16
AHORA · junio
—El domingo a las once —dice Alma—. Tráela.
—Alma.
—A las once, aquí, y no hay nadie más. Se lo dices así: que quiero enseñarle una cosa del horno.
—Eso es mentira.
—Eso es una cita. La mentira viene después y la digo yo.
Estamos en la acera, al lado de la furgoneta, un martes por la noche. Llevo cuatro días buscando la manera de decirle que esto lo tengo que hacer yo, y llevo cuatro días sin encontrarla, porque no existe.
—Déjame que se lo diga en casa —digo.
—No.
—En casa se puede levantar y meterse en la cocina y cerrar la puerta. Aquí no tiene dónde ir.
Y ella se para con la llave del local en la mano.
—Leo. ¿Tú te estás oyendo?
—Sí.
—Me estás explicando dónde le conviene a tu madre recibir una noticia que le tengo que dar yo.
—Sí.
—Vale. —Abre la puerta—. Pues no.
Le digo que a las once. No le digo que llevo desde el jueves durmiendo cuatro horas, ni que he ensayado la escena de tres maneras distintas y en las tres la contaba yo.
El domingo la recojo a las once menos veinte y son ocho minutos de coche que duran cuarenta.
Se sube con el bolso en el regazo y las dos manos encima del bolso.
—¿Y qué es lo del horno?
—Es la bóveda.
—¿Qué le pasa a la bóveda?
—Nada. Que está bien.
—¿Y para eso me sacas un domingo?
—Mamá.
—Que yo el domingo tengo cosas.
—Tú el domingo tienes misa a las nueve y luego nada.
—Eso lo dices tú.
En el semáforo de Bridge con Front se calla y mira por la ventanilla, y a mí se me ocurren cuatro maneras de empezar y no empiezo ninguna, y las cuatro llevan la palabra «hospital» en la primera frase.
En el aparcamiento de la iglesia, cuando ya estoy metiendo la marcha atrás, dice:
—Leo.
—Dime.
—Esa chica no me llamó para el bizcocho.
—¿Qué?
—Que le di mi teléfono en mayo, que quedamos en que me lo pedía cuando lo tuviera, y que no me ha llamado. Y esa no es una mujer que se le olviden las cosas.
No digo nada, y ella tampoco dice nada más, y hacemos los últimos cuatrocientos metros en silencio.
Entra a las once menos cinco con el pelo hecho y sin fuente, porque le he dicho que veníamos veinte minutos.
—¿Y el horno? —dice.
—El horno está bien —dice Alma—. Siéntese.
Mi madre mira la silla plegable. Después me mira a mí. Después mira a Alma.
Y se sienta.
Yo me quedo de pie contra la pared del fondo, al lado del hueco del tabique. Es lo más lejos que se puede estar en ochenta metros sin salir a la calle.
Alma no se sienta. Se queda de pie delante de ella, con las manos quietas.
—El diecinueve de octubre del año pasado murió su hijo Daniel en el Saint Anselm —dice—. Yo estaba en ese edificio. Mi hermana Julia llevaba once meses entrando y saliendo de ese edificio, esperando un corazón.
Mi madre no se mueve.
—El veinte de octubre, a las tres y diez de la mañana, se la llevaron a quirófano. Salió a las nueve y cuarto. Está viva.
Silencio.
—Yo no lo supe esa noche. Lo supe en enero, atando cabos, y no me lo confirmó nadie hasta marzo, y me lo confirmó su hijo, en Water Street, cuando fui a buscarle porque llevaba cinco meses desaparecido.
Ahí mi madre gira la cabeza y me mira.
Es la primera vez que me mira desde que ha entrado.
—Y por eso yo estaba en su jardín en marzo —dice Alma—. No por el tejado. Le mentí a usted en mayo, en esta silla, con su tenedor en la mano, y llevo desde entonces sabiendo que se lo tenía que decir.
Mi madre baja la vista al suelo.
Y se queda así lo que tardan en pasar dos coches por Water Street.
—¿Y ella está bien? —dice.
Alma tarda un segundo en entender la pregunta.
—¿Julia?
—Sí.
—Está bien. Se cansa a las cuatro de la tarde. Toma doce pastillas. Le hacen una biopsia cada tres meses.
—¿Y trabaja?
—Está pensando en volver a matricularse.
—¿De qué?
—De ilustración. Dibujaba.
Mi madre asiente despacio, dos veces, como quien apunta algo.
—¿Y qué edad tiene?
—Veinticuatro.
Y ahí sí.
Ahí se le va la cara, un momento muy corto, y vuelve.
—Como Dani más dos —dice.
Nadie contesta a eso porque no hay manera.
Después se agarra a los brazos de la silla y se levanta.
Y me mira a mí.
—Leo.
—Dime.
—¿Tú desde cuándo lo sabes?
Y aquí está el sitio.
Llevo ocho meses sabiendo que este sitio existía y llevo ocho meses colocando cosas delante para no llegar a él, y resulta que estaba en el bajo de una antigua pescadería un domingo por la mañana, con dos mujeres mirándome y un rollo de plástico grapado en el techo.
—Desde esa noche —digo.
—¿Esa noche cuál?
—Esa. La del veinte. La vi a ella en la sala de espera, a las cuatro y diez, y lo entendí, y me fui.
Mi madre se coloca el bolso en el antebrazo.
—Ocho meses —dice.
—Sí.
—Ocho meses, filho.
—Sí.
No dice nada más. Va hacia la puerta, despacio por la rodilla, y en la puerta se para y se gira, pero no hacia mí.
—Alma.
—Dígame.
—El arroz de pato te lo hice porque me caíste bien. Eso no lo cambia esto.
—Rosa.
—No, hija. Hoy no. —Se agarra al marco de la puerta—. Hoy me voy a mi casa y me siento, y el lunes ya veré.
—Vale.
—Y el bizcocho te lo traigo igual.
Y se va.
Nos quedamos los dos en ochenta metros de azulejo blanco.
Alma se sienta en la silla que acaba de dejar mi madre, se dobla hacia delante y apoya la frente en las rodillas, y se queda ahí un rato largo respirando como si acabara de subir una cuesta.
Yo no me acerco. No me acerco porque llevo un año decidiendo lo que le conviene a la gente y esta mañana he visto a alguien hacerlo al revés, y todavía estoy aprendiendo.
Al rato levanta la cabeza y mira la silla plegable, que sigue donde estaba.
—Se ha ido con el bolso puesto —dice.
—¿Qué?
—Que no se lo ha llegado a quitar. Desde que ha entrado. Ha estado ahí sentada veinte minutos con el bolso en el brazo.
Y tiene razón, y yo no lo había visto, y llevo treinta y tres años mirando a esa mujer.
—Eso qué quiere decir —digo.
—No lo sé. En mi madre quería decir «me voy».
Se levanta. Va hasta el fregadero de acero, abre el grifo del agua caliente que puse en mayo y lo deja correr sin meter las manos.
—¿Qué haces?
—Nada. Comprobar que sigue saliendo.
Lo cierra.
—¿Voy detrás? —digo.
—No lo sé.
—Alma.
—No lo sé, Leo. Es tu madre. Yo no sé lo que hace tu madre.
Y luego, más bajo:
—Yo lo único que sé es que ha preguntado si está bien. Lo primero que ha preguntado. —Se limpia la cara con el dorso de la muñeca—. Yo llevo ocho meses preparándome para todo menos para eso.
Se levanta. Coge el cepillo de púas del mostrador, se va al horno y se pone a cepillar la boca de hierro, que lleva cepillada desde mayo.
—Alma.
—Déjame diez minutos.
—Vale.
—Es que si me siento me pongo a pensar, y si me pongo a pensar te voy a preguntar cómo ha ido, y no ha ido de ninguna manera. Ha ido.
Y cepilla un hierro limpio durante diez minutos con la espalda muy recta, y yo recojo una obra que está recogida, y a las doce menos veinte los dos hemos terminado de hacer cosas que no hacían falta y nos sentamos en el suelo, cada uno en un lado del mostrador partido, sin tocarnos.
Lo que no dije: que cuando mi madre ha preguntado la edad, yo he hecho la resta antes que ella. Que la hice el veinte de octubre a las cuatro y once de la mañana, en un pasillo, y que la he vuelto a hacer todos los días desde entonces.