13
AHORA · mayo
La mujer que entra en mi local el sábado a las once de la mañana lleva una fuente tapada con papel de aluminio y un bolso colgado del antebrazo.
Entra despacio, cargando el peso en la pierna izquierda. Trae el pelo recién hecho, de peluquería de las de cita fija, y no lleva chaqueta con el día que hace. Ha venido andando desde el aparcamiento de la iglesia, que son doscientos metros y una cuesta.
—Tú eres la del jardín —dice.
Ahí se me para todo.
—Sí.
—La que no quiso pasar.
—Sí.
—Yo te ofrecí café dos veces.
—Ya lo sé.
—Dos veces, hija. —Deja la fuente encima del mostrador partido sin preguntar—. Llevo desde marzo dándole vueltas a tu cara. Y esta mañana, en la peluquería, Fátima me ha dicho que en el bajo de la fábrica de hielo hay una repostera que se llama Alma.
—Ya.
—Y aquí estoy.
Mira los ochenta metros: el andamio interior, el hueco del tabique, el techo abierto por la esquina noreste con el plástico grapado.
—Ay, filha.
—Ya.
—No, si al final queda bonito. Pero ay.
Y se ríe con toda la cara, y yo me río también.
Lo primero que hace es abrir la fuente.
—Come.
—Acabo de…
—Come.
Es arroz de pato. A las once de la mañana. Me da un tenedor que ha traído de su casa envuelto en una servilleta de tela, porque ha dado por hecho que aquí no hay tenedores, y tiene razón.
Mientras yo como, ella recorre el local.
Toca el azulejo. Se agacha a mirar la baldosa —eso le cuesta, y se apoya con los nudillos en el suelo para levantarse—. Se para delante del horno un buen rato y luego dice, sin girarse:
—Aquí compraba pan mi suegra.
—¿En este horno?
—En este. Los Almeida. Ella venía andando desde Chestnut con dos críos y volvía andando con dos críos y el pan.
—Pasa la mano por el hierro de la boca—.
Cerró antes de que yo llegara. Yo llegué con siete años, en el setenta y dos, y esto ya era pescado.
Pero ella habló de ese pan hasta el día que se murió, más que de su marido.
—¿Y usted quiere sentarse?
—Yo estoy bien.
—Hay una silla.
—Ya la veo, hija. Ya la veo.
Se sienta.
—¿Tú cuántas horas trabajas? —dice.
—Ahora mismo, todas.
—Ya. —Se coloca el bolso en el regazo—. Yo limpio casas de verano. Nueve. De junio a septiembre son nueve y de octubre a mayo son dos, y con esas dos y la pensión de mi marido llego, pero llego justo.
—¿Y la rodilla?
—La rodilla dice que no desde hace cuatro años y yo no la escucho. El médico dice que hay que operar y yo le dije que me operaba cuando pudiera estar seis semanas sentada. Me preguntó cuándo iba a ser eso. Le dije que ya se lo diría.
—Ya.
—Cuando venda la casa a lo mejor sí. Quitas la hipoteca, quitas el hospital, y a lo mejor queda para una rodilla. Eso sería un lujo.
—Bueno —dice—. ¿Y tú por qué buscabas a mi hijo en marzo?
Tengo el tenedor a medio camino.
Hay dos respuestas. Una empieza el diecinueve de octubre, dura veinte minutos y termina con esta mujer levantándose de esa silla. La otra cabe en cuatro palabras.
Miro el arroz. Se está enfriando. Va a haber que tirarlo si esto dura mucho más.
—Por el tejado —digo.
Rosa mira el tejado. Después me mira a mí. Después vuelve a mirar el tejado, que lleva dos años tapado con una lona y que en marzo yo todavía no había alquilado.
—Ah. El tejado.
—Sí.
—Vale.
Lo deja ahí, sin recogerlo.
—A él se lo pregunté en abril —dice, después de un rato—. Que quién era la del jardín.
—¿Y?
—Y me contestó que una clienta. —Se estira la falda—. Cuarenta y un años en esta familia. Yo ya sé cuándo me contestan y cuándo me despachan.
—¿Y tú lo pagas? —dice al rato.
—Todo.
—¿Y él te lo cobra?
—Doce mil. Quinientos al mes.
Rosa se recoloca el bolso y no dice nada durante cuatro segundos largos.
—Bien —dice al fin—. Bien, bien.
—¿Bien?
—Bien.
Después mira el techo abierto otra vez.
—Yo vendo la casa el uno de octubre. Ya te lo habrá dicho.
—Algo he oído.
—Está bien. Once años de hipoteca y yo ya no subo esa escalera. —Se estira la falda otra vez—. Y aquí, a él, la gente le pone la mano en el hombro.
—Ya.
—Todos los días alguien. En el súper, en misa, en la ferretería. Y todos de buenas.
Y luego dice, sin cambiar de tono:
—Yo sigo comprando los yogures de beber que le gustaban al pequeño. Los mismos, en el mismo sitio. Los meto en la nevera y a los tres días los tiro.
Se ríe de sí misma, cortito.
Yo me quedo con el tenedor en la mano.
—Enséñame las manos —dice de pronto.
—¿Qué?
—Las manos, hija.
Se las enseño. Tengo los nudillos abiertos por dentro de los cuatro dedos de la derecha, de ochenta horas de cepillo de púas, y una quemadura nueva en el canto de la izquierda.
Rosa me coge la mano derecha y le da la vuelta como quien mira una fruta en el mercado.
—Vaselina y un calcetín —dice—. Por la noche. Te pones la vaselina y encima un calcetín de algodón, de los finos, y a dormir. Ocho días.
—¿Un calcetín?
—Un calcetín. Yo llevo veintiséis años limpiando casas ajenas. Tú hazme caso.
—¿Y a usted le funciona?
—A mí ya no me funciona nada, hija. —Me da la vuelta a la mano otra vez y me mira el canto quemado—. Pero a los treinta y uno me funcionaba.
—Treinta y uno tengo yo.
—Ya lo sé.
Me suelta la mano.
—Oye. Yo te quería pedir una cosa.
—Dígame.
—Mi suegra hacía un bizcocho. De maíz, con canela, y llevaba manteca, no mantequilla.
—Se agarra al respaldo para levantarse—.
Lo hizo cuarenta años y no lo escribió nunca, porque en su casa no escribía nadie.
Se murió en el noventa y ocho y se acabó.
Yo lo he intentado once veces. Once. Y me sale un ladrillo.
—¿Y lo ha probado alguien que se acuerde?
—Mi cuñada. Once veces me ha dicho que no.
—¿Y qué dice que le falta?
—Dice: «No es esto». Once veces «no es esto». —Se recoloca el bolso—. Y mi cuñada tiene ochenta y un años y no le queda mucho para poder decírmelo.
Dejo el tenedor.
—Tráigame el ladrillo.
—¿Cómo?
—Que lo haga como lo hace usted y me lo traiga. Y tráigame lo que recuerde: si era amarillo o blanco, si era seco, si se comía caliente o del día siguiente, con qué lo tomaban. Todo, aunque le parezca una tontería.
Rosa me mira un buen rato.
—Vale.
Y por primera vez desde que ha entrado no me está estudiando.
—¿Y esto para cuándo? —dice, ya de pie.
—Veintiséis de septiembre.
Mira la fecha en el aire, como se mira una fecha.
—Hm.
—Eso también lo hace su hijo.
—Eso lo hacía su padre. Yo llevo cuarenta y un años y todavía no sé qué quiere decir.
—¿Y no se lo preguntó nunca?
—Una vez. En el ochenta y nueve.
—¿Y qué dijo?
—Dijo «hm».
Se va a las doce menos veinte. Recoge la fuente vacía, la mete en una bolsa de tela, se coloca el bolso.
En la puerta se para.
—Alma.
—Dime.
—El tejado.
—Sí.
—Que en marzo tú no tenías tejado.
Se va calle abajo, despacio por la rodilla, sin esperar respuesta.
Me siento en el suelo con la espalda contra el mostrador.
Cojo el móvil. Lo dejo. Lo vuelvo a coger.
«Ha venido tu madre. Me ha traído arroz de pato y un tenedor de su casa.»
Tarda once minutos.
«Voy.»
«No vengas. Estoy trabajando.»
«Alma.»
«Me ha preguntado por qué te buscaba en marzo y le he dicho que por el tejado.»
«…»
«En marzo yo no tenía tejado, Leo.»
«Voy.»
«Que no vengas. Se lo voy a decir yo.»
Me quedo mirando eso escrito un rato antes de darle a enviar. Le doy.
Y luego, porque soy incapaz de dejar nada a medias:
«No hoy. Pero yo.»
12:04.