14
AHORA · junio
El uno de junio, a las nueve y veinte de la noche, le doy un sobre.
Es un sobre de los blancos, de carta, con quinientos dólares dentro en billetes de veinte porque el cajero de Front Street no da de cincuenta.
Leo lo mira como si le hubiera dado una multa.
—Alma.
—Es uno de junio.
—Ya sé qué día es.
—Cláusula dos. —Se lo dejo encima de la caja de herramientas, porque no lo coge—. Y como no lo cojas, te lo meto en la furgoneta y entonces el problema es tuyo.
Se limpia las manos en el pantalón. Coge el sobre. No lo abre. Se lo mete en el bolsillo de atrás y sigue trabajando, y a los cuatro minutos, sin levantar la cabeza, dice:
—Quedan veintitrés.
—Quedan veintitrés.
Los quinientos son de esto: cuatrocientos de la paga extra de junio de Fiore’s, que iba entera para el cuadro eléctrico, y cien de no cambiar las cuatro ruedas del coche, que llevan tres años y que el mecánico me dijo en abril que pasaban la inspección pero no el invierno. Eso no se lo digo.
Y a las nueve y veinticinco lo apunto en la libreta, en la columna de la derecha, que es la de cuándo hay que pagar las cosas, que es la columna que él me enseñó.
El jueves once, a las ocho y cuarto, hay nueve personas en mi local.
Marcelo ha traído a las hijas, la radio y una opinión sobre el fútbol femenino que no le ha pedido nadie. Tony ha traído el pan y ha traído poco. Bev ha entrado a decirme que no me pase, que ella tiene el seguro contratado para una repostería y no para un comedor social.
Y luego se ha sentado en su propia silla plegable con un plato en las rodillas.
—Este coche —le está diciendo a la hija mayor de Marcelo— lo compré yo en el noventa y seis con dinero mío.
—Ya.
—Con dinero mío, dice ella como si nada. En el noventa y seis. Tú pregúntale a tu padre cuántos coches ha comprado él con dinero suyo.
—Bev —dice Marcelo.
—Yo solo estoy dando datos.
La pequeña, que tiene seis años, ha decidido que el hueco del tabique es una casa, que Tony es el perro y que yo soy la vecina. Viene a llamar a un timbre que no existe.
—¿Quién es?
—Soy yo.
—¿Y qué quieres?
—Vengo a que me des una cosa.
—Aquí no hay nada.
—Sí que hay. Hay una cosa en el horno.
No hay nada en el horno, porque el horno no funciona todavía, pero hay que abrirlo igual y sacar aire y dárselo, y ella se lo lleva con las dos manos.
Leo llega a las ocho y media, que es cuando cierra en la fábrica de hielo y pasa por casa de su madre.
Deja las llaves en el mostrador partido. Se lava las manos hasta el codo en el fregadero de acero. Y se queda un momento de pie mirando lo que se ha hecho durante el día antes de mirar a nadie.
—¿Hay más? —dice Marcelo.
—Hay una olla de veinte litros, Marcelo.
—Yo pregunto.
Nueve personas cenando en el suelo de un local en obras un jueves de junio, con una radio y dos niñas.
Yo llevaba ocho años cenando de pie encima del fregadero.
En junio Leo trabaja sin camiseta a partir de las ocho, cuando se va Tony.
Tiene una línea que va del hombro a la cadera y que le sale de trabajar quince años con un solo brazo por encima de la cabeza. No es simétrica: el lado derecho tiene más. Yo eso lo he visto en Yolanda, que tiene el antebrazo derecho de otra persona. Y hay otra cosa.
Yo tengo las manos a treinta y uno. Es mi oficio y es lo único que se me da bien y llevo quince años midiendo el mundo desde ahí abajo: la mantequilla, el mármol, el agua de la nevera, la gente.
Él está a treinta y seis. A metro y medio, en junio, a las nueve y media de la noche, se nota a treinta centímetros de su brazo sin tocarle.
Lo he comprobado tres veces esta semana. Con la excusa del metro, con la excusa del nivel y sin excusa ninguna.
El jueves dieciocho pasa lo siguiente.
Estamos solos poniendo el premarco de la puerta del baño. Él sujeta, yo atornillo, porque tengo mejor pulso y eso lo hemos establecido sin discutirlo. Para llegar al travesaño de arriba tengo que subirme al segundo peldaño de la escalera de tijera y estirarme hacia la izquierda.
Me estiro. La escalera se mueve. Y él me pone la mano en la cintura.
Encima de la camiseta, con toda la mano abierta, sin pensarlo, como se sujeta cualquier cosa que se va a caer.
Sigo atornillando. Es lo único que se me ocurre. Aprieto ese tornillo hasta un punto en el que ya lo he pasado de rosca.
—Ya está.
—Ya.
Y no quita la mano.
Bajo un peldaño. La mano sube dos centímetros porque yo he bajado. Bajo el otro peldaño, y ahora estoy de pie en el suelo y estoy más baja que él y su mano sigue donde estaba y ya no hay ninguna escalera de la que caerse.
Me giro.
Le veo la cara desde muy cerca, y le veo decidirse.
Le veo, después, quitar la mano.
La quita él. Despacio, dedo a dedo, y da un paso atrás y coge el nivel del suelo y dice que el premarco está desplomado tres milímetros.
No está desplomado tres milímetros. Lo he puesto yo.
Fuera suena la bocina del Buick, tres veces, porque Bev quiere que le bajemos un microondas del maletero. Le bajamos el microondas.
El sábado veinte, a las once de la mañana, llega Julia.
Ha llamado el jueves para preguntar si podía venir y ha vuelto a llamar el viernes para confirmarlo, que es como hace ella las cosas desde marzo. Aparca bien, entra con gafas de sol dentro del local y dice:
—Vale. La foto no le hacía justicia.
—¿A qué?
—Al desastre.
—Julia.
—Es un desastre precioso. Ya lo dije en abril y no lo pienso repetir.
Y entonces sale Leo del hueco del baño con el nivel en la mano y polvo de yeso hasta las cejas.
Yo me quedo sin ninguna cosa que hacer con la cara.
—Hola —dice él.
—Hola. —Julia se sube las gafas a la cabeza—. Julia. La hermana.
—Leo.
Y le da la mano.
Se la da con la derecha, que la tiene abierta desde hace dos segundos, y no la cierra del todo.
Yo eso lo sé porque llevo tres meses viéndole coger cosas: agarra con los cuatro dedos y con el canto, nunca con la punta, y cuando algo pesa lo levanta con la izquierda.
Ahora mismo tiene la mano de mi hermana en la derecha, no está apretando y no está soltando, y dura una décima de segundo más de lo que dura eso.
Después la suelta y coge el papel de lija con las dos manos.
Julia se queda cuarenta minutos.
Se sienta en la silla plegable. Se ríe con Marcelo, que ha venido a por unos tacos.
Le pregunta a Leo si el horno funciona y él le dice que funcionará.
Le pregunta cuánto falta y él le dice que depende del tejado, y ella le pregunta qué pasa con el tejado, y él le explica lo de los pares y lo de las hiladas con muchísima paciencia, con la lija en la mano, y mi hermana escucha entera una explicación técnica sobre una cubierta, que es una cosa que no ha hecho en su vida.
Después le dice que se le da bien explicar.
Él dice que gracias, y baja la cabeza.
Y luego ella dice que le apetece muchísimo probar el horno cuando funcione.
Y él dice que sí, que claro.
Yo estoy a cuatro metros y lo que estoy mirando es la lija. Lleva cuarenta minutos con el mismo marco. Va y viene, va y viene, siempre igual, dos por segundo, y no ha parado ni una vez desde que mi hermana se ha sentado.
Cuando ella dice lo del horno, la lija se para. Media pasada. Y sigue.
Cuando se va, la acompaño al coche.
—Oye.
—Dime.
—El de dentro.
—El contratista.
—Ya. —Abre la puerta—. El contratista.
—Julia.
—Nada, nada. Yo solo digo que lleva dos meses en tu local todos los días y que tú, en dos meses, no me has dicho su nombre ni una vez. —Se sienta al volante—. Y tú a mí me cuentas hasta lo que desayunan los del obrador.
Arranca. Baja la ventanilla en el stop del final de la calle y grita algo que no entiendo. Vuelvo dentro.
Y el día se va como se van los días de obra: a las cuatro llega el zinc del canalón y hay que descargarlo entre los dos, a las siete Marcelo se va, y a las once de la noche seguimos allí porque el revoco de la esquina hay que terminarlo hoy.
A las once y cuarto Leo está de pie en medio del local con la lija en la mano.
—La licencia la entregué el martes —dice.
—Vale.
—Cinco a ocho semanas. Nos plantamos en agosto.
—Vale.
Y sigue mirando la puerta.
Le quedan cuatro pasos hasta donde estoy yo y no los da.
Lleva sin darlos desde abril: en la escalera de tijera, el día del andamio, la tarde que se quemó con el tubo y le puse la muñeca debajo del grifo.
Este hombre no va a cruzar cuatro pasos en su vida. No porque no quiera: porque cruzarlos es pedir, y él no pide.
—Leo.
—Dime.
—Deja la lija.
Y me mira, y tarda, y la deja encima del mostrador partido sin apartar los ojos, como quien suelta una herramienta cuando ya sabe que la conversación cambió hace rato.
Los doy yo. Le beso de pie, en medio de ochenta metros de azulejo blanco, a las once y media de la noche del sábado veinte de junio, con el local oliendo a serrín y a cebolla.
Él tarda medio segundo en contestar. Lo que tarda un hombre en decidir que hoy no administra nada. Después me pone las dos manos en la cara, con las palmas duras hasta la mitad y blandas después, y me sujeta la cabeza como se sujeta una cosa que se puede caer.
No nos movemos de ahí y no dura mucho. Cuando me separo tiene los ojos cerrados y los mantiene cerrados dos segundos más, y eso me hace más daño que todo lo anterior.
—Alma.
—No lo estropees.
—No iba a…
—Sí ibas. —Le pongo la mano en el pecho—. Ibas a decirme que esto es complicado. Y es verdad, y lo sabía cuando he cruzado.
Se ríe una vez, con la nariz.
—Iba a decirte que tienes serrín en el pelo.
Se va a las doce menos veinte. Recoge la lija, apaga el foco del fondo, comprueba la llave del agua del fregadero y se despide desde la puerta, como todos los días.
Y yo me quedo dentro con la luz del mostrador encendida: cuento los sacos de fuerza del palé, apunto que hay que pedir el martes y compruebo que el uno de julio caen otros quinientos. Todo correcto.
Todo apuntado.
23:52.