25
AHORA · agosto
La licencia entra el miércoles diecinueve de agosto por la mañana y Bev me llama antes que el condado.
—Ha llegado.
—¿A ti?
—Yo soy la propietaria, Leo. A mí me llega todo.
—¿Y qué pone?
—Pone que sí. Pone «concedida» con una firma y un sello, y pone que caduca a los seis meses. —Se oye el mechero—. Y ahora, si no te importa, empieza el tejado, que llevo dos años con una lona.
El jueves veinte por la mañana subo con Marcelo, quitamos la lona entera y abrimos el faldón.
Quitar una lona que lleva dos años puesta es una cosa que hay que hacer despacio, porque debajo hay agua parada en cuatro sitios y porque lo que sujeta ese plástico son quince kilos de piedras de la playa que alguien subió a mano en su día.
Las bajamos una a una. Marcelo cuenta veintitrés.
—¿Quién sube veintitrés piedras a un tejado?
—Bev.
—Bev tiene setenta y cuatro años.
—Bev tenía setenta y dos.
Debajo del plástico hay dos años de hojas, un guante de trabajo de una mano y la mitad de una teja del año veinte, de las buenas, y me la guardo en el bolsillo sin decir nada.
Y luego abrimos el faldón.
Y es peor.
No mucho peor. Peor lo justo. Los dos pares que yo daba por perdidos están perdidos, y el tercero, que yo daba por dudoso, está también, y el cuarto tiene el apoyo tocado en cuatro centímetros.
Eso son cuatro pares y no dos. Eso son cinco hiladas de muro y no tres.
Y eso significa apeo, que son dos días de nadie haciendo nada visible, que es lo que más caro le sale a la gente sin dinero.
Marcelo lo mira desde el otro lado.
—Qué asco —dice.
—Ya.
Bajamos. Hago los números en el capó de la furgoneta con la libreta apoyada en el parabrisas porque hay viento.
Once mil cuatrocientos, con el andamio de siete semanas y con el apeo y con la madera al precio de agosto, el peor mes del año para comprar madera en esta costa.
Once mil cuatrocientos.
Ella tiene, contando el finiquito de septiembre, seis mil ochocientos.
Bev llega a las diez y media con el Buick en doble fila y sube a mirarlo, que es una cosa que le he dicho tres veces que no haga.
—Bev, con la rodilla no.
—Yo no tengo nada en la rodilla, la de la rodilla es la portuguesa.
Se planta en el borde del faldón abierto con las manos en la espalda.
—Hm.
—Ya.
—Esto no son dos.
—No. Son cuatro.
—Hm. —Se agacha a mirar el apoyo del tercero, cosa que no debería, y se vuelve a levantar sola—. Yo eso lo dije en el dieciocho.
—¿Qué dijo usted en el dieciocho?
—Que ese canalón había que cambiarlo entero. Se lo dije a un chico que vino. Me dijo que con sellarlo iba.
—Y usted le pagó el sellado.
—Yo le pagué el sellado, sí. —Se sacude las manos—. Y llevo siete años pagándolo.
Y baja los diecinueve peldaños del andamio hacia atrás, agarrada, más rápido que yo.
Marcelo se va a las once a por el material del cuadro. Yo me quedo con la libreta.
Me paso cincuenta minutos haciendo lo siguiente.
Primero busco de dónde quitar. Se puede bajar la calidad del zinc del canalón: doscientos.
Se puede dejar el faldón trasero sin aislar y hacerlo el año que viene: cuatrocientos, y humedad segura en febrero.
Se puede alquilar el andamio a otro, a los de Fall River, que te lo dejan más barato y te lo montan mal.
Novecientos. Novecientos y una obra peor.
Después hago la otra cuenta, que es la que llevo tres semanas sin hacer del todo.
Yo tengo, entre lo de la empresa y lo que me queda después del hospital, cuatro mil ochocientos que no son míos. Son de mi madre, del uno de octubre. Con lo de la casa se le quita la hipoteca y le queda algo, y el algo es lo que la va a tener seis semanas sentada con una rodilla nueva.
Y hay mil ochocientos en un sobre debajo del mantel de Navidad.
Y hay una vajilla de la boda en un armario de un piso donde no como nunca.
A las seis menos cuarto entro en el local y ella está en el horno con un termómetro de sonda y un cuaderno, haciendo la tercera curva de calentamiento de la semana.
—Ciento sesenta a las cinco y diez y ciento cuarenta y uno ahora —dice sin levantar la cabeza—. Baja diecinueve grados en dos horas y media. Con el registro cerrado.
—Eso está muy bien.
—Eso está mejor que muy bien. Eso es que puedo hacer dos hornadas con una carga de leña. —Apunta—. ¿Ha llegado la licencia?
—Ha llegado.
Y levanta la cabeza.
Aquí está el momento.
Lo veo entero mientras pasa: la libreta en el bolsillo de atrás con once mil cuatrocientos escrito y subrayado dos veces, esta mujer de pie delante de un horno con un termómetro en la mano, y cuatro segundos para decir un número.
—¿Y? —dice.
—Y es lo malo entero. Cuatro pares.
—Dijiste dos.
—Dije dos desde la acera en abril. Ahora está abierto.
—Vale. —Deja el termómetro—. Dime el número.
Y yo digo:
—Ocho mil novecientos.
Ella se queda quieta.
—Ocho novecientos.
—Sí.
—Tú dijiste once y trece en mayo.
—Dije once y trece con el peor escenario.
Y luego he movido cosas. El andamio lo tengo por siete semanas a precio de tres, porque son los de Kearny y les debo un favor de febrero.
Y la madera la saco de un derribo de Bell Point que estoy peritando yo, que es madera de recuperación y es mejor que la nueva.
Nada de eso es mentira.
Es verdad y no llega. El andamio de Kearny existe y me hace un precio y ese precio ya está metido en los once mil cuatrocientos. La madera de Bell Point existe y también está metida.
Los dos mil quinientos que faltan de ocho novecientos a once cuatrocientos los voy a poner yo, y ella no lo va a saber, y para que no lo sepa acabo de decir un número por primera vez en dieciséis años de oficio.
—¿Y eso lo tienes por escrito?
—Lo tengo hablado.
—Leo, en abril me diste dos columnas y una hoja. Yo lo que quiero es la hoja.
—Te la traigo el lunes.
—¿Por qué el lunes?
—Porque el andamio de Kearny no me lo confirman hasta el lunes y no te voy a dar una hoja con un número que se pueda mover.
Y eso es lo primero que digo esta tarde que es enteramente verdad, y lo digo con una tranquilidad que no me pertenece.
—Vale —dice—. El lunes.
—El lunes.
—¿Ocho novecientos de verdad?
—Ocho novecientos de verdad.
—Leo, si esto se va otra vez yo no…
—No se va.
Y ella suelta el aire, se sienta en el suelo con el cuaderno en las rodillas y se pone a hacer números en voz alta —seis mil ochocientos menos ocho novecientos, dos mil cien, doscientos al mes son once meses, o vender el coche que no puede vender, o pedirle a la tía de Lawrence que no le va a pedir—, y yo la dejo hacerlos todos, uno por uno, hasta que llega sola a que sale apretando.
—Sale —dice.
—Sale.
—Apretando.
—Apretando.
Marcelo vuelve a las siete con el cuadro y el cable, y a las ocho y media, cuando ella está fuera atendiendo a Bev, se me queda mirando desde el otro lado del hueco del tabique.
—¿Cuánto es? —dice.
—Ocho novecientos.
—Leo.
—Ocho novecientos, Marcelo.
Y él coge la caja de las grapas y se agacha y sigue con lo suyo, y no dice absolutamente nada más en toda la noche, que en un hombre que lleva nueve años a mi lado y que se pasa el día opinando es la cosa más ruidosa que ha hecho nunca.
Lo que no dije: que la primera vez que mi padre me pilló diciéndole a un cliente un número que no era, me hizo volver al día siguiente a corregirlo delante de él.
Yo tenía veinte años. Hoy he pensado en eso mientras lo decía, y lo he dicho igual, y a los cuarenta minutos ya no me acordaba de que lo había pensado.