18
AHORA · julio
En julio empezamos a vaciar la casa, porque la venta es el uno de octubre y porque mi madre ha decidido que no piensa hacerlo en septiembre con prisa y llorando.
Lo dice así: «En septiembre no, que en septiembre tengo nueve casas».
Así que los sábados por la mañana, antes de Water Street, estoy en Chestnut metiendo cuarenta años en cajas de fruta que me guarda el del súper.
Ella dirige desde una silla de la cocina.
—Eso al contenedor.
—Mamá, esto es la vajilla de la boda.
—Al contenedor.
—Son doce servicios.
—Y en cuarenta y un años los he usado tres veces, y una fue el funeral de tu padre. —Se estira la falda—. Al contenedor. O te lo llevas tú, que tienes un piso vacío como una lata.
Me llevo la vajilla.
Vaciar una casa de cuarenta y un años consiste sobre todo en descubrir en qué ha estado pensando tu madre.
En el mueble del pasillo hay ocho mecheros de propaganda de una gasolinera que cerró en el noventa y nueve.
Hay tres planchas: una funciona. Hay una caja de zapatos con todas las facturas de la luz desde el ochenta y siete, ordenadas, con una goma cada año.
Hay un juego de destornilladores que compré yo en el dos mil doce y que llevo desde el dos mil doce diciendo que me han robado.
En el cajón de abajo del aparador, debajo del mantel de Navidad, hay un sobre con dinero.
—Mamá.
—Eso no lo cuentes.
—Mamá, aquí hay…
—Que no lo cuentes, Leo, que ya sé lo que hay.
Son mil ochocientos dólares en billetes de veinte y de diez, con una goma, en un sobre del banco.
—¿Y esto desde cuándo está aquí?
—Desde siempre.
—Desde siempre no es una fecha.
—Desde que tu padre trabajaba a destajo y cobraba en mano y yo apartaba. —Se estira la falda—. Y ahí se ha quedado, y ahí sigue, y no es de nadie.
—Es tuyo.
—Es de la casa.
Y me mira de una manera que entiendo perfectamente y que no pienso discutir un sábado por la mañana con catorce cajas por hacer.
El segundo sábado toca el cuarto de Dani.
Yo pensaba que iba a haber una conversación sobre eso. La preparé el jueves conduciendo. Tenía tres versiones.
Mi madre abre la puerta a las nueve y diez, entra, sube la persiana, y dice:
—Empieza por el armario que yo con eso no puedo.
Se pone a hacer las estanterías.
El armario de mi hermano tiene ochenta y cuatro centímetros de ancho y dentro hay ropa para un hombre de veintidós años que iba a volver a casa.
Cinco camisetas de trabajo, las mías, que se llevaba y no devolvía. Un plumífero. Cuatro pares de zapatillas y ni un solo zapato. Una camisa de vestir con la etiqueta puesta, que le compró mi madre para el funeral de mi padre en el dieciocho y que no se puso.
En la balda de arriba, una caja de zapatos con cables.
Cables de todo. Cargadores de móviles que ya no existen, un cable de red, dos alargadores. Cuarenta o cincuenta metros de cable enrollado sin ningún criterio por un chaval que guardaba cables porque su hermano guarda cables.
Esa caja la bajo, la miro y la vuelvo a subir a la balda.
Y luego la bajo otra vez y la meto en una caja de fruta, porque si la dejo ahí la va a bajar ella.
A las once y media estamos los dos sentados en el suelo de esa habitación con catorce cajas cerradas y cuatro abiertas, y ella tiene en las rodillas una carpeta de anillas con dibujos de motos de cuando él tenía trece años, y no está llorando y no la está mirando.
—Leo.
—Dime.
—Yo quiero oírlo.
Y no hace falta que diga qué.
—Mamá.
—Déjame terminar. —Levanta una mano—. Yo he estado leyendo.
En la biblioteca, con la chica esa que ayuda, la de las gafas.
Hay gente que lo hace. No es una cosa mía que me haya inventado.
Hay una asociación en Boston y hay familias que se ven, y hay una mujer en Rhode Island que sale en un vídeo y que estuvo con la que llevaba el hígado de su marido.
—Ya lo sé que hay gente que lo hace.
—Pues eso.
—Mamá, tú no quieres verla. Tú quieres ponerle la oreja en el pecho.
—Sí.
Lo dice sin dudar, con las dos manos encima de la carpeta de las motos.
—Yo quiero oír el corazón de mi hijo —dice—. Una vez. No quiero nada más de esa chica. No quiero su teléfono, no quiero saber su vida, no quiero un vídeo. Cinco minutos y me voy a mi casa.
Me levanto del suelo. Es lo único que se me ocurre hacer con el cuerpo.
—No es de él —digo.
—¿Qué?
—Que no es de él, mamá. Ya no es de él. Es de ella. Se lo cosieron dentro y es suyo, y decir «el corazón de mi hijo» en voz alta delante de esa chica es lo peor que le puedes hacer.
Y mi madre me mira desde el suelo de la habitación de su hijo pequeño con una carpeta de motos en las rodillas.
—Ya lo sé —dice—. ¿Tú te crees que yo no sé eso?
—…
—Yo digo «el corazón de mi hijo» en mi cocina, a las cuatro de la tarde, sola. Delante de ella diría otra cosa. Yo he trabajado en casas ajenas cuarenta y dos años, Leo: yo sé perfectamente cómo se habla en una casa que no es la tuya.
Y no tengo nada. Me quedo de pie en medio de catorce cajas sin nada que decir.
—Pregúntaselo tú —dice.
—No.
—Leo.
—No se lo voy a pedir.
—¿Por qué no?
Y aquí es donde tendría que decir la verdad, que es que llevo un año decidiendo por todo el mundo y que no sé hacer otra cosa. Digo la otra.
—Porque esa chica lleva ocho meses viviendo de milagro y no le voy a llevar yo a su hermana una petición para que la abran otra vez, aunque sea con una oreja. Porque a Alma le va a costar decirte que no. Y porque no te va a decir que no, y por eso no se lo voy a pedir.
Mi madre cierra la carpeta.
—Entonces se lo pido yo.
—Mamá.
—Yo tengo su teléfono. Me lo dio en mayo para lo del bizcocho.
Le digo que no se lo pida. No le digo que llevo desde el domingo con el móvil en la mano tres veces por noche, ni que lo que me da miedo no es que Alma diga que sí: es que Alma vaya a preguntárselo a su hermana.
—Dame una semana —digo.
—¿Para qué?
—Para pensarlo.
—Tú no lo vas a pensar. Tú lo que vas a hacer es esperar a ver si se me pasa.
—Mamá.
—Que llevo cuarenta y un años, filho.
—Una semana.
—Vale.
Y volvemos a las cajas.
Trabajamos hora y media sin hablar del asunto. Ella hace las estanterías y yo hago el armario y en algún momento me pasa por encima del hombro un jersey azul y dice «este era tuyo» y yo digo «ya» y lo meto en la caja de fruta.
A la una menos veinte cargo la vajilla de la boda en la furgoneta. Doce servicios en tres cajas, con papel de periódico entre plato y plato, que se lo he puesto yo porque ella lo iba a poner de todas formas.
Cuando cierro la puerta de atrás, mi madre está en el porche con los brazos cruzados.
—Leo.
—Dime.
—Una semana es hasta el sábado que viene.
—Ya lo sé.
—Que te lo digo porque tú, cuando dices una semana, quieres decir hasta que se te olvide.
Se mete dentro antes de que yo conteste. Es lo que hace ella cuando ya ha dicho la frase que traía.
No le digo a mi madre que la vajilla la voy a poner en un armario de un piso donde no como nunca.
Alma aparece en Chestnut Street a las nueve y cuarto de la noche con dos cafés de gasolinera y sin avisar, que es lo que hace ahora.
—Marcelo me ha dicho dónde estabas.
—Marcelo habla mucho.
—Marcelo habla lo justo.
No entra. Se sienta en el escalón del porche, al lado de siete cajas numeradas con rotulador, y se queda ahí sin preguntar nada durante un rato largo con el café entre las dos manos.
Yo me siento en el otro extremo del escalón, que mide metro veinte, y a los diez minutos ella se ha ido corriendo hacia mi lado sin que ninguno de los dos lo mencione.
Y en algún momento me pone la mano en la nuca, por debajo del pelo, y se queda así.
No me besa. Podría, y sabe que podría, porque llevamos tres semanas y a estas alturas ya no hay que preguntar nada.
Se queda con la mano ahí veinte minutos, hasta que se enfría el café, mirando la casa en la que crecí con la cara de quien está tasando una obra.
—Esa canaleta está partida —dice al final.
—Ya lo sé.
—¿Y no la vas a arreglar?
—Se vende el uno de octubre.
—Ya. —Me aprieta la nuca una vez, con los cinco dedos, y se levanta—. Pero está partida.
Lo que no dije: que ya sé cómo va a terminar esto. Que Alma se lo va a preguntar a su hermana, porque es la única persona de esta historia que hace las cosas por la puerta. Y que yo llevo una semana pidiendo una semana para no tener que verlo.