20
AHORA · julio
Mi hermana vive con dos personas en un tercero sin ascensor de Bellamy Street y una de las dos personas está haciendo tortitas cuando llego.
—Es Priya —dice Julia.
—¿Priya?
—Otra Priya. No la del hospital. Hay muchas.
La otra Priya me ofrece tortitas y le digo que no, gracias, y Julia le dice algo con la cara y la otra Priya coge un plato y se va a su cuarto con una eficacia que me dice que esto lo tienen ensayado.
Nos quedamos en una cocina de metro y medio.
Se lo cuento.
Tal como se lo dije a Rosa que se lo iba a contar.
Empiezo por que fui a Water Street en marzo, sigo por lo que me confirmó Leo, sigo por el domingo en el local con su madre delante, y termino por el sábado, por el bizcocho, por la hoja de las once líneas y por la frase, que la digo entera y sin quitarle nada:
—«Yo lo que quiero es ponerle la oreja encima cinco minutos, y luego me voy a mi casa y no la molesto más en la vida.»
Julia está apoyada en la encimera con las dos manos detrás.
No dice nada durante dieciocho segundos.
Y luego dice:
—¿Desde marzo?
—Sí.
—¿Desde marzo, Alma?
—Sí.
—Cuatro meses.
—Sí.
—Yo estuve en ese local en junio. Le di la mano. Le pregunté por el horno.
—Ya lo sé.
—Le dije que me apetecía muchísimo probarlo. —Se ríe una vez, sin ninguna gracia—. Le dije eso al hermano del chico que se murió. Y tú estabas ahí de pie.
—Sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Aquí hay una respuesta buena y hay una verdadera.
—Porque no sabía cómo —digo—. Y porque cada semana que pasaba era peor decirlo y más fácil no decirlo. Y porque me acostumbré.
Julia asiente despacio.
—Vale —dice—. Eso por lo menos no es una excusa bonita.
Se sirve un vaso de agua y no se lo bebe.
—¿Cómo es? —dice.
—¿Quién?
—La madre.
—Se llama Rosa. Tiene sesenta y uno. Limpia casas de verano, nueve en temporada y dos en invierno. Tiene la rodilla derecha para operar desde hace cuatro años y no se opera porque no puede parar seis semanas. Vende su casa el uno de octubre para pagar la factura del hospital.
Julia me mira.
—¿Y eso te lo ha contado ella o lo has averiguado tú?
—Me lo ha contado ella. Sentada en una silla plegable, comiéndome yo su arroz de pato con un tenedor que trajo de su casa envuelto en una servilleta.
—Ah, joder.
—Sí.
—No, es que eso último no hacía falta.
—Ya lo sé.
—Lo del tenedor sobraba, Alma.
—Ya lo sé.
Se queda mirando el vaso.
—¿Y el chico? —dice—. Dani.
—De eso no sé casi nada. Hay una norma.
—¿Qué norma?
—Que en mi local no se habla ni de él ni de ti.
Julia levanta las cejas.
—¿Y esa norma quién la puso?
—Yo.
—Claro.
—Hazme una pregunta —dice.
—¿Cuál?
—La que has venido a hacerme. Hazla en voz alta, porque llevas media hora contándome cosas para no hacerla.
—No he venido a hacerte ninguna pregunta.
—Alma.
—No. —Y me oigo decirlo y me sale firme—. He venido a contártelo. La pregunta te la hace ella o no te la hace nadie. Yo no te la voy a hacer y no te voy a decir lo que pienso, y si me lo preguntas te voy a decir que no te lo pienso decir.
Mi hermana se me queda mirando desde el otro lado de una cocina de metro y medio.
—¿Quién te ha cambiado a ti? —dice.
—Nadie.
—Ya.
Se apoya otra vez en la encimera y mira por la ventana un rato, como cuando era pequeña y le mandaban pensar.
—Es raro —dice.
—Ya.
—No es lo que tú te crees. No me da miedo y no me da asco y no me parece morboso.
—Se toca el esternón por encima de la camiseta, con dos dedos, distraída—.
Es que la gente se cree que yo tengo aquí dentro una cosa que era de alguien.
Y no. Aquí dentro tengo una cosa que es mía.
Me la cosieron a mí. Yo me tomo doce pastillas al día para que mi cuerpo no la eche, y llevo ocho meses trabajando con esto todos los días, y es mío, y es lo más mío que tengo.
—Ya lo sé.
—Tú sí. La gente no.
Bebe por fin.
—Pero esa señora ha perdido a un hijo de veintidós años —dice—. Y quiere cinco minutos.
—Julia.
—Y son cinco minutos, Alma. Son cinco minutos de mi vida y a mí no me cuestan nada.
—Eso no lo puedes saber hasta que pase.
—No. —Deja el vaso—. Pero lo puedo decidir.
Dice que sí el domingo veintiséis de julio a las once y cuarenta de la mañana, en una cocina de metro y medio, con las condiciones puestas antes que el sí.
En su casa. No en el local, no en casa de Rosa, no en una sala de nadie.
Ella de pie o sentada, como le apetezca ese día.
Cinco minutos de reloj, y el reloj lo pone Julia.
Sin cámaras, sin móviles encima de la mesa y sin fotos. Ni una.
Sin nadie más en la habitación excepto Rosa y ella. Ni Leo, ni yo.
—¿Ni yo? —digo.
—Ni tú.
—Julia…
—Sobre todo tú. —Y me lo dice sin ninguna dureza. Eso es lo que lo hace—. Alma, si tú estás en esa habitación yo voy a estar mirándote a ti para ver cómo lo llevas. Y ese día no me apetece.
Me quedo con eso.
—Vale —digo.
—¿De verdad vale?
—De verdad vale.
—Repítelo.
—Julia, que sí.
—Es que quiero oírtelo dos veces, porque tú una vez la dices por educación.
Se sienta por fin, en el único taburete de esa cocina, y se queda con los codos en las rodillas.
—¿Y qué hago yo? —dice.
—¿Cómo que qué haces?
—Que qué hago. Con el cuerpo. ¿Me tumbo? ¿Me quedo de pie? ¿Le doy la mano? ¿Le hablo? ¿Y si tose? —Levanta la cara—. ¿Y si me río, Alma? Porque yo cuando estoy incómoda me río, y llevo veinticuatro años haciéndolo y me pasó en el funeral de mamá.
—No lo sé.
—Dime algo.
—No lo sé, Julia. De verdad que no lo sé, y si te digo algo me lo estoy inventando.
—Pues invéntatelo.
—No.
Y ella coge aire y lo suelta despacio.
—Vale —dice—. Ya se me ocurrirá algo.
—Se te ocurrirá.
—Voy a estar de pie —decide, ahí mismo, en voz alta—. De pie es más corto. Lo de tumbarse alarga las cosas.
Eso es lo más parecido a una hermana mía que ha dicho en toda la mañana.
Lo apunto. Lo apunto de verdad, en el móvil, en las notas, delante de ella, porque una de las dos tiene que llevar la cuenta y hoy no le toca a ella.
—¿Estás apuntando mis condiciones? —dice.
—Sí.
—Alma.
—Es que son cinco y son concretas y si las apunto no me las invento luego a mi manera.
Julia se me queda mirando desde el taburete.
—Eso ha sido lo más sano que te he oído decir en diez años.
—Ya.
—No, en serio. Te lo digo en serio y luego no lo voy a repetir.
—Ya lo sé, lo dices una vez y no lo repites nunca. Como lo del local.
—Como lo del local.
La última condición la pone en la puerta, cuando ya me estoy yendo.
—Y a las siete de esa tarde yo tengo cena. Con Priya y con gente. Está puesta desde hace tres semanas y no la voy a cambiar.
—Vale.
—Lo digo en serio, Alma. Que sea lo que sea lo que pase a las doce de la mañana, a las siete yo estoy cenando.
Bajo los tres pisos sin ascensor.
En el coche, antes de arrancar, saco el móvil y le escribo a Leo:
«Ha dicho que sí. Ha puesto cinco condiciones. Una es que no estemos ni tú ni yo.»
Contesta a los dos minutos.
«Vale.»
Y luego, a los cuatro:
«¿Estás bien?»
Y me quedo con esas dos palabras en la pantalla, en un tercero sin ascensor de Bellamy Street, más tiempo del que hace falta para contestarlas.
12:19.