Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1) 1
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Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1)

Antes de que vuelva octubre (Merrow Bay 1)

Por Candela Aldama

© inepub.com

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AHORA · marzo

Hay un hombre subido a un andamio en Water Street y llevo cinco meses buscándolo.

Lo miro desde la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos y sin ninguna intención de cruzar todavía. Son las once y veinte de la mañana y hace ocho grados.

Él lleva una camiseta.

Está sacando un tablón podrido del alero y lo hace despacio, tanteando con los dedos por debajo de la madera, buscando dónde termina lo que se cae y dónde empieza lo que aguanta.

He visto trabajar a mucha gente. Se le nota en la mano izquierda, que no tira: sujeta.

La derecha hace la fuerza y la izquierda decide cuánta.

Ha perdido peso. No sé cuánto, pero se le ve en los antebrazos: es donde primero se les nota a los hombres que han dejado de comer a horas.

Tiene el pelo más largo de lo que le queda bien y no se ha afeitado en tres o cuatro días.

Y no lleva guantes, con este frío, lo que significa que se le rompieron en algún momento del invierno y que no ha ido a comprar otros.

Eso es lo primero que pienso al volver a verlo después de cinco meses.

Que necesita guantes.

Lo segundo ya lo pienso cruzando.

Sé cuatro cosas de este hombre.

Que se llama Leo Ferreira y que tiene treinta y tres años.

Que restaura casas antiguas, casi todas con vistas al agua y con dueños que solo aparecen en julio.

Que se toma el café solo y ardiendo, tan ardiendo que se quema el labio de arriba, todas las veces, y que cuando se lo quema pone una cara de sorpresa que no se merece un hombre que lleva treinta años bebiendo café.

Y que la última vez que lo vi fue el veinte de octubre a las cuatro y diez de la mañana, al otro lado del cristal de una sala de espera, y que le sonreí.

Todo lo demás lo he tenido que rascar yo.

El teléfono de la empresa dio señal hasta el catorce de noviembre.

Lo sé porque lo llamé todos los días. Los primeros nueve saltaba un contestador con su voz diciendo el nombre de la empresa y luego «déjame un mensaje y te llamo», y yo colgaba antes del pitido y volvía a marcar dos horas después solo para volver a oírlo.

El día quince ya no había contestador. Había una señora automática explicándome que el número no estaba operativo, y me lo explicó cuatro veces seguidas porque yo seguí llamando.

La dirección de la casa la saqué del registro del condado un martes entre la primera tanda y la segunda, con las manos llenas de harina y el móvil apoyado en el saco de fuerza.

Fui once veces. Once veces no había nadie: cortina echada, buzón vacío, un rastrillo apoyado en el porche que no se movió de sitio en cinco meses.

Hasta el jueves pasado, cuando abrió una mujer bajita de sesenta y tantos con una bayeta en la mano.

Me dijo que Leo estaba trabajando en el edificio grande de Water Street, el de la esquina, el que fue una fábrica de hielo.

Me dijo que no me molestara en llamarle porque nunca coge el teléfono en obra.

Me dijo que hacía viento y que me pusiera algo.

Y me preguntó si quería pasar a tomar un café mientras tanto, y lo preguntó dos veces, la segunda ya con la puerta más abierta.

Le dije que no, gracias.

Me preguntó cómo me llamaba. Le dije Alma.

No le dije nada más, porque ella tampoco preguntó, y porque en la hierba de esa casa había un cartel de se vende clavado con dos patas de metal, y yo estuve todo el camino de vuelta pensando qué hacer con eso.

—Leo.

No se gira enseguida. Primero se para —el tablón a medio salir, los hombros quietos— y se queda así un segundo largo. Después sí.

Y le veo la cara y me doy cuenta de que llevo cinco meses ensayando esto en el coche.

Porque tengo un discurso. Es bueno. Lo he pulido mucho.

Empieza tranquilo, se pone bastante cruel hacia la mitad y luego vuelve a ser tranquilo: ahí es donde de verdad hace daño.

Me lo he dicho en voz alta en el aparcamiento del obrador a las cinco de la mañana más veces de las que pienso admitir delante de nadie.

Lo que sale es:

—Tienes las manos rotas.

Él se mira las manos. Yo me miro a mí misma desde una distancia de unos tres metros y me odio con una precisión considerable.

—Alma.

Dice mi nombre y se le parte un poco por la mitad, y no dice nada más.

Baja. Tarda. Es una escalera de mano de las de toda la vida y él baja sin dejar de mirarme. Es la manera más idiota que existe de bajar una escalera, y cuando pone el pie en la acera nos quedamos a metro y medio el uno del otro.

Huele a serrín y a madera mojada. Eso me da exactamente igual. No me da igual en absoluto.

—¿Cómo me has encontrado?

—Tu madre.

Cierra los ojos.

—Alma…

—Es maja. Me ofreció café dos veces. Me dijo que no me molestara en llamarte porque nunca coges el teléfono en obra, —Se me está poniendo la voz rara.

La sujeto—. Me habló de ti dos minutos y medio y en esos dos minutos y medio no dijo tu apellido ni una vez, porque dio por hecho que yo ya lo sabía.

—Alma.

—Y tenía razón. Lo sé desde octubre.

Desde arriba, en el andamio, alguien pregunta algo en portugués. Leo contesta sin apartar los ojos de mí, dos palabras, y el de arriba se calla.

—El diecinueve de octubre murió Daniel Ferreira, veintidós años, en el Saint Anselm.

Salió en el periódico del veintitrés. Cuatro líneas y una foto de graduación con la borla torcida.

—Trago—. Me sé esa foto de memoria. Me la sé mejor que las de mi propia familia, y eso es una cosa muy rara que decirle a alguien y ya no la puedo retirar.

Él no se mueve.

—Mi hermana se llama Julia Reyes. Tiene veinticuatro años. Estuvo catorce meses con un aparato enchufado a la pared y el veinte de octubre, a las tres y diez de la mañana, se la llevaron a quirófano, y a las nueve y cuarto salió con un corazón que no era el suyo.

Un camión frena en el stop del final de la calle y vuelve a arrancar. Muy lejos, en el agua, hay una sirena de niebla que no viene a cuento con este sol.

—Y a las cuatro y diez de la mañana yo estaba sola en la sala de espera de cirugía cardiaca.

No dice nada.

—Solo necesito que me lo digas tú. Una palabra.

—Me tiembla la barbilla y le dejo que tiemble, porque taparla cuesta más de lo que tengo hoy—.

Llevo cinco meses preguntándoselo a gente que no me lo puede contestar.

La coordinadora no me lo puede decir, y me lo explicó con muchísima educación durante veinte minutos.

El equipo de mi hermana no me lo puede decir.

La trabajadora social me dio un folleto.

Un folleto, Leo. Y tienen razón todos, y lo entiendo, y me he leído todo lo que hay que leerse sobre por qué tienen razón.

Marcelo asoma la cabeza por el borde del andamio, ve lo que hay abajo y desaparece como si le hubieran tirado de los pies.

—Y me da igual —digo—. ¿Era tu hermano?

No aparta la mirada. Eso se lo voy a agradecer siempre, aunque no se lo diga nunca.

—Sí.

Asiento. Es lo único que se me ocurre hacer con la cara.

Cinco meses. Cinco meses pensando que la palabra iba a ser una puerta.

—Vale —digo—. Vale.

—Alma…

—No, está bien. Está bien. Ya está. Ya lo sé.

Y me doy la vuelta, y doy dos pasos hacia el coche, y a los dos pasos me paro, porque soy incapaz de dejar nada a medias, y hago la pregunta que no venía a hacer.

—¿Cuándo lo supiste?

Ahí sí. Ahí es donde se le va.

—Alma.

—¿Cuándo lo supiste, Leo?

Se pasa la mano por la boca. Tiene serrín en la muñeca.

Arriba, el viento levanta un plástico de la lona y lo deja caer, y lo vuelve a levantar.

Al otro lado de la calle hay una mujer discutiendo por teléfono sobre una entrega de gambas que tenía que haber llegado el martes. El mundo, en general, sigue.

—Esa noche —dice.

—¿Esa noche cuándo?

—Esa noche.

Y me acuerdo del cristal.

Me acuerdo de que llevaba once horas sin comer y de que no me importaba.

De que tenía los dedos manchados de tinta de todo lo que había ido firmando.

De que en esa sala hacía un frío que no era normal, y de que me había quitado la chaqueta para ponérsela por encima a un señor que dormía en la esquina y que ni siquiera era de mi familia.

Me acuerdo de que levanté la cabeza porque se abrió la puerta del pasillo.

Y de que era él. Y de que yo era, en ese minuto exacto, la mujer más feliz de Massachusetts.

Le sonreí.

Le sonreí, y él se dio la vuelta y se fue.

11:44.