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AHORA · marzo
Se queda ahí de pie.
Ese es el problema. Se lo he dicho, ha oído la palabra, ha llegado hasta el coche, y no se va.
Le digo que se puede sentar en la furgoneta si quiere, que hace frío.
No le digo que se lo digo para que se siente de espaldas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no era mío.
—¿Que no era tuyo?
—El dato no era mío, Alma. Era de tu hermana. Era de tu familia.
—Ya. —Deja el bolso en el capó del coche, muy despacio, y eso me da más miedo que si lo tirara—. Explícame cómo funciona eso. En serio. Explícamelo, porque llevo cinco meses buscándote y me vendría bien entenderlo.
—Alma…
—Es de mi familia, dices. Vale. Yo soy mi familia. Estaba a doce metros de ti, sentada en una silla naranja, sola. ¿Y decidiste que ese dato mío no me correspondía a mí?
—Decidí no dártelo yo. A las cuatro de la mañana. Con tu hermana abierta en un quirófano.
Se calla.
Y eso es lo peor: que suena bien. Lo he dicho un montón de veces dentro de mi cabeza y siempre suena bien.
—Vale —dice—. Esa noche te la compro. Te compro esa noche entera, y hasta la semana siguiente. ¿Y en noviembre? ¿En diciembre? ¿En enero, cuando la mandaron a casa y yo llamaba a tu número todos los días a las seis de la mañana desde el aparcamiento del obrador?
—No sabía qué…
—¿Y en febrero, Leo?
—No lo sé.
—Sí que lo sabes.
—Alma, no lo sé.
—Sí lo sabes, porque yo también lo sé y solo llevo seis horas sabiéndolo. —Da un paso—. No me lo dijiste porque en el momento en que me lo dijeras yo iba a tener que decidir qué hacer contigo. Y mientras no me lo dijeras, no había nada que decidir.
Y eso es tan exacto que me tengo que agachar a colocar una herramienta que estaba perfectamente colocada.
—Y tampoco te lo dije porque había una parte que era mía y que no te correspondía a ti —digo, todavía agachado—. Que llevo desde octubre pensando en ti. Y me parecía asqueroso. Y me sigue pareciendo.
Ella tarda tres segundos largos en contestar.
—A mí también —dice.
—¿Tú también qué?
—Las dos cosas.
Marcelo asoma otra vez y pregunta si tiramos también el canalón. Le digo que sí, entero, que ese ya no lo salva nadie.
—¿Ese es Marcelo? —dice ella.
—Ese es Marcelo.
—Lleva mal la escalera.
—Lleva fatal la escalera. Lleva nueve años llevándola fatal.
—Se sujeta con la rodilla.
—Se sujeta con la rodilla.
—Yo tuve una compañera que amasaba con el codo. Cuarenta años amasando con el codo. Le dijimos de todo.
—¿Y qué pasó?
—Que se jubiló con los dos hombros perfectos y a mí me operaron a los veintiséis.
Y durante cuatro segundos esto son dos personas con un oficio hablando de su oficio, y no otra cosa.
Después ella se calla y sigue ahí, esperando, con la cara de alguien que ha esperado bastante más que esto.
—Iba a decírtelo —digo.
—¿Cuándo?
Y ahí ya no tengo nada. Porque no hay fecha. Llevo cinco meses sin fecha.
Miro el tablón que he dejado apoyado en la fachada.
Es una viga de alero, pino, del año veinte.
Por fuera está perfecta: la pintas y aguanta veinte años más de fotos.
Por dentro se deshace si la aprietas con el pulgar.
La gente se lleva sustos enormes con eso, y siempre me toca a mí decírselo, y siempre hay un momento en que el dueño me mira como si el problema lo hubiera traído yo en la furgoneta.
Hay un trozo de la verdad que puedo darle ahora mismo y que además tiene la ventaja de que la va a apartar de mí. Se lo doy.
—Me voy.
Levanta la cabeza.
—¿Qué?
—He vendido. La empresa, la furgoneta y la casa de mi madre. Firmo el uno de octubre.
—¿El uno de octubre.
—El uno de octubre.
Se queda con eso un momento. Veo cómo lo pesa. Es una mujer que pesa las cosas antes de contestar, y yo eso lo aprendí en once noches y no se me ha olvidado.
—¿Por qué?
—Porque la factura del hospital de mi hermano son ochenta y un mil dólares después del seguro.
Porque mi madre tiene once años de hipoteca por delante y limpia casas de verano y tiene sesenta y un años y una rodilla que no le sirve.
Y porque hay un tío en Wilmington que necesita a alguien que sepa de estructura de madera antigua, y paga bien, y no me conoce de nada, que es la parte que más me gusta del trabajo.
—Podrías…
—No.
Lo digo demasiado rápido y ella lo nota.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—Ya. Perdona.
—Iba a decir que podrías refinanciar.
—Sí que lo sabía.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque con la rodilla de mi madre y once años por delante, refinanciar es alargarle el problema a alguien que a lo mejor no está para terminar de pagarlo.
—Me oigo y suena a folleto de banco—. Y porque si vendo ahora, con lo que ha subido la punta, se queda limpia.
Limpia del todo. Sin deber nada a nadie.
—Y tú.
—Yo tengo treinta y tres años y dos manos.
Ella me mira las manos, que están efectivamente hechas polvo, y los dos sabemos que acabo de perder ese punto sin que ella tenga que decir una palabra.
Y a ella se le mueve la boca de una manera que no es una sonrisa pero que se le parece bastante, y a mí eso me hace más daño que todo lo anterior junto.
Se pasa las manos por la cara. Tiene una quemadura larga por dentro del antebrazo, fina, recta, como hecha con regla. No es de esta semana. Hay otras dos más viejas debajo.
—¿Tu madre está de acuerdo? —dice.
—Dijo que sí en cuatro segundos.
—¿Cuatro?
—Cuatro. Se lo planteé en la cocina, con los papeles encima de la mesa, preparado para discutir una hora. Le dio la vuelta a la carpeta, la leyó por encima y dijo: «Vale, filho». Cuatro segundos.
Ella no dice nada. Espera. Es muy buena esperando.
Y yo llevo cinco meses sin decirle nada verdadero a nadie, así que lo digo.
—A mí lo que me jode es lo de los cuatro segundos.
Alma no se ríe. Pero se le afloja algo en los hombros, y es la primera cosa que pasa hoy que no duele.
—¿Ochenta y un mil? —dice.
—Ochenta y uno y pico.
—Yo tengo la de mi hermana. —Se cruza de brazos—. Vino en tres sobres distintos, en tres semanas distintas, con tres cantidades distintas, y ninguna de las tres era la buena. Y hay una página, en la mía, donde te desglosan cuarenta y siete dólares de una cosa que se llama «material desechable».
—En la mía son sesenta y dos.
—Sesenta y dos.
—Sesenta y dos.
—¿Y tú los has pagado?
—Yo he pagado once mil. Los ochenta y uno son los que hay ahora.
Nos quedamos los dos mirando la acera un momento, unidos por el asunto administrativo más deprimente del hemisferio norte.
—¿Y a ti te ha preguntado alguien cómo estás? —dice de pronto.
—¿Qué?
—Que si alguien te lo ha preguntado. En cinco meses.
Y me quedo mirando el tablón podrido, porque la respuesta es que sí, que me lo han preguntado ciento cincuenta veces, en el velatorio, en la ferretería y en el supermercado, y que no es lo mismo que lo pregunte alguien que se va a quedar a oír la contestación.
—Estoy trabajando mucho —digo.
No le digo que en enero me mudé a un alquiler de Marsh Street con lo puesto, porque en casa de mi madre está la habitación de mi hermano y yo esa puerta no la abro.
—Ya lo veo.
Se agacha a coger el bolso del capó. Al levantarse se le engancha la correa en el retrovisor y yo se la suelto, y le rozo la muñeca con dos dedos, justo encima de las quemaduras, y los dos nos quedamos exactamente igual de quietos.
Dura menos de lo que se tarda en decirlo.
Ella mira la fachada. Después el andamio. Después el bajo de al lado, el que lleva vacío desde que yo tengo memoria, con el cartel de se alquila descolorido pegado por dentro del escaparate.
—Necesitas guantes —dice.
—¿Qué?
—Nada.
Y se va calle abajo, hacia el agua, andando deprisa, como anda la gente que tiene un turno.
Lo que no dije: que en octubre, después, volví a bajar tres noches a esa cafetería. Que le di el golpe a la máquina en el sitio que ella me enseñó y me salió el café a la primera. Que me lo bebí de pie, entero, mirando la puerta.