9
AHORA · abril
Le espero en la acera de enfrente. Donde le esperé la primera vez, y esta vez con una carpeta.
Salen a las cinco y veinte. Marcelo primero, con la radio debajo del brazo. Después un chaval flaquísimo que debe de ser Tony. Después él, que se para en la furgoneta, escribe algo en un papel apoyado en el capó y se lo da a Marcelo, y Marcelo se ríe y le dice algo y se van.
Cruzo cuando ya no queda nadie.
—Alma.
—Tengo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una obra.
Y le pongo la carpeta encima del capó.
Leo se limpia las manos en el pantalón. Se ha afeitado desde la última vez, cosa que registro y archivo inmediatamente en un sitio donde no lo voy a mirar. Abre la carpeta.
Y no dice nada durante casi un minuto entero, porque un presupuesto se lee despacio y él es de los que lo leen despacio.
Dentro hay: el plano del bajo, dibujado a mano y a escala, con las medidas tomadas por mí con una cinta de tres metros y por lo tanto sumadas de tres en tres. Las seis partidas. Un calendario. Y un contrato de dos páginas que me imprimió la chica de la biblioteca y que corregí dos veces.
—¿Esto lo has hecho tú? —dice.
—Sí.
—El plano está bien.
—Ya lo sé.
Pasa a la última hoja.
Y ahí se para.
—No.
—Todavía no has…
—Alma, no.
—Léelo.
—Lo he leído. —Cierra la carpeta—. La respuesta es no.
Se apoya en la furgoneta con los brazos cruzados y pone la cara de un hombre que tiene toda la intención de aguantar ahí el tiempo que haga falta.
—Dime por qué —digo.
—Porque no te voy a cobrar.
—Ya sabía yo que ibas a decir eso.
—Pues entonces no sé para qué preguntas.
—Porque quiero oírte decirlo con esa voz —digo—. La voz esa de estoy siendo generoso y no me voy a dar ni cuenta.
Descruza los brazos.
—Alma…
—Vas a decirme que me lo haces gratis. Que vas los sábados. Que los materiales me los sacas al precio de proveedor y que la mano de obra la pones tú porque total ya estás aquí. Y que no te lo discuta, porque no lo vas a discutir.
—Es que no lo voy a discutir.
—Exacto. —Vuelvo a abrir la carpeta y la giro hacia él—. Y por eso he traído un contrato.
Le doy los números en voz alta, porque llevo tres días diciéndoselos a la pared del almacén.
—Treinta mil quinientos es lo que cuesta esto bien hecho. Eso lo sé. No hace falta que me lo digas con cara de pena.
—Treinta y ocho —dice.
—…
—Treinta y ocho. Te falta el refuerzo de la estructura de la cubierta, que la vas a tener que sanear entera y no solo el faldón, y te falta doblar la acometida, porque con un horno eléctrico y una cámara y un laminador se te va a ir de potencia contratada.
—Treinta y ocho, entonces.
—Y ni siquiera he entrado.
—Lo sé.
—Alma, no he entrado. Estoy diciendo treinta y ocho desde la acera.
—¿Y qué harías con el tejado?
—Depende de lo que haya debajo de la lona.
—Dime lo malo.
—Lo malo es que los pares estén podridos en el apoyo y haya que sacar tres hiladas de muro. Eso es una semana, un andamio y una licencia.
—¿Y lo bueno?
—Que solo esté la cubrición. Dos sábados.
—¿Y qué crees que es?
Se lo piensa. Mira el papel. No me mira a mí.
—Creo que es lo malo —dice—. Ese edificio tiene el canalón partido desde antes de la tormenta. Lleva cuatro años metiendo agua en el mismo sitio.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Y ahí sí levanta la cabeza.
—Porque paso por delante todos los días.
—Doce mil —digo.
Se calla.
—Doce mil de mano de obra, la tuya, los sábados y las tardes que puedas.
Lo que le pagues a Marcelo lo facturas aparte y con su nombre, porque ese hombre no tiene por qué salir barato.
Quinientos al mes durante veinticuatro meses, primer pago el uno de junio.
Los materiales los pago yo según vayan haciendo falta y si un mes no llego, te lo digo antes y no después.
Interés cero, porque tú no eres un banco.
—Doce mil no es ni la mitad.
—Ya lo sé.
—Entonces me estás pidiendo que te lo haga gratis y que encima te cobre.
—Sí.
Y ahí levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Que sí. Eso exactamente.
No se mueve.
—Quinientos dólares el uno de cada mes —digo—. Eso lo sé hacer. Un regalo tuyo no sé dónde ponerlo.
Un coche baja por Water Street y los dos nos callamos hasta que pasa.
—Es la cosa más triste que he oído nunca —dice.
—Ya.
—De verdad. Y he estado en muchos velatorios.
Se queda mirando la carpeta cerrada encima del capó.
—Hay otra razón para decir que no —dice.
—Ya lo sé.
—No la sabes.
—Que no deberías estar cerca de mí.
Y ahí se calla del todo.
—Lo he pensado —digo—. Lo he pensado todas las noches desde marzo, y las tres últimas en un almacén de dos metros por tres. Y he llegado a la conclusión de que prefiero deberte doce mil dólares a no volver a verte, y eso dice de mí unas cuantas cosas.
—¿Un almacén de dos por tres?
—Leo.
—Alma, ¿tú dónde estás durmiendo?
—¿Firmas o no?
Lo lee otra vez. Entero. Se le mueve la mandíbula en la cláusula tres.
—Aquí pone que si el trabajo no cumple, te lo rehago sin cargo.
—Sí.
—¿Y quién decide si cumple?
—Yo.
—Ya.
—Es mi obra.
—Es tu obra.
Y por primera vez en tres semanas le veo algo en la cara que se parece a otra cosa. No es una sonrisa. Es de la familia.
Llega a la cuatro.
Y se para otra vez, y esta vez tarda más.
—Alma.
—Dime.
—Aquí pone que la fecha de entrega es el veintiséis de septiembre.
—Sí.
—El uno de octubre yo ya no estoy.
—Ya lo sé.
—…
—Está en la cláusula cuatro —digo—. Entrega el veintiséis, revisión el veintisiete, y si hay repasos, los tienes hasta el treinta.
Levanta la vista de los papeles muy despacio.
—¿Has metido mi mudanza en un contrato de obra?
—He metido una fecha de finalización. Que coincida con tu mudanza es cosa tuya.
—Alma.
—Que abro el veintiséis de septiembre. Ese sábado. Está el mercado de otoño en la calle y baja gente de fuera y es el mejor día del año para abrir en Water Street, y me lo dijo Bev, y Bev tiene setenta y cuatro años y cuatro edificios.
—Y cinco días después yo cierro la casa de mi madre.
—Sí.
—Y tú lo sabías cuando pusiste la fecha.
—Leo —digo—, yo puse la fecha por el mercado de otoño.
Y es verdad. Es completamente verdad, y sé perfectamente que no es toda la verdad, y me quedo mirándole con las dos cosas dentro sin que se me mueva la cara.
Firma en el capó de la furgoneta con un boli que le paso yo.
Tiene una manera de firmar que consiste en apoyar todo el antebrazo, como si el papel se le fuera a escapar. Cuando termina no me devuelve la carpeta. La deja en el capó y la empuja hacia mí con dos dedos, hasta la mitad, y espera a que sea yo la que alargue el brazo el resto del camino.
—El lunes a las seis —dice—. Las seis de la tarde, no de la mañana.
—El lunes a las seis.
—¿Traigo algo?
—Trae luz. Ahí dentro solo hay un fluorescente y tarda cuatro segundos en decidirse.
—Y necesito la llave.
Se la doy. La llevaba en el bolsillo desde el jueves.
Se la queda mirando en la palma de la mano, y a mí me da tiempo a pensar tres cosas seguidas y ninguna me sirve.
—Una cosa —dice.
—Dime.
—Doce mil.
—Doce mil.
—Vale. —Cierra la mano—. Pero luego no me vengas diciendo que te he engañado con el precio.
—No te preocupes —digo—. Ya sé exactamente lo que me estás cobrando.
Y él sabe que yo lo sé.
Se sube a la furgoneta. Arranca. Baja la ventanilla.
—Alma.
—¿Qué?
—El horno está vivo.
—¿Qué?
—Que he mirado por el escaparate. Muchas veces. —Mete la marcha—. Esa bóveda está entera. Eso está vivo.
Y se va.
17:52.