Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 5
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AHORA · marzo

Le he hecho pollo guisado con arroz y hay para seis días en tuppers etiquetados con cinta de carrocero, porque las etiquetas normales se despegan en el congelador y luego nadie sabe qué está descongelando y todo el mundo acaba cenando calabacín.

Julia está en el sofá con las piernas cruzadas y el portátil encima de un cojín, y no ha mirado ni uno solo de los tuppers.

Hay dieciocho. Los he contado mientras los apilaba. Dieciocho tuppers para una persona que vive sola son bastantes más tuppers de los que caben en la conversación que estoy a punto de tener.

—Alma.

—Dime.

—Siéntate.

—Estoy terminando de…

—Siéntate, muchacha.

Me siento en el brazo del sofá, que no es sentarse, y las dos lo sabemos.

—¿Tú sabes cuánto llevas durmiendo aquí?

—Julia.

—Cinco meses. Yo salí del hospital en noviembre, volví a entrar en diciembre, salí para siempre en enero, y tú te viniste tres días «hasta que me estabilice». —Hace las comillas con los dedos, muy despacio, para que duelan bien—. Estamos en marzo.

—Las biopsias…

—Las biopsias son cada tres meses ya, y voy sola desde enero, y lo sabes porque me llevas hasta el aparcamiento y te quedas en el coche escuchando la radio como si fueras mi chófer. Dos horas y media, Alma. En un aparcamiento. Con la radio.

—Es que si sale algo y estás sola…

—Si sale algo, llamo. Tengo un teléfono. Es de los que llaman.

Me levanto y me pongo a recoger la mesa, que no está puesta.

—Deja la mesa.

—Está…

—Alma. Deja la mesa.

La dejo.

Y entonces mi hermana cierra el portátil. No lo hace nunca, y se pone recta, y yo veo venir esto con la misma claridad con la que se ve venir una tormenta desde el otro lado del agua.

—Yo no estoy mala —dice.

—Nadie ha dicho que…

—Déjame terminar. No estoy mala. Estoy rara.

Estoy cansada a las cuatro de la tarde y me tengo que echar veinte minutos como una señora de ochenta.

Me tomo doce pastillas repartidas en tres horarios.

Tengo que lavar la lechuga como si fuera material quirúrgico y no voy a volver a comer sushi en mi vida, que eso sí que es una tragedia y sobre eso sí que te dejo que me hagas la cena.

—Coge aire—. Pero no estoy mala. Estoy viva, y estoy aburrida, y quiero volver a matricularme, y quiero que un tío me escriba y no saber si me va a contestar. Eso es lo que quiero. Eso exactamente.

—Ya lo sé.

—Me ha escrito Nico.

—¿Quién es Nico?

—Un tío. El de la tienda de discos.

—¿Qué tienda de discos?

—La de Front Street.

—Julia, ¿tú has estado en Front Street?

—¡He estado en Front Street! —Tira el cojín al otro lado del sofá—. ¡Voy a sitios! ¡Cojo el autobús, y voy a sitios, y a veces compro cosas y no te lo cuento!

—No he dicho nada.

—Has dicho «¿tú has estado en Front Street?» con la misma cara que ponías cuando tenía dieciséis años y llegaba a las once y diez.

—Es que a las once y diez…

—Tenía dieciséis años, Alma. Ahora tengo veinticuatro y una cicatriz de veintiún centímetros, y me da igual la cicatriz, y lo que no me da igual es que sigas poniendo esa cara.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. Porque si lo supieras no me habrías comprado un pastillero semanal con los días en braille.

—Es que el otro se abría en el bolso y se te mezclaban.

—¡En braille, Alma!

—Era el único que tenía cierre de rosca.

—¡Yo veo perfectamente! ¡Me pusieron un corazón, no unas gafas!

—Enséñame las manos.

—No.

—Julia.

—Que no. —Se las mete debajo de los muslos, como cuando tenía nueve años—. No te voy a enseñar las manos para que me mires las uñas y me digas que estoy pálida. Yo estoy pálida en enero. Estoy pálida desde mil novecientos noventa y ocho.

—Es que la semana pasada tenías…

—La semana pasada tenía frío, Alma. Frío. Como la gente.

Y ahí, contra todo pronóstico, nos reímos las dos, fuerte, y durante cuatro segundos esto es una conversación entre dos hermanas y no otra cosa.

Se le pasa antes que a mí. Siempre se le pasa antes.

—Tú no estás aquí porque yo esté mala —dice—. Estás aquí porque no tienes dónde ir.

Abro la boca.

—No lo digo como un insulto. Lo digo como un hecho, como quien dice que llueve.

Dejaste el Aldwyn a los veintiuno. Vendiste el coche bueno.

Llevas ocho años haciendo turnos de obrador a las cuatro de la mañana para tener las tardes libres, y las tardes eran para mí, y ahora las tardes ya no hacen falta.

—Se le pone la voz de cuando no quiere que le tiemble—.

Y en vez de alegrarte te has puesto a buscar dónde volver a hacer falta. Y de momento la única que hay soy yo.

—Julia…

—Yo no soy tu trabajo.

Me quedo de pie en medio del salón de mi hermana con un trapo en la mano.

Y aquí está la cosa: yo venía a contarle lo de Leo.

Lo traía preparado desde el aparcamiento.

Traía hasta el orden: primero el nombre, luego lo del periódico del veintitrés, luego lo de esta mañana en Water Street.

Llevo cinco meses con esa información dentro, y desde hace seis horas la tengo confirmada, y ella tiene todo el derecho del mundo a saberla, porque es su cuerpo el que está en medio de esa frase y no el mío.

No se lo cuento.

Lo pienso. Decido que hoy no. Me lo trago.

—Vale —digo—. Me voy.

—No te estoy echando.

—Julia, me estás echando.

—Sí. —Levanta la barbilla—. Sí, te estoy echando.

Recojo mis cosas. Caben en una bolsa de lona y en una caja de zapatos, porque llevo cinco meses viviendo aquí y no he traído nada, y eso también dice algo que hoy no me apetece mirar de frente.

En la puerta me alcanza. Me pone las dos manos en los brazos y aprieta fuerte, con esa fuerza rarísima que tiene ahora y que no tenía antes.

—Los tuppers de arriba son de pollo —digo—. Los de abajo son…

—Te quiero. Vete.

—Los de abajo son del guiso, pero les falta…

—Alma. —Y me da un beso en la mejilla, muy rápido, casi con rabia—. Te quiero. Vete.

Ya estoy en el rellano cuando vuelve a abrir la puerta.

—Que no es porque no te quiera.

—Ya.

—Es porque sí. —Se agarra al marco—. Llevo cinco meses viéndote hacer inventario de mi nevera a las once de la noche. Y no puedo más. No puedo más de verte a ti.

Arranco.

No tengo dónde ir, que es una frase que suena mucho peor de lo que es. Tengo tres mil doscientos dólares en una cuenta, un turno que empieza a las cuatro de la mañana y el depósito lleno. La gente que de verdad no tiene dónde ir no tiene ninguna de esas tres cosas.

Pero no tengo dónde ir.

Salgo del aparcamiento y en el cruce, en vez de tirar hacia la interestatal y buscar un motel de los baratos, tiro hacia el agua.

Llevo cinco meses tirando hacia el agua. Llevo cinco meses bajando por Water Street a las once de la noche por si veía una furgoneta blanca con un nombre pintado en el lateral, y cuando llevas cinco meses recorriendo la misma calle acabas conociéndotela mejor que la tuya.

Por eso sé lo del bajo.

Está pegado a la fábrica de hielo. Ochenta metros, escaparate a la calle, azulejo blanco hasta media pared, un cartel de se alquila tan viejo que el número de teléfono está escrito en dos tintas distintas.

Fue una pescadería. Y antes de la pescadería fue una panadería portuguesa, y eso lo sé porque el horno de ladrillo sigue ahí dentro, al fondo, y se ve desde la acera si pegas la cara al cristal y haces sombra con las manos.

Aparco enfrente. Apago el motor.

El andamio de al lado está vacío. Hay una lona atada que se mueve con el viento que sube del agua y hace un ruido de vela.

Me quedo mirando ese escaparate mucho rato, con las dos manos todavía en el volante, haciendo por primera vez en ocho años una cuenta que no es para nadie.

22:50.