24
AHORA · agosto
El domingo nueve de agosto la obligo a no trabajar y me cuesta cuarenta minutos.
—Tengo que hacer la lista del cuadro.
—La lista del cuadro la hice yo el jueves.
—Tengo que llamar al de la trampa de grasas.
—El de la trampa de grasas no coge el teléfono los domingos porque tiene una vida.
—Leo.
—Alma, hay una nave llena de cosas de edificios muertos a cuarenta minutos de aquí y cierra a las cuatro. Y necesitas un mármol.
—Necesito un mármol de dos veinte por sesenta y cinco y tres centímetros de canto, y en esos sitios lo que hay son trozos.
—Pues vamos a ver trozos.
Y ahí es donde se le ve la cara, medio segundo, antes de volver a ponerse la otra. Esta mujer lleva cinco meses sin salir de un radio de once manzanas.
—¿A las nueve? —dice.
—A las nueve.
—A las nueve y cuarto.
La nave está en Pawtucket y se llama Aldrich Salvage y es una de las cosas más bonitas de este estado.
Son mil quinientos metros de techo de chapa con la lluvia de veinte años marcada por dentro, y ahí están las tripas de todos los edificios que se han caído entre Providence y Fall River desde mil novecientos setenta.
Puertas por tamaños. Bañeras de patas puestas del revés en cuatro filas. Un pasillo entero de pomos, en cajas, ordenados por metal. Radiadores de fundición. Bancos de iglesia. Una pared con doscientas ventanas apoyadas unas contra otras como los discos de una tienda.
Huele a hierro frío, a serrín viejo y a barniz de los años cincuenta, que es un olor que no se puede describir a nadie que no lo haya olido y que a mí me devuelve a los once años en cuatro segundos, porque a este sitio venía con mi padre los sábados que no había obra y me dejaba coger una cosa de la caja de los pomos.
Alma se para en la puerta y hace lo que hace todo el mundo la primera vez, que es no decir nada durante un rato largo.
—Dios mío —dice.
—Ya.
—Leo, esto es una casa deshecha en trozos.
—Son como cuarenta casas.
Y ahí se le acaba la cara de contable.
Tardamos dos horas en llegar a los mármoles.
Dos horas, y los mármoles están en el fondo a la izquierda, y se ven desde la entrada.
Nos paramos en los bancos de iglesia porque quiere saber por qué tienen ese hueco debajo del asiento. Nos paramos en las ventanas porque encuentra una con el vidrio soplado, del que hace ondas, y la levanta y mira la nave a través y me hace mirar a mí. Nos paramos veinte minutos en las puertas.
—Esta.
—Esa es de un ropero.
—¿Y cómo lo sabes?
—Por el grueso. Y porque tiene el rebaje de un espejo. —Le paso el pulgar por el canto—. Y porque es de pino y las de paso no se hacían de pino.
—Enséñame otra.
Y le enseño otra. Y otra. Y a la cuarta ya las está leyendo ella, mal, con muchísima seguridad, y se equivoca en las dos siguientes y acierta en la séptima y me mira con una cara insoportable.
—De ropero —dice.
—De ropero.
—Lo he dicho antes que tú.
—Lo has dicho a la vez.
—Lo he dicho antes, Leo. Había un cuarto de segundo. Estabas ahí y yo ya lo había dicho.
En el mostrador hay un hombre de setenta años que se llama Aldrich, que es el hijo del Aldrich del rótulo, y que lleva desde el noventa y uno sin ordenar nada y sabe exactamente dónde está todo.
Me reconoce.
—El chico de Manuel.
—Buenos días.
—¿Cómo está tu padre?
—Se murió en dos mil dieciocho.
—Ah. —Se ajusta las gafas—. Pues me debe una lámpara.
Y no dice nada más, y a mí eso me parece la manera más decente en que me han dado el pésame en ocho años, y Alma, que está a dos metros mirando una caja de tiradores, no se gira y no dice nada y me deja tenerlo.
En el pasillo de los pomos se sienta en el suelo.
Se sienta directamente en el suelo de hormigón de una nave, con una caja de cartón en las rodillas, y va sacando pomos de latón de uno en uno y poniéndolos en fila encima del hormigón por tamaño. Yo la dejo.
Me apoyo en una estantería a tres metros y la miro hacer eso durante no sé cuánto tiempo, porque a esta mujer, cuando encuentra un sitio donde hay cosas que se pueden ordenar, se le va el cuerpo entero.
Llevamos siete semanas besándonos y ocho días haciendo lo del sábado pasado contra un tabique sin terminar, y en todo ese tiempo yo no la había visto quieta.
Y a mitad de la fila levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Te estoy mirando.
—¿Por?
—Porque llevas hora y media sin mirar el móvil —digo.
Y se queda con un pomo en la mano.
—Cállate —dice.
—Vale.
—Que te calles, Leo.
Me agacho, le quito el pomo de la mano, lo pongo en su sitio de la fila —el sitio correcto, que ya me lo sé— y le beso la coronilla como quien firma un albarán.
—Sigue.
Y sigue, y se le ha puesto colorado el sitio ese de encima de la oreja, y yo me giro hacia las estanterías y me pongo a leer las etiquetas de una caja de tornillos que no me interesa nada.
El mármol no está.
Hay tres trozos y ninguno llega a dos veinte, y el que más se acerca tiene el canto desportillado en veinte centímetros y lo mira y dice que no y tiene razón. Se gasta once dólares.
Once dólares: seis pomos de latón que no van a ninguna puerta suya, un gancho de carnicero y un rótulo esmaltado que pone NO ADMITTANCE y que dice que va a poner en la cámara.
Yo me gasto tres. Una manivela de ventana de guillotina, de las buenas, que no me hace falta y que me llevo porque no se fabrican.
Comemos en una mesa de madera clavada al suelo, detrás de una caseta de almejas de la carretera dos, con las bandejas de papel y una lata cada uno.
Y hay un momento, a las tres menos veinte de la tarde de un domingo de agosto, con el asfalto blando y una gaviota que lleva diez minutos calculándonos, en el que ella cuenta lo del jefe de partida del Aldwyn que perseguía a los pinches con una espumadera, y lo cuenta con la voz del hombre, y con la espumadera, con una almeja en la mano.
Y se ríe tanto que se tiene que sentar en el bordillo.
Se sienta en un bordillo de un aparcamiento, con la bandeja en las rodillas, y se ríe con la boca abierta y sin ningún control, y se le cae una almeja, y la gaviota se la lleva, y se ríe más. Cinco minutos.
Yo no había visto a esta mujer reírse cinco minutos seguidos y no sabía que hacía ese ruido.
Volvemos por la carretera vieja porque yo digo que se tarda lo mismo y es mentira: se tarda veinte minutos más.
Ella lo sabe y no dice nada.
Lleva la ventanilla bajada, el codo fuera y los seis pomos en el regazo dentro de una bolsa de papel, y en la salida once, cuando pasamos por delante del cartel del hospital, no giro la cabeza y ella tampoco.
Ni uno de los dos.
Y a la altura de Somerset dice:
—No he pensado en octubre desde las nueve y cuarto de la mañana.
—Ya.
—Ocho horas y media, Leo.
—¿Y qué tal?
Se queda mirando la carretera.
—Raro —dice—. Como cuando te quitan una escayola y no sabes dónde poner el brazo.
Y baja más la ventanilla y saca la mano y la pone plana contra el aire, que es una cosa que hacen los niños y que hace ella con treinta y un años y una bolsa de pomos en el regazo.
La dejo en Water Street a las seis y diez y no bajo del coche.
Se baja ella, coge la bolsa, cierra la puerta y luego se apoya en la ventanilla con los dos brazos, agachada, y se queda ahí un momento.
—Leo.
—Dime.
—Gracias por lo de hoy.
—Yo también necesitaba un pomo.
—Ya. —Se agacha más, me besa, y da dos golpecitos en la chapa con los nudillos, como se llama a una puerta—. Hasta mañana.
Y entra en su local, y enciende la luz del fondo, y a los cuatro segundos vuelve a salir a la acera con la bolsa todavía en la mano, y mira al coche, y yo sigo ahí porque no he arrancado.
Y se ríe.
Y se mete otra vez dentro.
Lo que no dije: que el mármol de dos veinte por sesenta y cinco lo tengo apalabrado desde el jueves con un tío de New Bedford, entero y sin desportillar, por doscientos diez. Y que hoy no íbamos a comprar ningún mármol.