21
Bajé a las tres y treinta y cinco y me senté sin decir hola.
Era la primera vez. En ocho noches nos habíamos dicho hola ocho veces, con esa cosa rara de decir hola a las tres y cuarenta de la madrugada como si fuera una hora en la que se saluda a la gente.
Ella lo notó y no dijo nada, y sacó de la bolsa una cosa envuelta en papel de estraza y la dejó delante de mí encima de la mesa, como todas las noches.
—No.
—Es de esta mañana.
—Que no.
—Leo, es media pieza. Te la comes en cuatro bocados y no piensas más en ella.
—Que no quiero.
Lo dije alto. Lo suficiente como para que el hombre que carga la máquina de la izquierda, el que no la arregla nunca, levantara la cabeza desde el otro lado.
Alma dejó las manos encima de la mesa.
—Vale —dijo.
Lo que había pasado ese día arriba no lo puedo contar, porque la norma es la norma y porque llevo ocho noches respetándola como si fuera lo único que me sostiene, que es exactamente lo que era.
Puedo contar que el lunes, a las once y veinte de la mañana, nos habían sentado en una sala pequeña con una mesa redonda.
Las salas con mesa redonda son para las conversaciones largas.
Eso lo aprendes el primer mes y ya no se te olvida: si te llevan a una con esquinas, es un trámite; si la mesa es redonda y hay una caja de pañuelos en el centro, han decidido algo.
Puedo contar que había cinco personas y que dos de ellas no dijeron nada en cuarenta minutos, y que las dos que no dijeron nada eran las que yo miraba.
Puedo contar que mi madre se sentó en el borde de la silla, con el bolso en las rodillas, y que cuando le preguntaron si tenía alguna duda dijo que no, gracias, muy amable.
Puedo contar que yo hice cuatro preguntas y que las cuatro eran de plazos, porque en una habitación así yo solo sé preguntar plazos.
Puedo contar que a mi madre le dieron un folleto.
Un folleto. Con fotos de gente mirando por una ventana y un teléfono en la contraportada.
Y puedo contar que a las siete de la tarde me quedé solo en el pasillo con ese folleto doblado en el bolsillo de atrás, porque ella no quiso cogerlo y porque tirarlo delante de la mujer que me lo había dado me pareció una grosería.
Y que llamé a mi tío de New Bedford y le dije que todo bien, que seguía igual, que ya le contaba.
Mi tío me preguntó si comía.
Le dije que sí.
Estuvimos ocho o nueve minutos sin decir nada, que era mucho para nosotros.
Ella sacó el cuaderno y no escribió. Yo di dos vueltas al vaso encima de la mesa.
—¿Mañana vienes? —dijo, por decir algo.
—No lo sé.
—Vale.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por saber si traigo dos cosas o una.
Eso fue lo que lo hizo. Esa frase. Una mujer haciendo el inventario de mañana a las tres y cuarenta de la madrugada del día de hoy.
—¿Tú por qué bajas aquí? —dije.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que por qué bajas. Todas las noches. A las tres y cuarenta. A traerle comida a un tío al que no conoces de nada.
—Leo.
—Es una pregunta.
—No. No es una pregunta.
—Contéstala igual.
—Bajo porque me da la gana.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que hay. —Cerró el cuaderno—. ¿Qué te ha pasado hoy?
Ahí es donde yo tendría que haber dicho que no podía contarlo. Era la norma. Era literalmente para lo que existía la norma.
Yo sabía perfectamente que no era una pregunta, y seguí.
—Yo creo que tú necesitas que alguien te necesite —dije—. Y que ahora mismo, arriba, hay una persona que ya no te deja hacer nada por ella porque está harta. Y que yo he llegado en buen momento.
Silencio.
—Y creo que si mañana yo dejara de bajar, tú bajarías igual. A ver quién hay.
No sé por qué lo dije.
Sí lo sé. Lo dije porque llevaba once horas con un folleto en el bolsillo y porque esa mujer me había vuelto a poner comida delante sin preguntar, y porque a las tres y treinta y cinco de la madrugada de un jueves yo no podía con que nadie fuera bueno conmigo.
Lo dije también porque sabía que iba a funcionar. Eso es lo peor. Yo llevaba ocho noches mirándola y sabía dónde estaba la juntura. Ella se quedó muy quieta.
—Repítelo —dijo.
—Alma.
—No. Repite la última. La de que si tú dejaras de bajar yo bajaría igual.
—No hace falta que la repita.
—Sí que hace falta. Porque yo quiero saber si eso lo has dicho o se te ha escapado, y son dos cosas distintas.
Yo tuve tres segundos enteros para decir que se me había escapado.
Tres segundos. Los tuve, los usé, y al final de los tres segundos dije:
—Lo he dicho.
Alma no dijo nada durante mucho rato.
No lloró y no se defendió y no me preguntó si lo decía en serio.
Lo que hizo fue esto: alargó la mano, cogió el paquete de papel de estraza que había dejado delante de mí, lo metió otra vez en la bolsa, se colgó la bolsa del hombro y se levantó.
—Alma.
—No.
—Alma, espera.
—No, Leo.
Se fue hacia los ascensores sin correr, y yo me quedé sentado en una silla de plástico delante de una mesa vacía a las cuatro menos diez de la mañana.
Estuve allí hasta las cinco y veinte.
Los primeros diez minutos los pasé pensando que iba a subir detrás de ella.
Después entendí que no sabía en qué planta estaba, y que llevaba ocho noches sin saberlo, y que ese era el acuerdo, y que hasta esa noche el acuerdo me había parecido una idea preciosa y ahora era una puerta cerrada por dentro.
Después me levanté y fui a la máquina de la derecha y le di el golpe en el sitio.
Salió el café a la primera.
Me lo bebí de pie, entero, delante de la máquina, y estaba imbebible, y me lo bebí igual porque no se me ocurrió qué otra cosa hacer con las manos.
El hombre de la máquina de la izquierda terminó y se fue. Entró una mujer con un pañuelo azul, que era jueves y no debería, se llevó un té y se fue. A las cinco menos cuarto bajó la doctora que se esconde a llorar, me vio, dio media vuelta y se fue por donde había venido.
Catorce personas hay en este edificio a las cuatro de la mañana. Eso me lo dijo ella la primera noche.
Yo esa noche conté once.
A las cinco y veinte subí.
Mi madre estaba dormida en el sillón de la habitación con la chaqueta puesta y el bolso en las rodillas.
Le quité el bolso. No se despertó.
Me senté en la silla de al lado, y saqué el folleto del bolsillo de atrás, y lo dejé encima de la mesita sin abrirlo.
En el móvil tenía trescientas cuarenta notas de voz de mi hermano.
La última es del veintiséis de septiembre y sigue en negrita. Llegó un viernes a las ocho y cuarto de la tarde, mientras yo estaba cerrando en Bell Point, y no la abrí ese día porque tenía las manos ocupadas, y no la abrí al día siguiente porque no me acordé.
Puse otra. Una de mayo. Cuarenta y dos segundos de él quejándose de un túnel de lavado que le había cobrado dos veces, con la voz de alguien conduciendo, y al final «espera» y se corta.
La puse cuatro veces con el volumen al mínimo, pegado a la oreja, para no despertar a mi madre.
A la cuarta me di cuenta de que no estaba escuchando lo que decía. Estaba escuchando el intermitente de fondo.
A las seis y diez, cuando empezó a entrar luz por la persiana, me di cuenta de que llevaba media hora haciendo una cosa muy concreta, que era buscar en la cabeza una manera de contarle a esa mujer lo de la sala de la mesa redonda que no rompiera la norma. De que no la había.
De que ya no importaba, porque no iba a bajar.