17
La séptima noche bajé a las cuatro y veinte y él llevaba cuarenta minutos esperando.
Lo supe porque había dos vasos en la mesa y uno estaba frío, y porque el segundo lo había ido a por él hacía poco, y porque un hombre que baja a las tres y treinta y ocho y sigue ahí a las cuatro y veinte con dos cafés es un hombre que ha ido dos veces a la máquina. Me senté.
No dije hola.
—Hoy no puedo hablar de nada —dije.
—Vale.
—De nada, Leo. De verdad. Ni de la serie.
—Vale.
Y no preguntó.
Yo llevaba desde las siete y media de la tarde en la cuarta planta.
No puedo contar lo que pasó en la cuarta planta, porque lo prohíbe la norma que puse yo, y porque de todas formas no sabría por dónde empezar. Puedo contar lo de fuera.
Puedo contar que a las siete y media entraron cuatro personas donde normalmente entran dos, y que la que llegó la última venía andando deprisa pero sin correr. Es lo peor que se puede ver.
Puedo contar que me sacaron al pasillo y que no me lo pidieron.
Puedo contar que en ese pasillo hay una silla y que la silla está atornillada al suelo, y que a mí eso me pareció una crueldad hasta que entendí que es para que no te la lleves.
Puedo contar que a las nueve me dejaron entrar y que mi hermana tenía el color de la gente que ya no tiene sangre suya dentro, y que me miró y me dijo «estoy bien» con una voz de dos centímetros.
Y puedo contar que a las once y media un hombre con bata me explicó, con muchísimo cuidado, que esto la subía en una lista.
Que la subía.
Que era mejor.
Y puedo contar que a las doce y cuarto, cuando ya no quedaba nadie, me metí en el baño de la planta, el de visitas, y me lavé la cara cuatro veces seguidas con agua fría y a la cuarta me quedé con las dos manos apoyadas en el lavabo mirando el desagüe.
Salí. Volví a entrar. Le puse bien la manta a mi hermana, que no la necesitaba.
A la una menos cuarto vino una auxiliar a mirar una bolsa y me preguntó si yo era la madre. Le dije que la hermana.
Me dijo que perdón. Le dije que no pasa nada, que me lo dicen mucho, que es por la hora.
Y no es por la hora.
Bajé a las cuatro y veinte porque a las cuatro y cuarto había entendido que si no bajaba iba a pasar la noche haciendo cuentas de una cosa que no se puede contar: cuánta gente hay por delante de tu hermana.
Me senté enfrente de un hombre que no sabía nada de nada y le dije que no podía hablar.
—Vale —dijo otra vez.
Y entonces hizo una cosa que no le había visto hacer nunca.
Se puso a hablar él.
Habló una hora y diez minutos.
Me contó, con el nivel de detalle de un hombre que está intentando ocupar un espacio, cómo se hace una cubierta a la portuguesa y por qué aquí no se hace.
Me contó lo del canalón de una casa de Bell Point que costó más que la cocina.
Me contó que hay dos maneras de saber si una viga está podrida y que la buena es la que te deja los dedos oliendo a champiñón durante dos días.
Me contó que su hermano, a los once años, se pasó un verano entero convencido de que en el sótano de la casa había una puerta tapiada, y que hizo un mapa, y que el mapa todavía está en un cajón, y que la mancha que él decía que era una puerta es una mancha.
Me contó que su padre no le dijo nunca que algo estuviera bien excepto una vez, y que fueron ocho palabras.
—Eso ya me lo has contado —dije.
—Ya. Es que se me está acabando el material.
—Sigue igual.
Y siguió.
Me contó que en las casas de esta costa hay tres capas de papel pintado como mínimo y que la de abajo casi siempre es de flores, y que él tiene guardado un trozo de cada casa que ha abierto desde el dos mil catorce en una caja de puros, cuarenta y un trozos, y que no se lo ha enseñado a nadie porque queda de loco.
Me contó que Marcelo tiene dos hijas y que la mayor le pidió el año pasado que dejara de ir a recogerla al colegio con la furgoneta.
Me contó que en portugués hay una palabra para el olor de la lluvia sobre el polvo y que no se acuerda, y que se lo va a preguntar a su madre, y que se le va a olvidar preguntárselo.
Me contó cómo se cambia una teja sin pisar la de al lado.
Me contó que a los siete años se cayó de un cerezo y que su padre, en urgencias, mientras le cosían, le dijo que el cerezo era mala madera y que eso era todo lo que había que aprender del asunto.
Yo no dije nada en una hora y diez minutos.
No me hizo falta, y eso no me había pasado nunca con nadie.
En algún momento, sobre las cinco menos veinte, dejé de oír lo que decía.
Seguía oyendo el ruido, la voz, el ritmo. Pero llevaba un rato mirándole las manos encima de la mesa, que las tiene grandes y rotas por fuera, y pensando en una cosa muy concreta y muy tonta.
Estaba pensando en que ese hombre iba a levantarse a las cinco menos cuarto, se iba a ir a su cuarta planta y yo me iba a ir a la mía, y que en toda la noche no me había preguntado ni una vez.
Y en que llevaba desde noviembre esperando a que alguien no me preguntara.
—Una cosa —dijo, ya casi al final.
—Qué.
—Que si mañana tampoco puedes hablar, yo bajo igual.
—Vale.
—Y si pasado tampoco.
—Leo.
—Es que lo digo para que no tengas que avisarme. Que no hace falta que me escribas nada ni que me digas nada. Yo bajo a las tres y cuarenta y si estás, estás.
Yo me quedé mirando una mesa de formica de color arena institucional, porque si levantaba la cabeza en ese momento se me iba a notar todo.
—Vale —dije.
—Me tengo que ir —dijo a las cinco menos cuarto.
—Ya.
Se levantó y recogió los dos vasos, el frío y el otro, y los tiró él, que hacía yo siempre.
Al volver se paró detrás de mi silla.
—Alma.
—Qué.
—¿Te puedo poner la mano en el hombro?
Yo dije que sí sin girarme.
Me puso la mano derecha en el hombro izquierdo, entera, con el peso puesto, no rozando. Y no la movió, y no me frotó la espalda, y no dijo nada.
La tuvo ahí once segundos. Los conté.
Y luego la quitó y se fue hacia los ascensores, y yo me quedé sentada en una cafetería vacía a las cinco menos cuarto de la mañana con el hombro caliente y las dos manos planas encima de la mesa.
Subí a las cinco y diez por la escalera C, que a esas horas huele a lejía porque acaban de pasar por el sótano.
En la cuarta hay dos puertas dobles y entre las dos hay un tramo de pasillo de once metros con una ventana.
Me paré en la ventana. Se ve el aparcamiento, las cuatro plantas, y desde ahí arriba se ve también la de arriba del todo, la que no tiene techo, que a las cinco de la mañana está vacía menos por una furgoneta blanca.
Estuve mirando esa furgoneta hasta que arrancó.
Luego entré.
Julia estaba despierta, con la luz de la cabecera puesta y el móvil boca abajo encima de la manta.
—¿Dónde estabas?
—En la máquina de abajo.
—Llevas cuatro horas en la máquina de abajo.
—Es una máquina muy lenta.
Mi hermana me miró. Tenía el color de la gente que ha recibido sangre de otra gente y tenía los labios partidos y tenía veintitrés años.
—Ya —dijo.
No preguntó más, y las dos nos quedamos con eso, y a las cinco y media se durmió con la luz puesta y yo se la apagué.