Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 10
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AHORA · abril

Los focos son cuatro, de mil vatios cada uno, y cuando los enciendo a la vez el local deja de ser un sitio bonito.

Alma está de pie en medio con un cepillo de púas en la mano y la boca un poco abierta.

—Ay —dice.

—Ya.

—No. Ay de verdad.

Con el fluorescente aquello era un bajo antiguo con carácter.

Con cuatro mil vatios es una radiografía.

Se ve la grieta que sube por el testero desde el zócalo hasta el arranque de la bóveda.

Se ve que el azulejo tiene tres tonos porque lo han ido reponiendo en tres épocas.

Hay dos cercos de humedad en el techo del tamaño de una mesa.

—¿Esto se puede arreglar?

—Sí.

—Dilo otra vez pero mirándome.

—Sí. —La miro—. La grieta lleva sin moverse desde antes de que pusieran la pescadería. Se ve porque has limpiado. Antes estaba igual y no la veías.

—O sea que es culpa mía.

—Es culpa de la luz.

Se queda un rato mirando el techo con el cepillo colgando de la mano.

—Cuatro mil vatios —dice.

—Cuatro mil.

—Yo te pedí una linterna.

—Tú me pediste luz.

—Y tú has traído un quirófano.

—Es que trabajo así.

Subo al hueco del almacén con la escalera de tijera y la linterna en la boca, aparto la lona por dentro y meto la cabeza.

Y es lo malo.

Los dos pares de la esquina noreste están negros y blandos, con esa consistencia de corcho mojado que se te queda en el guante. El agua ha entrado por el canalón partido cuatro inviernos seguidos y ha bajado por el muro. El muro se ha bebido tres hiladas.

Bajo. Me limpio las manos en el pantalón.

—Dime —dice ella.

—Es lo malo.

—Vale.

—Alma, es lo malo entero. No la mitad.

—¿Cuánto?

—Alma…

—¿Cuánto?

—Con el andamio, la licencia y el material, entre once y trece.

Se queda muy quieta.

—Yo presupuesté ocho y medio.

—Ya.

—Tengo mil cuatrocientos dólares.

Lo dice como quien da una medida: sin adorno, sin pedir nada, con el cepillo todavía en la mano.

—Ya lo sé —digo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque he visto el local, he leído tu contrato y sé lo que cobra Bev.

Se sienta en el suelo. Directamente en el suelo, con la espalda contra el mostrador partido.

—¿Y qué hacemos?

Hacemos. Lo dice sin pensarlo, y yo me quedo con esa palabra el resto de la noche.

Voy a buscar el cuadro eléctrico. Está al fondo, detrás de la puerta del almacén, porque en los edificios de esta calle está siempre en el mismo sitio.

Llevo desde el jueves sabiendo lo que hay detrás de esa puerta. Un almacén de dos metros por tres. Lo dijo ella, y luego le pregunté dos veces dónde dormía y las dos veces cambió de tema, y una mujer que contesta a todo y no contesta a eso ya te ha contestado.

Abro igual.

Una esterilla enrollada de pie contra la pared. Un saco de dormir doblado en cuatro encima de un cajón. Una placa de dos fuegos enchufada a un alargador que viene desde el local. Un cepillo de dientes dentro de un vaso.

Tres tuppers, lavados y apilados.

Está todo ordenado. Eso es lo que no me esperaba. Yo esperaba un desastre y aquí hay una casa.

El cuadro está justo encima, a la altura de mis ojos. Tardo bastante en mirarlo.

—¿Está ahí? —dice ella desde el otro lado del local.

—Sí. Es de los sesenta. Hay que tirarlo entero.

Cierro la puerta.

Y ella no me pregunta qué más he visto.

Le digo que el cuadro es de los sesenta. No le digo que la puerta de ese almacén no cierra por dentro, ni que lo he comprobado con la mano en el picaporte antes de abrirla.

Marcelo llega a las siete con la radio y el nivel láser, mira los cuatro focos y dice:

—Ay.

—Ya.

—¿Y esto lo hacemos nosotros?

—Esto lo hacemos nosotros.

—¿Y la fábrica de hielo?

—La fábrica es de ocho a cinco. Esto es después.

Marcelo me mira dos segundos y medio y se va a por el metro.

A las ocho y cuarto Alma sale del almacén con una bandeja y les da a los dos algo envuelto en papel de estraza. A Tony le da dos, porque tiene diecinueve años y se le nota.

Marcelo lo prueba de pie, sin quitarse los guantes.

—¿Hay más?

—Hay más —dice Alma.

—Entonces yo vengo los sábados.

—Marcelo, tú los sábados tienes a tus hijas.

—Mis hijas cenan a las siete. —Se limpia las manos—. Yo he dicho lo que he dicho.

Se va a marcar el arranque del tabique, y yo me quedo apuntando una medida que ya tenía apuntada.

A las nueve y media, con Marcelo fuera cargando, ella se planta delante del horno con los brazos cruzados.

—Míralo.

—Ya lo he mirado.

—Lo has mirado desde la acera, por un escaparate. Míralo.

Así que lo miro.

Me tumbo en el suelo con la linterna y meto medio cuerpo por la boca de hierro, que es lo que hay que hacer y lo que no hace nadie.

La bóveda es de refractario puesto a hueso, sin mortero en las juntas de la clave.

Así se hacían. Ya no las hace así nadie porque no queda quien sepa.

Paso el nudillo por seis sitios distintos y suenan los seis igual.

Salgo. Tengo hollín en el pelo.

—¿Y?

—El ladrillo está entero. Tiene sesenta años de hollín y una capa de sal por la humedad. Eso se quita con cepillo y con paciencia.

—¿Y la bóveda?

—La bóveda es del veinte y te va a enterrar.

Alma se sienta otra vez en el suelo y se tapa la cara con las dos manos.

No dice nada durante bastante rato.

Y yo me quedo de pie con la linterna encendida apuntando a ninguna parte, porque no se me ocurre absolutamente nada que hacer con las manos.

Y luego, porque no sé estarme quieto, cojo la libreta y le pongo números a la esperanza.

Once mil doscientos si los pares aguantan a partir del tercero.

Trece mil doscientos si hay que bajar hasta el quinto y rehacer el zuncho.

Andamio, mil cien a la semana. Licencia, ciento noventa y entre cinco y ocho semanas de trámite en este condado, o sea que hay que pedirla en junio aunque el dinero no exista hasta agosto.

Le enseño la hoja. La lee entera, de arriba abajo, sin saltarse una línea.

—¿Y por qué has puesto dos columnas?

—Porque una es lo que cuesta y la otra es cuándo hay que pagarlo. No es lo mismo y la gente se hunde por la segunda.

Se queda con la hoja en la mano.

—Eso no me lo había dicho nadie nunca —dice.

—Es que nadie te lo dice hasta que ya te ha pasado.

A las once y veinte se van los dos y me quedo recogiendo.

Ella está fregando el fondo con la manguera, porque resulta que ese suelo se friega con manguera y que la pendiente sirve para algo. Lleva las zapatillas en la mano y los pantalones remangados hasta la rodilla y va descalza por una baldosa de mil novecientos veinte con cuatro mil vatios encima.

Me quedo más rato del que hace falta enrollando un cable.

—Leo.

—Dime.

—Vete a tu casa.

—Ya voy.

—Llevas veinte minutos enrollando ese cable.

—Es un cable muy largo.

—Es un cable de cinco metros.

Me voy.

En la furgoneta, con el motor apagado y el planning en el salpicadero, tacho el orden.

El orden bueno es cubierta primero. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado un invierno: si sigue entrando agua, todo lo que hagas debajo lo haces dos veces. Está así en el papel que firmé el jueves, escrito por ella, con las seis partidas numeradas y una letra pequeñísima.

El orden que escribo encima es otro. Fontanería, agua caliente y tabique del baño las tres primeras semanas. Después el cuadro. Después la cubierta.

Me cuesta once días de calendario que no tengo y unos mil doscientos dólares de material que voy a mover dos veces. Y me obliga a rezar para que mayo venga seco, que es una manera de trabajar que mi padre no me enseñó. Arranco.

Lo que no dije: que el jueves ya lo sabía, y que abrí esa puerta de todas formas. Y que no la abrí por el cuadro.