrado Marcelo dos veces a por una radial y el chico del gas.
—¿Y tu madre?
—Mi madre no ha subido nunca.
—¿Por qué?
—Porque hay escalera y porque no la he invitado.
Se queda con eso en la boca un segundo, oyéndose, y yo le veo oírse.
Le beso yo, otra vez, porque en cuatro meses hemos establecido esto sin hablarlo: los sitios los elige él y los momentos los elijo yo.
Le empujo hacia el pasillo con las dos manos abiertas en el pecho y él va, y a la altura de la puerta de la habitación se para y me coge las dos muñecas y me las baja, despacio, y me mira.
—¿Sí? —dice.
—Sí.
—Alma.
—Que sí. Que llevo cuatro meses. Que sí.
Entonces me sube las manos otra vez, las dos, y me las pone donde estaban.
Tiene la piel de la espalda distinta de la de los brazos: los brazos y el cuello los tiene de trabajar fuera todo el verano y la espalda la tiene blanca, y hay una línea exacta donde acaba una cosa y empieza la otra, y yo paso el pulgar por esa línea entera desde el hombro hasta el costado porque llevo desde junio queriendo hacerlo.
Tiene una cicatriz de tres centímetros en el pulpejo de la mano derecha y otra en el gemelo izquierdo y una marca de quemadura vieja debajo de la clavícula.
Y tiene las manos rotas por fuera, en los nudillos, y calientes, y a mí las manos calientes me dan miedo desde hace quince años por motivos de oficio, y esta noche no.
Yo tengo tres quemaduras en raya por dentro de la muñeca. Se para en ellas. Y las mira demasiado tiempo, y yo sé exactamente lo que está mirando, porque llevan ahí desde octubre.
—No —digo.
—No he dicho nada.
—Has hecho una cosa con la cara.
—Alma…
—Aquí no. Esta noche aquí no.
Él dice que vale, y sigue, y no vuelve a mirarlas.
Y a la mitad me pasa lo que me tenía que pasar.
Pasa así: yo estoy encima, con las dos manos en el cabecero, y él tiene una mano abierta en mi espalda entre los omóplatos, sujetando, con toda la palma, del mismo modo exacto en que me sujetó en junio cuando se movió la escalera.
Y en un segundo estoy pensando en mi hermana.
No en octubre. No en el diecinueve, ni en el veinte, ni en la sala de espera.
En mi hermana, hoy, a las once y media de la noche, en un tercero sin ascensor de Bellamy Street, que mañana por la mañana va a dejar que una mujer de sesenta y uno le ponga la oreja en el pecho durante cinco minutos y que ha dicho que va a estar de pie porque de pie es más corto. Me paro.
Me paro entera, con las dos manos todavía en el cabecero.
—¿Qué? —dice.
—Nada.
—Alma.
—Es mañana —digo—. Es mañana a las doce.
Y él no dice «ya lo sé» y no dice «no pienses en eso» y no dice ninguna de las once cosas que se dicen ahí.
Lo que hace es quitar la mano de mi espalda y ponérmela en la nuca, que es el sitio donde se le pone la mano a alguien para que te mire, y esperar.
—¿Paramos? —dice.
—No.
—Alma, si hay que parar paramos y no pasa nada.
—Que no. —Y me oigo, y me sale con la voz partida por la mitad—. Que no quiero parar. Es que quería que lo supieras.
—Vale.
—Es que no quiero hacer esto y que tú te creas que estoy aquí y no estoy.
—Vale.
—Estoy aquí.
—Ya lo sé —dice.
Y me deja la mano en la nuca y no la mueve, y espera, y soy yo la que empieza otra vez.
Después le doy de comer, porque son las once y media de la noche y en esta casa hay dos yogures y un limón, y porque yo con las manos ocupadas soy otra persona.
Bajo a la furgoneta en camiseta suya, saco de la caja de la obra los dos táperes que llevo desde el jueves sin subir al local, y los caliento en una sartén porque este hombre no tiene microondas.
Comemos en la mesa de la cocina, él en calzoncillos y yo con su camiseta, a las doce menos veinte de la noche, en unos platos que son dos de los doce servicios de la boda de Rosa Ferreira, porque son los únicos platos que hay en esta casa y porque los he sacado yo del armario del pasillo sin preguntar.
Él lo ve. No dice nada.
Se come dos platos.
Después nos quedamos boca arriba en una cama sin cabecero pegado a la pared, en una habitación con una persiana rota que deja entrar la luz de la farola de Marsh en una raya en el techo.
Él tiene un brazo debajo de mi cuello y el otro encima de los ojos.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —digo.
—Sí.
—¿Tú por qué no tienes nada en casa?
Tarda.
—Porque me mudé aquí en enero y no he deshecho las cajas.
—Estamos en agosto.
—Ya.
—Leo, son ocho meses.
—Ya lo sé cuántos son.
Y yo me quedo mirando la raya de la farola en el techo.
—¿Y qué hay en las cajas?
—No lo sé —dice—. Ese es el problema.
Me doy la vuelta hacia él. Se ha quitado el brazo de los ojos y está mirando el techo.
—¿Y por qué te mudaste en enero?
—Porque en casa de mi madre estaba la habitación de mi hermano y yo dormía enfrente.
—Ya.
—Y porque mi madre me preparaba la cena.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Nada. —Se pasa la mano por la cara—. Que se sentaba a mirarme comer.
No dice nada más, y yo no pregunto nada más, y la raya de la farola sigue donde estaba.
Al rato, ya con la voz de dormirse, dice:
—Alma.
—Qué.
—El sábado que viene te enseño la cinco.
—¿La cinco?
—Una caja. La cinco. No sé lo que hay.
—Vale.
—Es que si te lo digo ahora, el sábado lo tengo que hacer.
—Ya lo sé —digo—. Por eso lo has dicho.
23:47.