Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 12
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AHORA · mayo

El agua caliente sale el jueves a las ocho y diez de la tarde y Alma se queda con la mano debajo del grifo como si fuera un truco de feria.

—Está caliente.

—Está caliente.

—Leo, está caliente.

—Ya lo sé, la he puesto yo.

Cierra el grifo. Lo vuelve a abrir. Mete otra vez la mano.

—¿Y esto no iba después del tejado?

Ahí está la pregunta, tres semanas antes de lo que yo había calculado.

—Es que el fontanero es Rui, y Rui tenía hueco en mayo y en septiembre no. Si lo dejo para el final me lo cobra a precio de urgencia.

Rui tiene hueco todos los meses del año. Rui es primo de mi madre y viene cuando le llamo.

—Ah. Vale.

Le digo lo de Rui. No le digo que el tejado ha bajado once días en el calendario, ni que esos once días no los tengo, ni que llevo tres semanas mirando el parte del tiempo dos veces al día como un hombre que no cree en nada.

Tony lleva desde las dos de la tarde rozando la instalación en el tabique y a las ocho y veinte deja de estar aquí.

Se le nota primero en el ritmo. Después en que la roza se le va de línea un centímetro y no lo corrige. Después en el móvil.

—Tony.

—Sí.

—Suelta eso.

—Es un segundo.

—Tony, llevas siete horas. Recoge, come algo y vete a tu casa.

—Si puedo seguir.

—Ya lo sé que puedes seguir. No quiero que sigas.

Recoge fatal, como recoge siempre: deja la roza a medio limpiar y el cable del taladro hecho un ocho.

Y cuando va a salir, Alma lo para en la puerta.

—Tony.

—¿Qué.

—Ven.

Le da dos cosas envueltas en papel de estraza y una botella de agua de litro y medio.

—Yo ceno en casa.

—Ya lo sé. Esto es para el camino.

—Si son diez minutos en bici.

—Tony, coge la bolsa.

La coge. Y se va con esa cara de los diecinueve años que consiste en creerse que le has echado y en no atreverse a preguntar si le has echado.

Alma vuelve dentro, coge el cable del taladro y lo enrolla bien, en ocho pero del bueno, cogiendo y soltando alterno, que es como se enrolla un cable y como no lo sabe nadie que no haya trabajado con las manos.

—¿Eso quién te lo ha enseñado? —digo.

—Nadie. Es igual que una manga pastelera.

—No se parece en nada a una manga pastelera.

—Leo, tú no has usado una manga pastelera en tu vida.

Y tiene razón, y me callo.

A Marcelo le puedo pedir once horas. A Tony no le puedo pedir siete. Eso no es un defecto suyo, es una carga de servicio, y la gente que no lo entiende revienta a los chavales en tres meses y luego dice que no quieren trabajar.

A las nueve menos cuarto entra Bev sin llamar, porque es su edificio y porque tiene setenta y cuatro años y lleva veinte sin llamar a ninguna puerta.

Se planta debajo del hueco del techo. Mira el plástico grapado. Mira las líneas de tiza del tabique. Se agacha —eso le cuesta— y mira el arranque contra el rodapié.

—Hm.

—Bev —digo.

—Hm.

Se va, y el Buick arranca fuera.

—¿Eso qué ha sido? —dice Alma.

—Eso ha sido que está bien.

—¿Y si estuviera mal?

—Habría dicho «hm» dos veces y se habría quedado a mirar.

—Leo, te lo estás inventando.

—Puede.

Mi padre hacía lo mismo. A mí me llevó once años aprender el idioma.

Nos ponemos con el replanteo del tabique y ella sujeta el otro extremo del metro.

—Dos cuarenta.

—Dos cuarenta.

—Sube diez.

—¿Diez arriba o diez a la derecha?

—Diez arriba.

—Es que si dices «sube» y no dices más, sube significa arriba.

—Sube diez, Alma.

—Solo digo que el idioma existe.

Marcamos el arranque, el hueco de la puerta y el paso de la instalación. Cuarenta minutos sin que sobre una palabra.

A las nueve y media nos sentamos en el suelo con la espalda contra el mostrador partido.

—Lo del tejado —dice.

—Dime.

—Once y trece. Yo tenía ocho y medio. Faltan entre dos mil quinientos y cuatro mil quinientos y llevo tres semanas sin decir nada porque no sabía qué decir.

—Ya.

—Pues ya lo he dicho.

Se abraza las rodillas y me suelta la lista entera, en voz alta, con los dedos.

—Uno: en agosto cobro el finiquito de las vacaciones de Fiore’s. Novecientos. Dos: tengo un anillo de mi madre que no me pienso poner nunca y que tampoco pienso vender, o sea que en realidad son cero, pero lo he pensado y por eso lo digo. Tres: tengo una tía en Lawrence.

—¿Y?

—Y no.

—Vale.

—Cuatro: un préstamo personal al veintiuno coma cuatro que ya rechacé en marzo y que sigo rechazando. Cinco: abrir en noviembre en vez de en septiembre, dos meses más de turno, dos mil doscientos.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si abres en noviembre te comes tres meses de alquiler sin vender un bollo y llegas a enero. Aquí en enero no hay nadie. Se lo pregunté a Bev.

—¿Cuándo se lo preguntaste a Bev?

—En abril.

Se me queda mirando.

—Tú en abril ya habías hecho las cuentas de mi negocio.

—Yo en abril había leído tu contrato.

—Eso no es lo mismo.

—No —digo—. No es lo mismo.

Se queda un rato con la barbilla en las rodillas.

—Sale —digo.

—¿Sale?

—Sale. No sale bien. Sale. —Cojo la libreta—. Y hay una cosa que no cuesta dinero y que hay que hacer ya. La licencia de la cubierta. Ciento noventa y entre cinco y ocho semanas de trámite en este condado. Si la pedimos en junio, llega en agosto. Si la pedimos en agosto, no abres el veintiséis.

—Vale.

—Alma, esto es lo único de toda la obra que no se puede recuperar corriendo.

—Que vale. Que lo he entendido. —Alarga la mano—. Dame el papel y te lo relleno yo esta noche.

—No hay papel. Hay que ir al condado, en Bridge Street, y abren de nueve a una.

—De nueve a una.

—De nueve a una.

Y se queda callada, porque de nueve a una ella duerme, y porque llevamos siete semanas sin que nadie diga en voz alta que esta mujer se levanta a las tres y media de la mañana y se acuesta a las doce de la noche.

—Voy yo —digo.

—No.

—Alma, yo paso por delante todos los martes.

—Voy yo.

Entonces me pregunta.

—¿Cómo era?

—¿Quién?

Pero lo sé, y ella sabe que lo sé, porque me ha visto la cara.

—Dani. Me has contado lo que hacía. No me has contado cómo era.

Dejo el vaso en el suelo.

No es que no quiera. Es que si lo cuento aquí, esta noche, él entra en este local. Y en este local no ha entrado.

No digo nada de eso. Miro el tabique replanteado.

Ella me mira a mí. Y le veo entenderlo entero.

—Vale —dice—. Norma nueva.

—Alma.

—Aquí dentro no se habla de tu hermano. Y aquí dentro no se habla de mi hermana. Fuera, lo que quieras: en la calle, en el coche, en el aparcamiento. Aquí dentro no.

—…

—¿Sí o no?

—Sí.

—Vale.

Y coge el metro y se va a marcar el otro lado como si acabáramos de acordar el color de una pintura.

Salgo a la furgoneta a por una caja de tornillos que no necesito y me quedo diez minutos sentado en el asiento del conductor con la caja en las rodillas.

Vuelvo. Ha marcado el tabique entero y lo ha marcado bien.

—Está bien.

—Ya lo sé.

—No lo digo por ti. Es la primera vez en nueve años que llego y está hecho.

—Pues díselo a Marcelo.

—A Marcelo se lo digo y luego lo cuenta una semana.

Se para con el lápiz en la oreja.

—Eso ha sido casi bonito.

—Ha sido un informe técnico.

Cuando recojo, ella ya está barriendo, que es lo que hace en vez de despedirse. Le digo que lo deje. Me dice que barrer es gratis. Le digo que mañana entro en la fábrica a las ocho, y ella mira el reloj del móvil, calcula, y se calla lo que ha calculado.

Y sigue barriendo hasta que salgo por la puerta.

Lo que no dije: que cuando ha dicho «norma nueva» he mirado el reloj. Las nueve y cuarenta y uno. Lo apunté en el móvil, en la nota de las medidas, entre el ancho del premarco y el diámetro del desagüe.