Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 15
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La gasolinera de la salida catorce cierra a las doce y yo entré a las once y cuarenta.

Dentro había un chaval de la edad de mi hermano detrás del mostrador, viendo un partido grabado en un móvil apoyado en la caja registradora, y una nevera de tres puertas con la de la derecha fundida.

Los sándwiches están en la de la derecha.

Me quedé cinco minutos delante de esa nevera, con la puerta abierta y la luz apagada, decidiendo entre dos triángulos de plástico.

Pollo con algo blanco. Atún con algo blanco.

No hay más. En la balda de abajo había otro de jamón, del día anterior, y ese lo descarté enseguida, y esa fue la única decisión sensata de toda la noche.

Cogí los dos. Pollo y atún, para que ella eligiera.

Después cogí una bolsa de patatas y dos plátanos del expositor de la caja, que están ahí para que la gente como yo compre algo verde y se quede tranquila.

—¿Bolsa? —dijo el chaval.

—No hace falta.

—Es que son cinco cosas.

—Ya. No hace falta.

Y salí con cinco cosas en los brazos a un aparcamiento vacío, a las once y cincuenta de un lunes de octubre, y me quedé de pie al lado de la furgoneta un rato largo, porque de repente me pareció la peor idea que había tenido nunca.

Estuve dando vueltas hasta las tres y media. Catorce a la misma manzana; conté las últimas seis.

En el semáforo de Water con Front pensé en tirarlo todo a una papelera y subir con las manos vacías, y decidí que no por un motivo que no tiene nada de bonito: porque si subía con las manos vacías iba a tener que explicar por qué había subido.

A las tres y media aparqué en la planta cuatro.

A las tres y cuarenta subió ella.

Saqué de atrás los dos sándwiches, las patatas, los plátanos y el termo, que lo había llenado a las seis en la fábrica y que a esas horas era otra cosa.

Y antes de ponerlo, sin pensarlo demasiado, extendí encima del capó el trapo limpio de la caja de herramientas. El de los acabados. El que no toca nadie.

—Es de gasolinera —dije.

Ella no dijo nada.

—Es que a las once y media…

—Leo.

—Y el café lleva diez horas hecho.

—Que te calles un momento.

La planta cuatro es la de arriba del todo y no la usa nadie porque no tiene techo. Desde allí se ve el agua, o se ve dónde está el agua, que a esa hora es lo mismo. Hacía frío. Se veían las luces de la depuradora y una grúa.

Cogió el de atún sin dudarlo, que era el que yo no quería.

Le conté lo del carné de conducir portugués que saqué a los diecinueve en un verano y que no me sirve para nada en ningún sitio, ni allí ni aquí, y que llevo en la cartera desde hace catorce años.

—¿Por qué?

—Por si algún día lo pide alguien.

—Nadie lo va a pedir nunca.

—Ya lo sé.

—¿Tú has vivido siempre aquí?

—Siempre. Dos años no. A los veinticuatro me fui a Providence con un tío que restauraba barcos.

—¿Y por qué volviste?

—Porque mi padre se rompió el hombro y había una cubierta que hacer en Bell Point.

—¿Y luego?

—Y luego ya no me fui.

—¿Y te arrepientes?

—No lo sé. —Le di un mordisco al plátano—. Esa es la respuesta honesta y es una respuesta de mierda, pero es la que hay.

—Es mejor que la mía.

—La tuya era buena.

—La mía era una frase.

Las patatas no las abrimos. Se quedaron encima del capó las dos horas y al final se las llevó ella en el bolso, y no supe si era una broma o si era que no había comido bastante.

A las cuatro y diez le empezaron a castañetear los dientes y ella hizo como que no.

—Tienes frío.

—No.

—Alma.

—Tengo un frío que no te puedes ni imaginar y no pienso irme, o sea que no me lo preguntes más.

Me quité la chaqueta y se la puse por encima de los hombros, y se quedó muy quieta mientras se la ponía, como se queda quieta la gente a la que no le hacen esto nunca.

—Está caliente.

—Es que la llevaba puesta.

—Ya sé por qué está caliente, Leo. Te estoy informando.

Se comió el segundo plátano mirando la grúa. Después dejó la piel encima del trapo, con cuidado, colocándola, como si el trapo importara. Luego dijo:

—Has puesto un trapo.

—¿Qué?

—Nada.

Y abrí la boca para decir alguna cosa, alguna de las mías, alguna que quitara importancia.

No me dio tiempo.

Me besó ella.

Se giró desde la cadera, con medio plátano todavía en la mano izquierda, y me besó sin preguntar y sin avisar, y tardé una fracción de segundo entera en enterarme.

Y no la toqué.

No la toqué porque tenía las dos manos apoyadas atrás en el capó, y porque si las levantaba aquello dejaba de ser una cosa que estaba pasando y pasaba a ser una cosa que yo estaba haciendo.

Duró poco. Se separó dos centímetros, sin apartarse, y me miró para ver qué había.

Y entonces levanté la mano derecha y le puse la palma en la nuca, debajo del pelo, donde tenía la piel caliente, y la volví a acercar.

Y ahí se acabó lo de estar quieto.

Tenía la boca fría por fuera y no por dentro.

Se le enganchó el pelo en la piel rota de los nudillos y se le enganchó dos veces más antes de que yo aprendiera a moverme de otra manera.

Me pasó una mano por debajo del brazo, por la espalda, y agarró la tela de la camiseta con el puño cerrado, y estiró, y yo cargué el peso hacia delante sin darme cuenta y noté cómo cedía la chapa del capó bajo la palma de la otra mano, esa chapa que aguanta cuarenta kilos y que a los cuarenta y cinco empieza a hablar.

En algún momento se le cayó el plátano al suelo del aparcamiento. Lo oímos caer los dos y ninguno de los dos se movió.

Y en algún momento noté que ella tenía las dos manos frías en la nuca, dentro del cuello de la camiseta, y que era lo único frío que quedaba en toda la planta cuatro.

Cuando paramos se quedó con la frente apoyada en mi mandíbula, respirando raro, y yo me quedé mirando la grúa.

—No digas perdona —dijo.

—No iba a decirlo.

Se bajó del capó, recogió el plátano, lo tiró en la papelera de la escalera y volvió a subirse, a cuatro centímetros, y nos quedamos así hasta las cinco menos veinte sin hablar casi nada.

Hacia las cinco menos cuarto se oyó abajo una ambulancia entrando por urgencias. Desde la planta cuatro se oye entero: primero la rampa, después las puertas.

Los dos giramos la cabeza a la vez, hacia el mismo sitio.

Y los dos la volvimos a girar.

Ella se subió un poco más mi chaqueta por el hombro. Yo miré la grúa.

La dejé en la puerta de urgencias. Cuatrocientos metros, seis minutos andando, y aun así en coche.

—Te dejo la chaqueta en el asiento.

—Quédatela.

—Leo, son cuatrocientos metros.

—Que te la quedes.

Se la volvió a subir por el hombro. No dijo gracias. Llevaba cuatro noches sin decirme gracias por nada y yo llevaba cuatro noches contándolo.

—El café estaba a temperatura ambiente —dijo.

—Ya te lo he dicho.

—Eso no era café.

Y cerró la puerta y se metió dentro.

Yo no me fui.

Subí a la segunda, a la unidad, y me quedé de pie delante de las puertas dobles sin llamar al timbre, con las llaves de la furgoneta en la mano, once minutos por el reloj de la pared.

Once minutos es mucho tiempo delante de una puerta. Se puede leer entero el cartel de la higiene de manos. Se puede aprender que en esa unidad hay ocho boxes y que en el plano de evacuación el nuestro es el tercero por la izquierda.

Después llamé, y me abrieron, y me senté donde me sentaba siempre.

Y a las seis menos cuarto vino la enfermera de noche a cambiar una bolsa y me dijo, como me lo decía todas las noches, que mi hermano tenía buena cara.