2
La máquina de la izquierda se quedó con mi dólar veinticinco a las tres y cuarenta de la madrugada, y yo le di un puñetazo, porque a los treinta y dos años seguía siendo la clase de hombre que le pega a las máquinas.
—Esa no.
Me di la vuelta.
Había una mujer en la mesa del fondo, la única que tiene un enchufe debajo, con un cuaderno abierto, un boli metido en el pelo y los pies encima de la silla de al lado. Sudadera de una panadería que no me sonaba de nada.
—Esa lleva sin funcionar desde antes de Navidad —dijo—. Y pegarle no sirve. A esa no.
—¿A esa no?
—A esa no. A la otra sí, pero aquí.
Se levantó. Vino. Le dio a la máquina de la derecha un golpe con el canto de la mano, en un punto muy concreto del lateral, ni fuerte ni flojo, con la misma cara con la que se iguala una cosa.
—Aquí —repitió—. Si le das arriba se atasca más y luego hay que esperar veinte minutos.
La máquina hizo el ruido de las máquinas que van a dar café. Salió medio vaso. Se paró. Volvió a salir un chorro corto, como pidiendo perdón, y se paró del todo.
—Eso es lo que hay —dijo ella.
—Esto es media taza.
—Eso es una taza. Aquí abajo eso es una taza.
—¿Y mi dólar veinticinco?
—Tu dólar veinticinco está en el cielo con los otros. Yo llevo catorce.
Volvió a sentarse. Yo me quedé de pie con un vaso de plástico ardiendo entre los dedos, en la cafetería vacía de un hospital, a las tres y cuarenta y dos de la madrugada de mi segundo día.
Llevaba las botas de trabajo puestas desde las siete de la mañana del día anterior, cuando todavía era un miércoles normal. Tenía frío en la espalda y calor en las manos y no me había sentado desde que sonó el teléfono.
—¿Trabajas aquí? —dije.
—No.
—¿Vives aquí?
—Peor.
Bebí. Me quemé el labio. Ella lo vio y no dijo nada, y en aquel momento me pareció un gesto de una elegancia enorme.
—Te voy a ahorrar tres semanas —dijo—. Siéntate.
Me senté.
—El café de estas máquinas es agua sucia.
A las cuatro y media traen el de la cafetería de arriba, en los termos grandes, y ese sí se puede beber.
Los sofás del pasillo de radiología parecen mejores y no lo son: tienen una barra en medio y te la clavas a la hora y media, cuando ya no te puedes levantar.
Los buenos son los dos verdes de la sala de la tercera, pero el de la izquierda lo tiene cogido un señor que se llama Walt y lleva ahí desde enero, así que en realidad el bueno es uno.
—¿Uno.
—Uno. —Pasó una página—. El baño de aquí abajo lo limpian a las dos, o sea que a estas horas es el mejor baño del edificio y el único donde puedes lavarte la cara sin que entre nadie. Y si viene Marcus a decirte que hay que salir, le dices que vas conmigo y ya está.
—¿Y tú quién eres?
—Alma.
—Leo.
—Ya sé.
Levanté una ceja.
—Llevas dos días —dijo, sin levantar la cabeza—. En este edificio, a las cuatro de la mañana, somos catorce personas. Se aprenden rápido.
—¿Catorce?
—Catorce. Nosotros dos, Walt, la chica del pañuelo azul que solo baja los martes, tres del turno de limpieza, Marcus, dos celadores, la doctora que se esconde aquí a llorar y que se cree que no la ve nadie, un señor que viene a cargar el móvil porque no tiene enchufe en la habitación, y una pareja de unos setenta que se turnan y no se hablan.
—¿La doctora?
—Cardiología. Los jueves.
—¿Y tú qué haces?
—Me cambio de mesa y me llevo mis cosas a esta. Y luego, cuando se va, vuelvo.
—¿Y ella lo sabe?
—Ella cree que no lo sabe nadie.
—¿Y la pareja de los setenta?
—Se turnan. Ella de noche, él de día.
—¿Y no se hablan?
—Se dejan notas.
—Eso son trece.
Levantó la cabeza por primera vez.
—Sí —dijo—. Es que había otro.
Y volvió al cuaderno, y yo no pregunté nada, y ese fue exactamente el momento en que decidí que iba a volver.
Estuvimos un rato callados. Ella escribía. Yo miraba el vaso.
Ella no preguntó nada. Ni una cosa.
Al rato metió la mano en la bolsa que tenía a los pies, sacó algo envuelto en papel de estraza y lo dejó en la mesa, delante de mí, sin mirarme.
—Come.
—No tengo hambre.
—Ya lo sé. Come igual.
—No es por…
—Leo. —Y pasó otra página—. Come.
Era medio bollo de algo. Estaba blando por dentro, tenía azúcar por encima y sabía a mantequilla de verdad. Me lo comí entero en cuatro bocados sin enterarme de que me lo estaba comiendo.
Le dije que estaba bueno. No le dije que era lo primero que comía desde el bocadillo de las dos de la tarde del miércoles, en un tejado de Bell Point, antes de que existiera nada de esto, ni que me había dado cuenta a mitad del tercer bocado y había seguido masticando igual para que no se me notara.
Ella seguía escribiendo.
—¿Lo has hecho tú?
—A las cuatro y veinte de ayer.
—Está bueno.
—Sí.
Me hizo gracia que no dijera «gracias». Me hizo tanta gracia que solté aire por la nariz, que fue lo más parecido a una risa que había hecho en cuarenta y ocho horas.
No levantó la cabeza. Pero se le movió algo en la boca.
—¿Qué escribes? —dije.
—Pedidos.
—¿A las cuatro de la mañana?
—Es cuando me sé los números. —Cerró el cuaderno con una goma—. Y porque si no escribo, pienso.
—Ya.
—Ya.
Se quedó un momento con las manos encima del cuaderno cerrado.
—¿Y tú qué haces? —dijo—. Cuando no le pegas a las máquinas.
—Casas.
—Eso no es una respuesta.
—Casas viejas. Las de la punta, las victorianas esas que se están cayendo y que la gente compra igual porque tienen vistas. Las abro, miro lo que queda vivo por dentro y tiro el resto.
—¿Tiras mucho?
—Casi todo. La gente se cree que restaurar es conservar. Restaurar es decidir qué se conserva, que no es lo mismo, y por eso me odian los primeros quince días.
—¿Y después?
—Después me quieren mucho, porque han visto lo que había debajo del papel pintado y se han dado un susto de muerte.
Bajó la vista al cuaderno para que no se le viera la cara.
—¿Y cuál es la mejor parte?
Me lo pensé, porque nadie me lo había preguntado nunca así, como si le importase la respuesta y no como quien mantiene una conversación.
—El olor —dije—. Cuando lijas una viga que lleva cien años tapada, huele. Huele a una cosa que no ha olido nadie desde mil novecientos veinte. Y eso lo huelo yo solo, en una habitación vacía, y no lo puedo compartir con nadie porque no hay manera de contarlo sin quedar como un imbécil.
—Acabas de contarlo.
—Ya. Bueno. Son las cuatro de la mañana. Aquí no cuenta.
Y ella dijo «aquí no cuenta» muy bajito, como quien apunta algo, y no dijo nada más.
A las cuatro y cuarto empezó a recoger. Se metió el boli detrás de la oreja, se colgó la bolsa, se puso de pie y se quedó un segundo mirando la máquina estropeada, la de la izquierda, con una especie de rencor administrativo.
—Algún día la van a arreglar —dije.
—No.
—¿No?
—Llevo aquí desde noviembre. No.
Y se fue hacia los ascensores.
—¿Vienes todas las noches? —dije, más alto de lo que quería.
Se giró.
—A las tres y cuarenta.
—¿Por qué a las tres y cuarenta?
Se lo pensó de verdad. Un segundo entero, con una mano en el marco del pasillo.
—Porque a las tres y cuarenta ya no viene nadie y todavía no ha empezado a venir nadie.
Se metió en el ascensor. Y justo antes de que se cerraran las puertas sacó la mano y las paró.
—Oye. Lo del bollo.
—¿Qué pasa con el bollo?
—Que no te he dado las gracias.
—Ya lo sé.
—Es que no me salía.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso no te lo he pedido.
Y quitó la mano, y las puertas se cerraron.
Le dije hasta mañana. No le dije que era lo único que tenía para el día siguiente.
Volví a las tres y treinta y cinco.