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AHORA · agosto
A las cuatro y veinte de la mañana del domingo, en el obrador de Fiore’s, Yolanda me mira dos segundos de más y dice:
—¿Y a ti qué te pasa?
—Nada.
—Ya.
Estoy laminando. Un pliegue, giro, un pliegue, giro.
Un hojaldre son seis vueltas y entre vuelta y vuelta hay veinte minutos de nevera, o sea que un hojaldre son dos horas y media de las cuales dos horas es esperar.
Por eso a las cuatro de la mañana el obrador de Fiore’s es dos mujeres esperando, con una radio puesta que nadie escucha, y por eso yo llevo ocho años pensando mis cosas aquí dentro.
La masa está a doce grados, que es donde tiene que estar. La mantequilla está a doce grados. El mármol está a diez porque la ventana del patio no cierra desde marzo y en agosto eso es una suerte.
Todo está donde tiene que estar y yo llevo tres vueltas seguidas haciéndolo mal.
En la tercera me como el borde y tengo que recortar. Sesenta gramos de mantequilla a la basura, y hay que apuntarlos.
—Yolanda.
—Dime.
—Nada.
—Vale.
Cuatro pliegues después:
—Yolanda.
—Ay, señor.
Se lo cuento con la versión corta. La que se puede contar sin decir nada de octubre, porque de octubre no sabe nadie en este obrador y no lo va a saber.
Le digo que hay un hombre.
Le digo que ese hombre me está haciendo la obra, que le debo doce mil dólares, que llevo cuatro meses viéndole ocho horas al día, y que anoche pasó lo que tenía que pasar y que llevo desde entonces con una cosa en la cabeza que no se me quita.
—¿Y cuál es la cosa? —dice, sin dejar de formar.
—Que no sé si esto es de verdad.
—¿Cómo que si es de verdad?
—Que si esto es una cosa que existiría fuera. En la calle. En un sitio normal.
Yolanda no dice nada.
—Es que llevo cuatro meses en un local en obras con este hombre —digo—.
Y él lleva un año malísimo, y yo llevo dos, y estamos los dos ahí dentro doce horas al día.
Y a lo mejor lo que hay no es lo que yo creo que hay.
A lo mejor es que estamos agarrados a lo único que tenemos y le hemos puesto un nombre bonito.
Un pliegue. Giro.
—Y a lo mejor en enero se acaba la obra y nos miramos y no hay nada.
Yolanda deja el rodillo. Se limpia las manos en el delantal.
Y dice:
—Ese hombre, ¿te ha visto tú a las cuatro de la mañana?
—¿Qué?
—Que si te ha visto. Así. Como estás ahora.
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé. Muchas.
—¿Y con el pelo así?
—Yolanda.
—Contesta.
—Sí.
—¿Y sabe cuánto ganas?
—Sabe lo que gano y lo que debo y lo que me falta y lo que rechacé en el banco. Sabe hasta el interés que me daban.
—¿Y le has visto tú llorar?
—No.
—¿Y tú a él, cansado, feo, de mal humor, hecho una mierda?
—Todos los martes.
Yolanda coge otra vez el rodillo.
—Pues ya está —dice.
—¿Ya está qué?
—Que eso que tú dices que puede que no exista fuera es lo que le pasa a la gente que se conoce en un bar. Esos sí que no saben nada el uno del otro. —Empieza a formar otra vez—. A ti lo que te da miedo no es que no sea de verdad, hija. Es que sí lo sea.
Y no dice nada más en dos horas.
A las seis y media entra el primer cliente.
Es siempre el mismo señor y siempre pide lo mismo y siempre lo pide como si se le acabara de ocurrir.
A las siete llega Denise a abrir la parte de delante.
A las siete y media Yolanda se toma su café de pie mirando la puerta del patio, como todos los días de su vida a las siete y media.
Y a las ocho y cuarto, cuando estoy sacando la última tanda, dice, sin mirarme:
—Cuarenta y un años tenía yo cuando conocí a mi marido.
—Yolanda.
—No te estoy contando nada. Estoy diciendo un número.
Se va a por la fregona.
A las nueve salgo del obrador y en vez de irme a dormir me voy a Water Street.
El local huele a leña. Es domingo, no hay nadie, y el horno está a cuarenta y ocho grados de bóveda: lo que baja en once horas una masa térmica sana, y eso también lo sé ahora.
Antes de sentarme hago lo que hay que hacer: meto la mano en la ceniza fría del fondo y la muevo. Está tibia por debajo. A las nueve de la mañana, dieciséis horas después, la ceniza de una bóveda sana sigue tibia por debajo, y eso significa que anoche no me lo inventé.
Me siento en el suelo delante de la boca abierta.
Hago una cosa que no había hecho en cuatro meses: no toco nada. No barro, no cepillo, no bajo la lista de la compra, no reviso la columna de la derecha.
Me quedo sentada en el suelo de mi local mirando un horno apagado durante cuarenta minutos.
A las diez menos veinte me duermo ahí, con la espalda contra el mostrador partido, y me despierto a la una y media con una tortícolis y con el móvil en la mano y sin ningún mensaje, porque no le he escrito y porque él tampoco.
El domingo por la tarde hago una cosa que llevaba once meses sin hacer. Voy al Aldwyn.
No entro. Aparco enfrente, en Harbor, a las seis y media, cuando se monta el servicio, y me quedo en el coche mirando la puerta de atrás. Salen dos chavales a fumar con la chaquetilla desabrochada. Sale una mujer de mi edad con una caja de bandejas y las mete en un coche. Entra un repartidor.
Estuve siete meses saliendo por esa puerta a las doce y media de la noche con las manos destrozadas y una felicidad que no le he sabido explicar nunca a nadie.
Me quedo veinte minutos. No entro, no llamo a nadie, no saludo.
A los diez sale un hombre de unos cincuenta con chaquetilla blanca, se apoya en la pared y se fuma un cigarro entero mirando el suelo, sin móvil, sin hablar con nadie, con la cara de alguien que está descansando de una manera muy concreta.
Era el jefe de cocina en mi época y lo sigue siendo, y a mí me daba un miedo terrible, y una vez, en mi quinto mes, me dijo «bien» delante de dos personas y yo me pasé un año entero viviendo de eso.
Se termina el cigarro y entra.
Cuando arranco entiendo lo que he venido a comprobar, que era si al mirar esa puerta me dolía algo. Y no.
Ya no.
Llega a las seis menos cuarto, como todos los lunes.
Deja las llaves en el mostrador. Se lava las manos hasta el codo. Se queda un momento de pie mirando el fondo.
—Hay que sacar la ceniza antes de que coja humedad —dice.
—Ya la he sacado.
—¿Toda?
—Toda. Y he barrido el registro.
—Vale.
Y coge el metro, y me da un extremo, y estamos hora y media midiendo el paso de la instalación del extractor sin decir una sola palabra que no sea un número.
A las siete y media, con el metro todavía tenso entre los dos, digo:
—Oye.
—Dime.
—Que no me arrepiento.
Leo no suelta el metro.
—Yo tampoco —dice.
—Vale.
—Vale.
—Y no quiero hablarlo hoy.
—Yo tampoco quiero hablarlo hoy.
—Ni mañana.
—Alma.
—Es que si lo hablamos hay que decidir una cosa, y si decidimos una cosa hay una fecha encima de la mesa, y yo esa fecha hoy no la quiero encima de la mesa.
Leo se queda un momento con el metro tenso.
—Dos noventa y cinco —dice.
—¿Qué?
—El paso del conducto. Dos noventa y cinco desde el arranque.
—Dos noventa y cinco.
Y lo apunto, y seguimos.
Y a las ocho y veinte, cuando ya no queda nada que medir, se va a por la caja de tacos a la furgoneta y tarda cuatro minutos en volver, y yo me quedo con el metro enrollado en la mano contando esos cuatro minutos, que es una cosa que no había hecho nunca.
19:32.