Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 4
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La segunda noche ya estaba allí cuando bajé, y bajé a las tres y treinta y siete.

Tenía dos vasos en la mesa. Uno delante de él y otro delante de la silla vacía.

—Es de la máquina buena —dijo—. Le he dado en el sitio.

—Ya veo.

—Con el canto de la mano.

—Se aprende rápido.

—Se me dan bien las máquinas. Es lo único.

Me senté. El café estaba imbebible, como siempre, pero estaba caliente, y a las tres y treinta y ocho de la mañana el calor y el sabor son dos categorías distintas y solo una de las dos importa.

Estuvimos veinte minutos hablando de nada.

—Ese suelo —dijo él, mirándolo— es de un color que no existe en la naturaleza.

—Arena institucional.

—¿Eso es un color?

—Eso es el color. Sale en un catálogo.

—¿Tú has visto el catálogo?

—Llevo mucho tiempo aquí abajo, Leo.

Me contó que el primer día le habían puesto una multa de aparcamiento. En el hospital. A los cuarenta minutos de llegar, con el coche torcido en una plaza de carga y descarga y las llaves todavía puestas.

—¿Y la vas a pagar?

—La voy a pagar.

—Yo no la pagaría.

—Tú no la pagarías porque eres una delincuente.

—Yo soy una mujer que conoce el edificio. Yo sé en qué planta no funciona la cámara y desde cuándo.

Y de una serie que él ha dejado en la tercera temporada.

—La tercera es la buena —dije—. La tercera es la única que se atreve a que no pase nada durante seis capítulos para que el séptimo funcione.

—Eso no lo hace nadie porque es una idea espantosa. Yo lo que quiero es que pasen cosas, que para eso he pagado.

—No has pagado. Es de tu madre la cuenta.

Se quedó con el vaso a medio camino.

—Eso ha sido innecesario —dijo.

—Ha sido preciso.

—Es lo mismo con acento.

Y me reí. Bajito, pero me reí, y él se apoyó en el respaldo con una cara de satisfacción tan enorme que tuve que mirar hacia otro lado.

Y entonces pasó Priya, que llevaba dos meses tratando a mi hermana, con dos cafés en la mano, mucha prisa y toda la buena intención del mundo.

—¡Alma! Tú eres la hermana de la cuatro doce, ¿verdad? Dile que vuelvo el jueves.

Y se fue.

Y la frase se quedó encima de la mesa, entre los dos vasos, ocupando sitio.

Leo no preguntó. Bebió, se quemó el labio, puso la cara de sorpresa y no preguntó, y a mí me pasó una cosa rarísima: que se me llenaron los ojos por la única persona de aquel edificio que no me estaba mirando con la cabeza ladeada.

—Vamos a hacer una cosa —dije.

—Vale.

—Ni siquiera sabes lo que es.

—Ya, pero llevo tres días aquí y todo el mundo me propone cosas y ninguna me ha gustado todavía. Estoy dispuesto a probar con la tuya.

Dejé el vaso.

—Nombres sí. Enfermedades no.

—Explícamelo.

—Nombres sí: cómo se llaman, cuántos años tienen, qué les gusta, qué te deben, qué te hicieron en el instituto.

Todo. Enfermedades no. Ni diagnósticos, ni plantas, ni números de habitación, ni pronósticos, ni resultados, ni nombres de médicos.

Ni «hoy ha sido un buen día», que ese es el que se cuela siempre.

—¿Ni «hoy ha sido un buen día»?

—Ni «hoy ha sido un buen día».

—Eso es muy duro.

—Es lo más duro de todo. Es lo único que de verdad hay que prohibir.

Se quedó callado.

—¿Y eso por qué? —dijo.

—Porque esta es la cuarta vez que ingresa desde noviembre, y en esta llevamos cinco semanas, y para todo el mundo de aquí soy la hermana de la de la cuatro doce.

Para el celador. Para la señora del carrito.

Para la mujer que friega, que es un encanto, que me llama «cariño» y que sabe perfectamente cuál es el pronóstico, porque lo sabe todo el mundo menos yo, o eso es lo que parece a las cuatro de la mañana.

—Le miré—. Y una hora al día no me da la gana de serlo. Aquí abajo no somos hermanos de nadie.

Leo tardó en contestar.

—¿Y si me equivoco? —dijo.

—Te callas a mitad de frase. Yo hago como que no lo he oído.

—¿Y si te equivocas tú?

—Yo no me equivoco.

Levantó el vaso dos centímetros de la mesa, como quien brinda con muy poca fe, y se lo volvió a beber.

—Dani —dijo—. Daniel. Veintidós. Me debe cuatrocientos dólares.

—¿De qué?

—De la fianza de un apartamento que no llegó a alquilar. De una moto que no llegó a comprar. Y de una tercera cosa que no me quiso decir, que es la que más me preocupa y también la más barata. Ciento veinte.

—¿No te dijo para qué eran ciento veinte dólares?

—Me dijo: «Leo, si te lo cuento no me los das».

Me reí.

Llevaba desde noviembre sin reírme dentro de aquel edificio y me salió un ruido rarísimo, medio ladrido, que rebotó en el suelo de color imposible y volvió. Él me miró como si acabara de hacer un truco de magia de dificultad media.

—Otra vez —dijo.

—No se puede otra vez.

—Ya lo sé. Lo digo por decir.

Me contó que Dani había dejado la universidad en segundo y que se lo había contado a su madre siete semanas después.

Que trabajaba con él cuando le hacía falta dinero, que era bueno con las manos y malísimo con el horario, y que una vez se subió a un tejado en Beach Road con chanclas y Leo lo bajó agarrado del cinturón delante de dos clientes.

Que le manda notas de voz. Que le manda muchas notas de voz.

—¿Cuántas?

—No lo sé.

—Sí que lo sabes.

Se rascó la ceja con el pulgar.

—Trescientas cuarenta.

—Ah, bueno, no lo sabías.

—No las he contado a propósito. El teléfono las cuenta.

—Claro.

—El teléfono las cuenta, Alma.

—¿Y de qué son?

—De nada. De verdad, de nada. De que ha visto un perro. De que la máquina del túnel de lavado le ha cobrado dos veces y de que va a poner una reclamación, cosa que no ha hecho jamás en su vida. Cuarenta segundos de él respirando y luego «espera» y luego se corta.

—¿Y las escuchas?

—Yo qué sé.

—Leo.

—Las escucho.

Yo le conté a Julia. Que tiene veintitrés años.

Que dibuja, o dibujaba, y que ahora ve una serie de médicos que le parece hilarante por motivos que no comparte conmigo.

Que a los catorce me anunció que se iba a tatuar y que a los quince se lo tatuó y que era horrible y que sigue siéndolo.

Que cuando se enfada me llama por mi nombre completo y que cuando me quiere no me llama de ninguna manera: simplemente aparece y se sienta al lado.

Que la crie yo. Que tenía veintiuno y firmé unos papeles en una oficina con moqueta azul, y salí de allí siendo la madre de una adolescente de catorce años que me odiaba con una dedicación admirable.

—¿Y ahora?

—Ahora me odia menos. Un chin menos. Va por fases.

—¿Y tú?

—¿Yo qué.

—Que si tú tienes fases.

Y ahí no tenía respuesta, así que hice lo que hago, que es levantarme a por servilletas que no hacían falta.

Cuando volví me pasó el vaso. Fue a dejarlo delante de mí y yo fui a cogerlo, y las manos se nos quedaron las dos en el borde, la suya debajo y la mía encima, y ninguno de los dos apartó.

Le miré los nudillos. Estaban rotos por fuera, en los cuatro, con la piel más gruesa y más pálida. De agarrar. Los míos estaban enteros y lo que yo tenía eran tres quemaduras por dentro de la muñeca, en raya, de sacar bandejas con prisa y sin manopla porque siempre estás a punto de llegar.

Duró lo que duran estas cosas: nada, y un rato.

Una máquina hizo un ruido y nos separamos como dos adolescentes en un portal.

—Perdona —dijo.

—No.

—¿No?

—No. No perdono nada. No has hecho nada.

—Vale.

—Vale.

Subí a las cinco menos cuarto. En el ascensor hay un espejo, y me miré, que era una cosa que llevaba meses sin hacer a propósito.

Me estuve mirando los cuatro pisos enteros.