Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 8
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AHORA · abril

El primer presupuesto llega por correo electrónico un martes y viene en un archivo de once páginas.

Harborline Construction. Son de Providence. Vinieron dos, uno con tableta y otro con un medidor láser, estuvieron cuarenta minutos, midieron cosas que no hacían falta y no midieron el hueco del extractor, y se fueron diciendo que me lo mandaban en dos semanas. Han tardado tres.

En la página uno hay una foto de un obrador que no es el mío. Es un sitio precioso, con lámparas colgando y una chica con un moño en lo alto de la cabeza sacando una bandeja, y debajo pone «su visión, hecha realidad».

Yo esa chica no la conozco de nada.

En la página nueve está el número.

Sesenta y un mil cuatrocientos.

En la página diez pone que la disponibilidad para iniciar los trabajos es a partir de octubre.

El segundo presupuesto viene en persona y se llama Duane Rickert.

Duane llega en una camioneta con el nombre en el lateral en letra de imprenta y entra sin quitarse las gafas de sol, que en un local sin luz natural al fondo es una decisión.

—Vale —dice—. Vale, vale, vale.

Anda por el sitio dando pisotones. Yo le sigo con el cuaderno.

—El suelo lo tapas.

—¿Cómo que lo tapo?

—Le echas una capa de mortero autonivelante encima y le pones vinílico. Dos días. Y así te metes la trampa de grasas por debajo sin tener que levantar nada bonito.

—Es baldosa hidráulica de mil novecientos veinte.

—Ya. Y está en pendiente.

—Está en pendiente porque se fregaba con manguera.

—Bueno, pues eso, que está en pendiente. —Levanta la cabeza—. Y el techo lo bajas.

—El techo tiene cuatro metros.

—Por eso. Le metes un falso techo a dos cuarenta y ahorras la mitad en calefacción. Yo he hecho seis franquicias de café y todas van así.

—Ya.

Llega al fondo. Se para delante del horno. Le da dos golpecitos con los nudillos, como quien saluda a un caballo.

—Y esto fuera.

Y ahí es donde dejo de escribir.

—Esto pesa cuatro toneladas y está en el muro de carga —digo.

—Se pica y se saca. Te llevas la boca de hierro, la limpias, la cuelgas ahí de decoración y queda muy vintage. La gente eso lo paga.

Duane Rickert me deja un número escrito a mano en una hoja de su libreta, arrancada por la mitad: diecinueve mil quinientos.

Diecinueve mil quinientos por destruir todo aquello por lo que alquilé este sitio.

—Piénsatelo —dice desde la puerta—. Pero piénsatelo rápido, que en junio ya no tengo hueco.

El tercero no viene.

No viene el jueves y no viene el jueves siguiente. La segunda vez le llamo y me dice que tuvo un tema. No pregunto qué tema.

El lunes voy al banco.

Merrow Bay Savings, sucursal de Front Street, sillas de tela azul. Me atiende una mujer de mi edad que se llama Corinne y que es amabilísima, y esa es exactamente la parte insoportable.

Le llevo la carpeta. Ocho años de nóminas de Fiore’s. El contrato de alquiler. Un plan a tres años escrito a mano y pasado a limpio a las once de la noche en el ordenador de la biblioteca, con las proyecciones de venta calculadas sobre hornadas. Es la única manera en la que sé calcular nada.

Danielle lo lee entero. Eso hay que reconocérselo: lo lee entero, y hace dos preguntas buenas.

Luego junta las manos.

—No es que no creamos en el proyecto —dice.

—Ya.

—Es que todavía no hay proyecto. Hay un alquiler firmado y ocho años de nóminas de un negocio que no es tuyo. Para un préstamo comercial necesitaríamos garantía o histórico, y no hay ninguna de las dos.

—¿Y si pido un personal?

—Podrías pedir un personal. —Gira la pantalla dos grados—. Te saldría al veintiuno coma cuatro por ciento y te aprobarían siete mil.

Siete mil al veintiuno coma cuatro.

—Ya —digo.

—Yo en tu lugar no lo haría.

—Ya.

—Ya. Gracias.

Salgo a Front Street con la carpeta debajo del brazo y las proyecciones calculadas sobre hornadas.

A Yolanda no se lo cuento. Se entera igual, porque Yolanda lleva veintiséis años en el obrador de Fiore’s y se entera de todo antes de que pase.

El miércoles, a las seis y diez de la mañana, mientras yo estoy laminando y ella está formando, me dice sin levantar la vista:

—Cuatro mil.

—¿Qué?

—Que tengo cuatro mil. Los tengo en casa. Te los doy hoy.

—Yolanda.

—No es un regalo. Me los devuelves cuando puedas y si no puedes, pues no.

—Yolanda, eso es un regalo con otro nombre.

—Pues sí. —Aplasta un bollo con el canto de la mano más fuerte de lo necesario—. ¿Y qué?

Sigo laminando. Un pliegue, giro, un pliegue, giro. La masa está fría y va bien y yo tengo las manos frías, que para el hojaldre es lo que hay que tener.

—No puedo —digo.

—Lo sé.

—No es orgullo.

—Sí que es orgullo.

—Es que si me das cuatro mil y esto sale mal, tú no vas a tener cuatro mil.

—Alma. —Y ahora sí levanta la cabeza, y tiene sesenta y tres años y una cara que no admite nada—. Dime una vez. Una. Que hayas cogido algo de alguien.

Y me quedo con el rodillo en la mano.

—Eso —dice Yolanda, y vuelve a lo suyo.

Duermo en el local desde el nueve de abril.

Hay un cuarto al fondo, detrás de la puerta, de dos por tres, que fue el almacén de la pescadería y que huele a lo que uno se imagina.

Tengo una esterilla, un saco, una placa de dos fuegos y un calefactor.

Me lavo en el fregadero de acero. Es enorme y es lo único de este sitio que funciona perfectamente.

No se lo he dicho a Julia. Le he dicho que estoy en casa de Yolanda.

El sábado por la noche me escribe: «Mándame una foto del local, jodía.»

Le mando una del horno, encuadrada para que no salga la lona del techo ni la esterilla.

«Eso es un horno o es una cueva»

«Es un horno.»

«Alma.»

«Dime.»

«Estoy muy orgullosa de ti y no lo pienso repetir.»

Me quedo con el teléfono en la mano en un almacén de dos por tres.

El domingo saco la libreta y hago la cuenta buena. La de verdad. La que llevo tres semanas haciendo por partes para no tener que verla entera.

Cuadro eléctrico nuevo, con acometida: seis mil doscientos.

Tejado de la parte de atrás: ocho mil quinientos, y eso si la estructura está bien, que no lo está.

Trampa de grasas, arquetas y desagüe: cinco mil.

Extractor y conducto hasta cubierta: cuatro mil.

Carpintería de los dos ventanales: dos mil ochocientos.

Fontanería, tabique del baño, licencia, seguro, rótulo: cuatro mil.

Horno: no lo sé. Nadie sabe lo que cuesta ese horno hasta que alguien meta la cabeza dentro y sepa lo que está mirando.

Treinta mil quinientos, y ahí no está el horno ni está la maquinaria ni está un solo saco de harina.

Tengo mil cuatrocientos dólares y un turno de cuatro a nueve.

Y llevo tres semanas sin hacer una cosa que podría haber hecho el primer día, y no la he hecho por un motivo que soy incapaz de decir en voz alta ni estando sola en un local vacío a las once de la noche.

El jueves pasado, volviendo del turno, bajé por Water Street a las nueve y veinte de la mañana y la furgoneta blanca estaba aparcada delante de la fábrica de hielo con las puertas traseras abiertas.

Había un tablón nuevo apoyado en la fachada, todavía sin pintar, de un color que no pega con nada de esa calle.

Él estaba sentado en el bordillo, con un café en la mano, comiéndose algo envuelto en papel. No paré.

Reduje. Que es peor.

Y a la altura del andamio levantó la cabeza, porque los coches que reducen se oyen, y yo miré al frente con mucha concentración, como quien busca un número en una calle por la que lleva cinco meses bajando todas las noches. Cojo la libreta.

Escribo un número, lo tacho, escribo otro. Lo tacho. Escribo el tercero y ese no lo tacho, y le pongo al lado una fecha, y debajo de la fecha escribo «26 de septiembre», y me quedo mirando esas dos líneas hasta que se me duerme el pie.

23:31.