Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 11
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La cafetería estaba cerrada.

No cerrada de cerrada: cerrada con dos conos naranjas, un cartel amarillo de suelo mojado y un hombre pasando una máquina que sonaba como un avión pequeño y que no tenía ninguna intención de acabar antes de las cinco.

Leo llegó a las tres y treinta y ocho y se quedó mirando los conos.

—Bueno —dijo.

—Bueno.

—¿Y ahora qué?

—Ahora improvisamos.

Improvisar en un hospital a las cuatro menos veinte consiste en lo siguiente.

Primero subimos a la sala de la tercera, que tiene los dos sofás buenos.

En uno estaba Walt, que lleva ahí desde enero y que tiene derecho consuetudinario.

Le dejé encima del reposabrazos lo que llevaba en la bolsa, que era medio brioche del lote de la mañana, y no se despertó.

El otro sofá lo ocupaba una familia entera de cinco personas durmiendo en distintas posturas de emergencia.

Después probamos radiología. Le enseñé la barra que tienen los sofás en medio y le dije que se sentara para comprobarlo.

—No la noto.

—Espera.

—De verdad que no la…

A los cuarenta segundos se levantó y echó a andar hacia el pasillo.

—¿Qué tal la barra? —dije.

—No quiero hablar del tema.

Después pasamos por delante de la capilla del segundo. Había una señora dentro, sola, en el primer banco, y los dos seguimos andando sin mirarnos.

Y así acabamos en la escalera C.

La escalera C no la usa nadie, porque sube desde el sótano hasta la cuarta y todas las plantas tienen dos ascensores. Tiene una ventana con alambre en el rellano y una barandilla de hierro pintada tantas veces que ya no se sabe de qué color era.

Nos sentamos en el cuarto escalón del tramo, contando desde abajo.

Y ahí empezó el problema, porque un escalón es lo que es. No hay dónde apartarse. Yo tenía su brazo pegado al mío desde el hombro hasta el codo, y la cadera, y la parte de fuera de la rodilla, y llevaba once días sin que me tocara nadie que no fuera mi hermana.

Yo trabajo con las manos frías.

No es una manera de hablar ni una casualidad: es un requisito.

La mantequilla no perdona. Si laminas con las manos calientes, la grasa se te va a la masa; y si la grasa se va a la masa no hay hojas; y si no hay hojas has hecho otra cosa.

A mí me sale bien porque tengo las manos a treinta y uno y no a treinta y seis, y llevo quince años sin tocar nada que esté por encima de mí.

Leo estaba a treinta y seis. Puede que a treinta y siete.

Lo notaba a través de dos capas de tela, en el brazo y en la cadera, y me pasé una parte indecente de esa noche apartándome un centímetro para comprobar si seguía notándolo y volviendo al centímetro anterior cuando dejaba de notarlo.

Me pasé cuarenta minutos entre los tres y los cuatro.

En algún momento subió alguien por la escalera C, que no sube nadie, y tuvimos que apartarnos hacia la barandilla para dejarle pasar. Era un celador con un carro. Nos dijo perdón. Le dijimos nada, nada.

Cuando volvimos a sentarnos, ninguno de los dos se sentó donde estaba antes.

Estuvimos veinte minutos con la lista de agravios del edificio.

Que la máquina de la izquierda lleva rota desde antes de Navidad y que hay un cartel de «avisado a mantenimiento» que también lleva ahí desde antes de Navidad.

Que en la tercera planta hay una fuente de agua que sale a treinta grados y que alguien, en algún momento, decidió que eso era aceptable.

Que el ascensor B tiene un espejo y el ascensor A no, y que la gente que sabe eso coge siempre el A, y que en este edificio se puede dividir a las personas entre las que lo saben y las que no.

—¿Y tú cuál coges? —dijo.

—Yo cojo el que llegue.

—Entonces todavía llevas poco.

Luego le conté lo del Aldwyn, que llevaba ocho años sin contárselo a nadie porque nadie me lo preguntaba.

Que entré a los diecinueve fregando. Que a los veinte estaba en cuartos fríos. Que a los veintiuno el jefe de pastelería se fue a Chicago, me dieron la partida a mí y yo fui la única persona de aquella cocina que sabía que no la merecía todavía. Que duré siete meses.

—¿Y qué pasó?

—Que se murió mi madre.

—Ya.

—Y que Julia tenía catorce años y una casa vacía y una hermana de veintiuno que trabajaba de una a doce de la noche seis días a la semana.

—¿Y no había…?

—No había.

Leo no dijo nada durante un rato.

—¿Y te arrepientes? —dijo por fin.

Nadie me hace esa pregunta. Todo el mundo trae la respuesta puesta y todo el mundo prefiere no oír la mía por si no coincide.

—No —dije—. Me arrepiento de haberlo contado siempre como si no me hubiera costado nada.

Se quedó mirando el tramo de abajo.

—Eso ha sido muy exacto.

—Ya. Bueno. Son las cuatro de la mañana. Aquí no cuenta.

—Oye —dijo—. Una pregunta rara.

—Dispara.

—Si nos hubiéramos conocido fuera. En la calle, con ropa normal y a una hora que existe.

—¿Qué.

—Que si me habrías hablado.

Me lo pensé de verdad, porque lo preguntó de verdad.

—No —dije.

—Vaya.

—No lo digas así. No le hablo a nadie. Salgo de casa a las tres y media de la mañana, me meto en un obrador donde hay dos personas y una radio, salgo a las nueve y me voy a dormir. La última persona nueva que conocí fue en dos mil dieciocho y era un electricista.

—¿Y qué tal el electricista?

—Regular. Caro.

Se rio.

—¿Y tú? —dije.

—Yo tampoco.

—¿Tampoco qué?

—Tampoco te habría hablado. —Se echó hacia atrás y se apoyó en el escalón de arriba—. Pero me habría acordado de ti al día siguiente, y me habría dado rabia.

—Tienes las manos heladas.

—Ya.

—No, Alma. Heladas de verdad.

—¿Y qué quieres que le haga? Las tengo así. Es mi único talento.

Me cogió las dos manos, una en cada una de las suyas, se las puso delante de la boca y sopló. Como se hace en un aparcamiento en enero. Sin mirarme a la cara en ningún momento: mirándome las manos, con el ceño fruncido, como si fueran un problema de fontanería que había que resolver antes de irse.

Yo me quedé quieta, con las dos manos dentro de las suyas, mirándole el remolino que tiene en la coronilla, que era lo único que se podía mirar desde donde yo estaba.

Duró ocho segundos. Los conté.

Al octavo levantó la cabeza.

Nos quedamos a una distancia a la que dos personas no se quedan si no van a hacer algo. Yo le miré la boca. Él me vio hacerlo. Y hubo un segundo entero, con la ventana de alambre a la izquierda y la máquina del suelo sonando tres pisos más abajo, en el que aquello estuvo decidido.

Y me soltó.

Me soltó despacio, dedo a dedo, sin ninguna prisa. Volvió a apoyar los antebrazos en las rodillas y se quedó mirando el tramo de abajo, y las manos se le quedaron colgando entre las piernas, abiertas, como si todavía tuvieran algo dentro. Y no dijo perdona.

Al cabo de un rato largo dijo:

—Dani se subió a un tejado en Beach Road con chanclas.

—Eso ya me lo contaste.

—Ya. Es que no tengo más.

Me miré las manos, que seguían calientes.

—¿Puedo preguntarte una cosa que no rompe la norma?

—Si de verdad no la rompe.

—¿Cómo se llama tu masa?

—Ya te lo dije.

—Ya lo sé.

Se lo dije otra vez.

Y él dijo «vale», y no dijo nada más, y estuvimos así hasta que abajo pararon la máquina.

Subí los cuatro pisos a pie por la escalera C, que no lleva a ningún sitio útil y que por eso hay que salir en la cuarta y volver por el pasillo entero.

Tardé el doble.

En la escalera C no hay espejo.

A las nueve y cuarto de la mañana siguiente, en el obrador, tuve que meter las manos en agua con hielo dos veces antes de poder tocar el hojaldre.

Yolanda me preguntó si estaba enferma.

Le dije que sí.