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AHORA · agosto
Encendemos el horno el sábado uno de agosto a las siete y cuarenta de la tarde, con cuatro kilos de leña de roble que ha traído Marcelo de casa de su cuñado y que llevan dos años secándose para nada.
Yo he limpiado el conducto por dentro con la deshollinadora tres veces esta semana. He picado la boca, he rejuntado dos ladrillos del arranque y he metido una cámara barata por el registro para ver si hay nido.
Hay nido. Había. Ahora hay una bolsa de escombro con un nido de mil novecientos noventa y tantos.
—¿Y si no tira? —dice ella.
—Tira.
—¿Y si no?
—Alma, si no tira nos enteramos en cuarenta segundos y se nos llena esto de humo. Abre las dos ventanas.
—¿Y si se agrieta?
—Entonces has comprado una pared muy cara.
Se queda mirándome.
—Eso no tiene ninguna gracia.
—No pretendía tenerla.
Marcelo se queda. No se lo he pedido y no lo dice, pero a las siete y media sigue aquí con la chaqueta puesta y las llaves en la mano, apoyado en el mostrador partido, y no se va.
—¿Tú no tenías cena?
—Yo tengo cena a las nueve.
—Son las siete y media.
—Ya.
Y coge una silla que no existe, porque aquí solo hay una, y se sienta en un cubo del revés.
Prendemos a las siete cuarenta y dos.
Fuego pequeño, en el centro, con astilla fina y papel, porque una bóveda de mil novecientos veinte que lleva cincuenta y cinco años fría no se calienta deprisa: se calienta durante cuatro horas o se raja.
Los tres primeros minutos no pasa nada. Eso también hay que saberlo: los tres primeros minutos de un horno frío no pasa nada y la gente se pone nerviosa y abre cosas y lo estropea.
Alma no abre nada. Está de rodillas a metro y medio con las manos en los muslos y no toca nada, y eso lo apunto.
El humo sale, sube, se para.
Se queda dos segundos parado en la clave, y en esos dos segundos yo dejo de respirar como un tonto.
Luego entra en el conducto y se va. Tira.
Tira limpio, con el tiro alto que tienen las de bóveda cuando están enteras, y en el registro de arriba se oye el ruido ese que hace el aire cuando encuentra por dónde.
Miro a Alma.
Alma tiene las dos manos en la boca.
No dice nada en tres minutos.
Se sienta en el suelo delante de la boca del horno, con las piernas cruzadas, a metro y medio, y se queda mirando el fuego con las manos en la boca todavía, y yo me quedo de pie detrás con la deshollinadora en la mano como un idiota.
A los tres minutos dice:
—Está calentando.
—Está calentando.
—Leo, está calentando de verdad. Toca ahí. —Señala el testero, a la altura de la rodilla—. Toca.
Toco. Está tibio.
—Eso es la masa térmica —digo—. Eso significa que el ladrillo está sano en todo el espesor. Si tuviera una fisura interna esto no…
—Cállate un momento.
Me callo.
Ella se queda ahí sentada mirando cómo se calienta un ladrillo, y por la cara que pone yo entiendo que lo que está viendo no es un ladrillo.
A las nueve y cuarto la temperatura de bóveda está en ciento diez y subiendo despacio, como tiene que subir, y a las nueve y media Marcelo se va porque mañana tiene a las niñas.
—Hasta el lunes.
—Hasta el lunes.
En la puerta, sin girarse del todo:
—Alma.
—Dime.
—Enhorabuena por el horno.
Y se va, y le oigo arrancar la furgoneta, y es la primera vez en nueve años que le oigo felicitar a alguien por algo.
Nos quedamos los dos.
Ella se levanta del suelo, se sacude los pantalones y se pone a andar por el local. No hacia ningún sitio: andando. Del ventanal al fondo y del fondo al ventanal, tres veces, con las manos en la cabeza.
—¿Tú sabes lo que vale esto? —dice.
—Sí.
—No, tú sabes lo que vale en dinero. Yo te estoy diciendo otra cosa.
—Ya lo sé.
Se para.
—Yo llevo desde marzo sin saber si esto era una idea o era una avería —dice—.
Todos los días. Todos los días, Leo, desde marzo, me levanto a las tres y media y pienso: y si esto es que se me ha ido la cabeza.
Y si dentro de un año estoy en un obrador ajeno a las cuatro de la mañana contándole a la gente que tuve un local.
—Alma.
—Y ahora resulta que tira.
Y se ríe. Se ríe fuerte, sola, en medio de ochenta metros de azulejo blanco con un fuego encendido al fondo.
Desde junio esto termina siempre igual: uno de los dos se separa, dice una tontería y volvemos al trabajo. Ella dice la tontería más deprisa; yo la digo mejor.
Y hay un motivo, y el motivo es que dentro de este local hay una obra con fecha de entrega, y las obras con fecha de entrega se acaban.
Yo llevo cuatro meses administrando esto.
Lo digo así porque es así: llevo cuatro meses en un sitio de ochenta metros con una mujer, ocho o nueve horas al día, calculando distancias.
Cuánto dura lo que dura antes de que uno de los dos lo corte.
A qué altura hay que sujetar un travesaño para que las manos no se junten.
Cómo se le da un vaso a una persona por el lado del asa. Cuatro meses de ingeniería.
Ella se ríe en mitad del local y se aparta el pelo de la cara con la muñeca porque tiene las manos negras, y a mí se me acaba.
Cruzo los seis metros.
Ella deja de reírse a mitad de camino y no dice nada, y no se aparta, y esta vez tampoco levanta la mano para poner los diez centímetros que pone siempre.
La beso contra la pared del fondo, la del tabique sin terminar, la que todavía tiene el yeso visto y las marcas de lápiz del replanteo de mayo.
Tiene la espalda contra una pared sin pintar y las manos negras de hollín y no me toca la ropa con ellas.
Las tiene levantadas, separadas del cuerpo, quietas en el aire, y eso dura tres segundos hasta que decide que le da igual y me agarra la camiseta con las dos, y me deja dos marcas negras que estuve dos lavados sin poder sacar.
Huele a leña. Los dos olemos a leña.
Y en algún momento se le engancha el pie en un cubo y el cubo se cae y hace un ruido enorme, un ruido de metal en baldosa que se oye desde la calle, y ninguno de los dos se para.
Le agarro por debajo, con las dos manos, y la subo cuatro dedos contra la pared sin ninguna dificultad.
Lo hago quince veces al día con sacos de cemento y que no había hecho nunca con una persona, y ella hace un ruido con la garganta que voy a estar oyendo el resto de la semana en los sitios más inconvenientes.
Cuando paramos, tiene la frente apoyada en mi clavícula y la respiración de alguien que ha subido corriendo.
Detrás de ella, al fondo, el fuego sigue.
—Se va a apagar —dice, contra mi camiseta.
—No se va a apagar.
—Hay que echarle.
—Alma.
—Que hay que echarle, Leo, que si baja de golpe se agrieta. Lo has dicho tú.
Se separa, y va, y le echa dos troncos con un cuidado extraordinario, agachada, colocándolos.
Se queda ahí agachada de espaldas a mí un rato más largo de lo que hace falta para colocar dos troncos.
—Leo.
—Dime.
—¿Esto va a ser un problema?
—¿El horno?
—El horno no.
Me apoyo en la pared del tabique, la misma.
—Sí —digo.
—Vale.
—Pero no de los de arreglar hoy.
—Vale.
Se levanta y se limpia las manos en los pantalones, que ya no sirve de nada porque los pantalones están peor.
—Es que si me dices que no es un problema me enfado —dice—. Y si me dices que sí y te vas, también.
—No me voy.
—Hoy.
—Hoy no me voy.
Y nos quedamos los dos de pie en un local en obras a las diez de la noche de un sábado, a dos metros el uno del otro, mirando un fuego, sin acercarnos ni un centímetro más en las tres horas siguientes.
Lo que no dije: que cuando se ha agachado a echar la leña yo he mirado el reloj. Las diez y cuatro. Y que llevo cuatro meses sin apuntar una hora en la nota de las medidas y esta la he apuntado en el coche, antes de arrancar, con las manos todavía sucias.