Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 6
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AHORA · marzo

La llave entra hasta la mitad y se para.

—Ya —dice Bev—. Ya, ya. Espera.

Bev Kowalczyk tiene setenta y cuatro años, cuatro edificios en esta calle y un Buick del noventa y seis aparcado en doble fila con las luces puestas. Le da a la puerta un golpe con la cadera, sin ninguna elegancia y con muchísima experiencia, y la puerta se abre.

—El truco es la cadera.

—Ya lo veo.

—Con la mano no sale. Llevo veinte años diciéndolo.

Entramos.

Yo hago lo que hago siempre, que es contar.

Ochenta metros, quizá noventa. Techo alto, de los buenos, cuatro metros y pico.

Azulejo blanco hasta la mitad de la pared, del pequeño, del de verdad, con las juntas negras de cien años de todo.

El suelo es de baldosa hidráulica y tiene una pendiente hacia el desagüe central que no es un defecto: es que aquí se fregaba con manguera.

Dos ventanales a la calle con el marco de madera podrido por abajo. Una puerta al fondo.

Al fondo, contra la pared de ladrillo, el horno.

—Eso no funciona —dice Bev.

—Ya.

—Eso no funciona desde antes de que tú nacieras.

—Ya me lo imaginaba.

Es de bóveda, de ladrillo refractario, con la boca de hierro y un termómetro roto atornillado encima que marca cuarenta grados desde algún momento del siglo pasado. Está negro por dentro. Alguien, en algún momento, guardó ahí una silla plegable.

—¿Tú qué eres? —dice Bev—. ¿Panadera?

—Repostera.

—¿Y eso es distinto?

—Un poco.

—Bueno. —Enciende la luz. El fluorescente tarda cuatro segundos en decidirse—. Pues te voy a contar lo que hay, porque tengo setenta y cuatro años y ya no tengo edad de venderle nada a nadie.

Y me lo cuenta.

Que el tejado de la parte de atrás, encima del almacén, se hundió en la tormenta de hace dos inviernos y está tapado con una lona y dos tablones.

Que la instalación eléctrica es de los años sesenta y que no aguanta un horno industrial ni de broma, que eso hay que tirarlo entero y meter cuadro nuevo.

Que no hay trampa de grasas, y que sin trampa de grasas el condado no te da la licencia, y que la trampa de grasas hay que meterla debajo del suelo, y que el suelo es esa baldosa hidráulica preciosa que estoy mirando ahora mismo con cara de tonta.

Que la última inquilina fue una mujer que quiso montar una tienda de velas y duró siete meses.

Que antes hubo una pescadería que duró treinta y un años.

Y que antes de la pescadería, hasta el setenta y uno, fue la panadería de los Almeida, y que de ahí es el horno, y que ella se acuerda del pan porque su madre la mandaba a por él los sábados.

—¿Y por qué no lo has alquilado en dos años? —digo.

—Porque cuando la gente ve lo del tejado, se va.

Miro la lona.

—Y porque no quiero un vapeador. Vino uno el año pasado con un cheque en la mano y le dije que no. Mi hermana me dijo que estaba loca. A lo mejor sí.

Me acerco al horno. Meto la cabeza. Huele a hollín viejo y a piedra fría y a nada más. Es exactamente como tiene que oler.

—¿Cuánto?

—Mil cuatrocientos. Y no los vale.

—¿Y qué vale?

Bev se apoya en el mostrador de azulejo, que está partido por la mitad.

—Novecientos los primeros seis meses, y a partir de ahí hablamos otra vez. Primer mes y fianza por adelantado. Y la obra la pagas tú y me la quedo yo, que eso es lo que hay en todos los contratos del mundo y yo prefiero decírtelo a la cara.

Mil ochocientos.

Tengo tres mil doscientos.

Hago la cuenta de pie, con la mano todavía apoyada en el hierro frío de la boca del horno, y la cuenta es esta: mil ochocientos ahora, más un cuadro eléctrico que no baja de seis mil, más un tejado que no baja de ocho, más una trampa de grasas que hay que meter debajo de un suelo que no se puede levantar sin romperlo, más el horno, que no sé lo que cuesta porque no sé todavía si está vivo o está muerto.

Más un permiso. Más un seguro. Más un extractor.

Más nada, porque después de los mil ochocientos ya no hay más.

—Te lo estás pensando muy poco —dice Bev.

—Sí.

—Eso no me tranquiliza. Yo quiero un inquilino que dure.

—Y yo.

Aquí es donde tendría que decir que me lo voy a pensar, que voy a pedir tres presupuestos, que vuelvo el lunes. Miro por el ventanal.

Al otro lado del cristal está la calle, y el Buick de Bev con las luces puestas, y al fondo, a la derecha, el andamio de la fábrica de hielo con la lona atada moviéndose.

Y no. No me estoy alquilando un local al lado de un hombre. Me estoy alquilando el único bajo de esta ciudad que tiene un horno de bóveda de mil novecientos veinte y que cuesta novecientos dólares, y que estén las dos cosas en la misma calle es un problema de urbanismo y no mío.

Eso me lo digo entero, con las palabras ordenadas, como se dicen las cosas que no se creen.

—¿Tienes el contrato aquí? —digo.

—Lo tengo en el coche, pero eso no significa que…

—Tráelo.

Bev me mira un momento largo.

—Hija, ¿tú estás bien?

—No.

—Vale. —Se va hacia la puerta—. Por lo menos no me mientes.

Firmo encima del mostrador partido, con un boli que escribe a rachas y con Bev sujetando la carpeta.

No leo los números. Los sé. Leer los números otra vez sería darme una oportunidad y yo hoy no estoy para oportunidades.

—Firma también aquí. Y las iniciales aquí. Y aquí.

—Vale.

Cuando termino, Bev arranca la copia amarilla, la dobla en cuatro y me la da como quien da una receta.

—Una cosa —dice, ya en la puerta—. Lo del tejado.

—Dime.

—Que si encuentras a alguien que te lo mire, dímelo. Llevo dos años detrás del de al lado. —Señala con la barbilla hacia el andamio—. Ese sabe. Pero tiene la fábrica de hielo hasta septiembre y esa gente paga de fuera, así que a mí me manda a la lista.

—Bueno. —Bev se sube al Buick—. Bienvenida a Water Street.

Se va y me quedo sola con ochenta metros de azulejo blanco y un fluorescente.

Camino. Es lo primero que hace uno: caminar el sitio.

Del ventanal al fondo hay diecinueve pasos míos, que son unos catorce metros.

Aquí cabe un obrador de verdad, no una cocina: mesa de trabajo de dos veinte en el centro, la nevera de masas en esa pared, el laminador ahí si algún día hay laminador, y el mostrador donde ya está el mostrador, porque quien lo puso en mil novecientos veinte sabía perfectamente lo que hacía.

Y detrás, el horno.

Me acerco. Abro la boca de hierro, que chirría de una manera indecente, y saco la silla plegable y la dejo en el suelo. Meto el brazo entero hasta el codo y toco la bóveda por dentro.

Está fría. Está fría como está frío el mármol: un frío que no es del aire sino del material, y que tarda horas en irse y horas en volver. Paso la mano por el ladrillo y no está picado. No hay grietas. Está sucio. Que es otra cosa completamente distinta y se arregla con tiempo y con un cepillo.

Me quedo con el brazo dentro bastante más rato del que hace falta para saber lo que quería saber.

Cuando lo saco tengo hollín hasta el codo. Me limpio la cara con el antebrazo, que es exactamente lo que no había que hacer, y me dejo una raya negra de la ceja a la oreja.

Es entonces cuando veo la sombra en el escaparate.

Está fuera, en la acera, con las manos en los bolsillos y la lona del andamio moviéndose detrás de él. No tengo ni idea de cuánto lleva ahí.

Levanta la mano quince centímetros. No llega a ser un saludo. Es lo que hace la gente cuando no sabe si tiene permiso.

Yo levanto la mía, que está negra hasta el codo.

Se le mueve algo en la cara. Después dice una cosa que no oigo, porque entre los dos hay un cristal de mil novecientos veinte y ochenta metros de azulejo.

—¿Qué? —digo, en voz alta, sola, dentro de un local vacío.

La repite más despacio, vocalizando, como un idiota, y señala hacia arriba con el pulgar, hacia el fondo, hacia donde está la lona. Y lo entiendo.

El techo.

Le hago con la mano llena de hollín un gesto que no pienso describir.

Y le veo reírse. No le oigo: le veo. Que es una manera rarísima de ver reírse a alguien.

Y después se da la vuelta y se va hacia el andamio, y yo me quedo de pie en mitad de ochenta metros de azulejo blanco con el brazo negro y la boca abierta, y tardo cuatro segundos largos en acordarme de que le odio.

Cuento las traviesas de la lona desde la puerta hasta el fondo. Salen once.

16:35.