19
AHORA · julio
Rosa me llama el jueves a las ocho y cuarto de la tarde y no me da tiempo ni a decir dígame.
—Alma, hija. ¿Tú tienes un rato el sábado?
—Tengo el sábado entero.
—Yo voy a las once y llevo el bizcocho. El ladrillo. Lo he hecho anoche.
—Perfecto.
—Y luego te quiero preguntar una cosa.
Y ahí, con el móvil en la oreja y el laminador a medio montar, me doy cuenta de que llevo desde el domingo esperando esta frase sin saber que la esperaba.
Viene con el ladrillo en un tupper y con una hoja de cuaderno escrita a mano.
En la hoja hay once líneas. Una por intento. Con fechas.
Marzo 2019: mucha harina de maíz. Seco. Julio 2019: menos maíz. Seco igual. Enero 2020: con leche. Ligó peor. Abril 2021: horno más flojo. Crudo por dentro y seco por fuera, no sé cómo.
Y así hasta once.
Y abajo del todo, con otro boli, cuatro palabras: Ella lo hacía deprisa.
—Eso me lo acordé anteanoche —dice—. A las tres de la mañana. Que ella lo hacía deprisa. Que no lo pensaba. Que llegaba, lo hacía y se iba.
Corto un trozo. Lo miro por dentro antes de probarlo, porque un bizcocho se lee por dentro y la boca llega la última.
Tiene la corteza pálida, que es horno flojo o molde equivocado. Tiene la miga apretada y el alveolo cerrado y regular, todo del mismo tamaño: lo contrario de lo que tiene que tener. Y en el corte se ve una línea más oscura a dos dedos de la base.
Lo aprieto entre el índice y el pulgar. No se me deshace: se me hace una bola.
Eso es lo que me dice todo. Un bizcocho que se hace bola no está seco de falta de agua. Está seco de exceso de trabajo.
—¿Qué molde usa?
—El de siempre.
—¿Cuál es el de siempre?
—Uno alto, de aluminio, que era de ella.
—¿Y a qué temperatura?
—A la que se ponga.
—Rosa.
—Hija, es que yo no tengo horno de números. Tengo un botón.
Muerdo. Sabe a maíz, a canela y a manteca, y sabe bien, y ese es el detalle que hace que esto lleve once años sin resolverse: no sabe mal. Sabe a lo que tiene que saber y no se parece en nada.
—¿Usted lo bate mucho?
—Rosa.
—Dime.
—¿Usted lo bate mucho?
—Yo lo bato hasta que está bien.
—¿Cuánto es «hasta que está bien»?
—Pues hasta que está bien, hija. Ocho minutos, diez.
Y ahí está.
—Su suegra lo hacía deprisa porque tenía prisa —digo—. Y usted lo hace despacio porque quiere que le salga. Y por eso a usted se le desarrolla el gluten y a ella no.
Rosa se me queda mirando.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que ha estado once años haciéndolo con más cuidado del que hay que tener.
Rosa se pasa la mano por la boca y no dice nada durante un rato largo.
—A ver —digo—, la próxima vez lo mezcla con una cuchara de madera y para en cuanto no vea harina seca. Aunque quede feo. Sobre todo si queda feo.
—¿Y ya está?
—Y ya está. Y si sigue saliendo bola, entonces es el molde.
—¿Y cuánto es «en cuanto no vea harina seca»?
—Cuarenta segundos.
—Cuarenta segundos —repite, y lo dice como se dicen los números que no te caben.
—Su suegra tenía dos críos y un marido y una casa y hacía esto un miércoles. Cuarenta segundos es lo que da un miércoles.
Y Rosa Ferreira, que lleva cuarenta y un años en una familia que no dice las cosas, saca un boli del bolso y apunta «40 seg» debajo de la línea once, en la hoja de cuaderno, con la letra grande de la gente que aprendió a escribir en otro idioma.
Nos tomamos el ladrillo con café.
A las doce menos cuarto deja la taza y dice:
—Yo quiero oír el corazón de tu hermana.
Y luego, enseguida, sin dejarme entrar:
—Y sé perfectamente lo que acabo de decir y lo he dicho mal a propósito, porque si lo digo bien no me sale. Es el corazón de tu hermana. Yo lo que quiero es ponerle la oreja encima cinco minutos y luego me voy a mi casa y no la molesto más en la vida.
Me quedo con el trozo de bizcocho en la mano.
—¿Se lo ha dicho a Leo? —digo.
—Se lo dije el sábado pasado. Me pidió una semana. —Se coloca el bolso—. Hoy hace ocho días.
Claro.
Claro que le pidió una semana.
Aquí está lo que yo quiero hacer, y lo escribo para saber que lo pensé.
Yo quiero decirle que sí ahora mismo. Quiero decirle que sí a esta mujer que me ha traído un ladrillo con una hoja de cuaderno de once líneas, y quiero resolverlo, y quiero llamar a Julia el domingo y contárselo de una manera concreta, con las palabras puestas en un orden que haga imposible decir que no, porque sé exactamente cuál es ese orden y llevo diez años usándolo con mi hermana.
Y quiero llamar después a Leo y decirle: ya está, no te preocupes, lo he arreglado.
Eso es lo que quiero.
—Rosa.
—Dime.
—Yo no le puedo contestar a eso.
—Ya lo sé, hija.
—No. Escúcheme, que es importante. —Dejo el bizcocho—.
Yo no le puedo contestar y tampoco le voy a contestar por ella.
No le voy a decir que sí y no le voy a decir que no, y no le voy a decir «yo se lo pido».
Se lo voy a contar. Tal como usted me lo ha dicho, con las mismas palabras, sin poner ninguna de mi parte.
—Vale.
—Y va a decidir ella. Y si dice que no, es que no. Y si dice que no, usted no va a saber si fue porque no quiso o porque yo se lo conté mal, y eso lo va a tener que aguantar. Y yo también.
Rosa me mira desde la silla plegable un buen rato.
—¿Tú siempre eres así? —dice.
—No —digo—. Es la primera vez.
—Pues se te da bien.
—Se me da fatal. Llevo desde las once conteniéndome.
—Ya lo he visto. —Se levanta—. Se te movía el pie.
Me miro el pie, que efectivamente lleva media hora, y me da una rabia terrible que esta mujer lleve dos visitas y ya me lea mejor que casi nadie.
Se va a las doce y diez.
Yo me quedo con el tupper, la hoja de las once líneas y medio ladrillo encima del mostrador partido.
Y no llamo a Julia.
No la llamo porque son las doce y diez de un sábado y porque mi hermana los sábados duerme hasta las once y media y luego desayuna con la gente con la que vive, y porque esta conversación no se tiene por teléfono a la hora de comer.
Lo que hago entre las doce y las cuatro es esto.
Barro un local que está barrido. Bajo la lista de la compra del martes. Reviso la columna de la derecha de la libreta y compruebo, por cuarta vez esta semana, que el uno de agosto hay que pagar quinientos y que el uno de agosto es sábado.
A la una y media me hago un huevo en la placa de dos fuegos y me lo como de pie, encima del fregadero, que es una cosa que llevaba dos meses sin hacer.
A las dos y cuarto saco el tupper, corto otro trozo del ladrillo de Rosa y me lo como frío, y está mejor frío, y eso también lo apunto en la hoja.
A las tres me siento en la silla plegable, la de ella, con el móvil en la mano y la pantalla apagada.
A las tres y media entiendo lo que estoy haciendo, que es esperar a que alguien me llame para no tener que llamar yo.
La llamo a las cuatro y le digo que voy el domingo.
—¿Pasa algo?
—Sí.
—Alma.
—No es malo. Es difícil. No es malo.
—Eso me lo dijiste en dos mil veintitrés y luego era malo.
—Julia, no es malo.
Cuelgo. Meto el medio ladrillo en el tupper. Guardo la hoja de las once líneas doblada dentro de la libreta de las dos columnas.
Luego cojo el móvil y le escribo a Leo tres palabras:
«Ocho días, Leo.»
No le escribo nada más en toda la tarde, ni él a mí.
16:22.