Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 7
12%

7

La cuarta noche llegué a las tres y treinta y dos y ella no estaba.

Me senté en su mesa, que ya era su mesa, y estuve dieciséis minutos mirando la puerta del pasillo con un vaso delante y entendiendo, muy despacio y con bastante alarma, que yo estaba esperando a alguien.

Llevaba cuatro días en aquel edificio y ya tenía una costumbre. Una costumbre no se hace en cuatro días. Se hace en cuatro días si no tienes nada más.

Apareció a las tres y cuarenta y ocho con el pelo mojado por un lado.

—Se me ha caído un café encima —dijo, sentándose—. Entero. En el ascensor. Sobre mí.

—¿Estás bien?

—Estoy pegajosa.

—No es lo que he preguntado.

Me miró un segundo de más.

—Estoy pegajosa —repitió, y sacó el cuaderno.

Y ahí lo dejé, porque esa era la norma y porque a mí la norma me estaba salvando la vida sin que yo se lo hubiera dicho a nadie.

Sacó de la bolsa dos cosas envueltas y me pasó una sin mirarme, que era el procedimiento habitual.

—¿Qué es?

—Un fracaso.

—Suena bien.

—Es un fracaso de verdad. Ese lote salió mal, se me pasó de fermentación mientras estaba… —se paró un cuarto de segundo, se recolocó— mientras estaba en otra cosa. Sabe raro. Está seco.

Le di un bocado. Estaba seco.

—Está bueno —dije.

—Está seco.

—Está seco y está bueno. Las dos cosas.

—Eso no existe.

—Alma, llevo cuatro días comiendo de una máquina expendedora. Se me ha reajustado la escala.

Se rio con la boca cerrada, que era como se reía ella a las cuatro de la mañana, y se puso a comerse el suyo.

—¿Y qué pone en la sudadera? —dije.

Se miró el pecho como si no lo supiera.

—Fiore’s.

—¿Es tuyo?

—No. Trabajo ahí. Turno de obrador, de cuatro a nueve.

—¿De cuatro a nueve de la mañana?

—De cuatro a nueve de la mañana.

—¿Y luego vienes aquí?

—Duermo de once a cuatro de la tarde y vengo aquí.

Hice la cuenta y ella me vio hacerla.

—No la hagas —dijo.

—Ya está hecha.

—Pues deshazla.

—¿Y los sábados?

—Los sábados no hay obrador. —Se metió el último trozo en la boca—. Los sábados es cuando duermo como una persona y me da tiempo hasta a ducharme dos veces, que es un lujo que no le deseo a nadie porque luego lo echas de menos toda la semana.

—¿Y quién te ayuda?

Esa fue la primera pregunta que hice en cuatro noches que no debería haber hecho, y no porque rompiera la norma —no la rompía— sino porque la respuesta iba a ser vergonzosa para alguien, y los dos lo supimos a la vez.

—Nadie —dijo—. No hay nadie. Somos dos.

Se hizo un silencio de esos que tienen peso.

—¿Y tú? —dijo, para quitárselo de encima.

—Yo soy dos también. Mi madre y yo.

—¿Y trabajas en qué, exactamente? Lo de las casas ya me lo contaste, pero lo contaste como un poeta y no como un autónomo.

—Ferreira Restoration. Somos yo, Marcelo y un chaval que se llama Tony y que solo viene cuando no hay clase.

—Ferreira eres tú.

—Ferreira era mi padre.

Ahí se me fue la voz un cuarto de tono y ella lo oyó, porque esa mujer lo oía todo.

Dejó el boli.

Le dije que mi padre había llegado aquí con nueve años, que había montado la empresa en el ochenta y siete y que se había muerto en un sofá viendo un partido.

No le dije que llevo seis años sin poder ver un partido entero.

Le enseñé el oficio entero. Perdón: me lo enseñó él a mí. Todavía se me da la vuelta la frase cuando estoy cansado.

Me enseñó a leer una viga con el pulgar.

A saber por el olor si una humedad viene de arriba o de abajo.

A no tirar nunca nada el primer día. A cobrar antes de empezar la parte cara.

Me enseñó a hacer un ensamble de caja y espiga sin más máquina que un formón, que es una cosa que ya no necesita nadie y que él me hizo repetir durante dos veranos.

Y en treinta y dos años no me dijo que estuviera bien ni una sola vez.

—Eso no puede ser —dijo Alma.

—Puede ser perfectamente.

—Leo.

—Es que no era antipático. Esa es la parte que no se entiende. En la parroquia lo adoraban. Prestaba dinero. Iba a los funerales de todo el mundo. —Le di la vuelta al vaso encima de la mesa—. Conmigo miraba, se quedaba un rato, decía «hmm» y se iba a otra cosa.

—¿Y qué significaba «hmm»?

—Que no estaba mal del todo. Yo creo. Nunca lo verifiqué.

Ella no dijo pobrecito. Nadie sabe lo que vale que no lo digan hasta que alguien lo dice.

—Una vez —dije.

—¿Una vez qué?

—Una vez sí.

Y se lo conté, y me oí contárselo, y me pareció ridículo mientras lo estaba diciendo.

Verano de dos mil catorce. Una casa en Bell Point, del año diez, con la escalera principal comida por dentro.

Yo tenía veintiún años y llevaba once días haciendo el arranque de la barandilla, once, y él me dejó hacerlo solo, que ya era una cosa rarísima.

Y el último día se acercó, se agachó, pasó el pulgar por el ensamble donde el pasamanos entra en el pilarote, se quedó ahí tres o cuatro segundos y dijo:

— Esse encaixe está bom. Não mexas mais nisso.

Se levantó y se fue a la furgoneta. Alma dejó de masticar.

—¿Y ya?

—Y ya.

—…

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Leo, es que son siete palabras.

—Ocho.

—Ocho.

—Las he contado bastante.

Se echó hacia atrás en la silla y se me quedó mirando con una cara que no supe interpretar y que no era lástima, y estuvo así lo suficiente como para que a mí me entraran ganas de levantarme a por servilletas.

—Tengo las herramientas suyas —dije, porque el silencio había que llenarlo con algo—. Los formones. Los afilo yo.

No le dije que los afilo los domingos aunque no los use, ni que la última vez que se me cayó uno al suelo me tuve que sentar.

—Los formones —repetí—. Están en una caja de madera que hizo él, con el nombre grabado a fuego en la tapa, una cosa horrorosa de cursi que en él quedaba bien.

Yo los uso. No dejo que los toque nadie, ni Marcelo, y Marcelo lleva conmigo nueve años y le he dejado la furgoneta, la casa y una vez el perro.

—O sea que estás fatal.

—Estoy fatal.

—Vale. Solo quería confirmarlo.

Me reí. Fue la primera vez que me reí desde el miércoles y me salió un ruido feo, y ella lo oyó y no dijo nada, que fue otra vez lo mismo, y a mí empezó a preocuparme mucho la eficacia con la que aquella mujer no decía nada.

—Mi madre me dijo una vez que se me daba bien el hojaldre.

Lo dijo hacia el cuaderno, sin levantar la cabeza.

—¿Y?

—Y que tenía las manos frías, que para el hojaldre es lo que hay que tener. —Pasó una página que no hacía falta pasar—. Tenía yo dieciséis.

—¿Y qué pasó?

—Que me he pasado quince años haciendo hojaldre, Leo.

Quince. En un país donde nadie quiere hojaldre.

Tengo una masa madre de doce años que hay que alimentar todos los días, y los días que no puedo ir la alimenta Yolanda, y una vez se me murió en dos mil diecinueve y estuve una semana sin poder hablar del tema.

—Alma.

—Así que a mí ocho palabras me parecen muchísimas palabras. —Y ahí sí levantó la cabeza—. A mí me dieron once y he construido una vida entera encima. Tú por lo menos tienes los formones.

Se inclinó por encima de la mesa y me quitó una viruta de madera del hombro. Lo hizo sin avisar y sin pedir permiso, con dos dedos, como quien retira algo de una masa, y se volvió a sentar antes de que a mí me diera tiempo a decidir qué cara poner.

Dejó la viruta encima de la mesa, entre los dos, y ninguno de los dos la tocó en veinte minutos.

—Perdona —dije.

—Vas a tener que dejar de pedirme perdón por cosas que no has hecho.

—Vale.

—Lo digo en serio. Es agotador, y me obliga a decirte que no todo el rato, y yo a las cuatro de la mañana no tengo tanta capacidad de negociación.

—Vale.

En la máquina de la izquierda, la rota, había una luz roja que parpadeaba y que llevaba parpadeando desde antes de Navidad.

—¿Cómo se llama? —dije.

—¿El qué?

—La masa. La de doce años. Esas tienen nombre.

Se quedó quieta.

—Marisol —dijo.

A las cinco menos cuarto subió.

Yo me quedé abajo veinte minutos más, sin ninguna razón, mirando cómo parpadeaba la luz roja.