CAPÍTULO 29
La universidad no se parecía a nada de lo que había imaginado.
Era mejor.
Era peor.
Era enorme.
Durante la primera semana me perdí cinco veces.
Durante la segunda lloré en el baño porque estaba convencida de que todos eran más inteligentes que yo.
Durante la tercera aprendí que prácticamente todos pensaban lo mismo.
Hice amigos.
Me acostumbré a la residencia.
Aprendí a cocinar tres cosas sin provocar incendios.
Valentina me llamaba todos los domingos.
Mateo me enviaba memes incomprensibles.
Mi madre seguía preguntando si estaba comiendo.
Y Alex…
Alex se convirtió en una notificación que cada vez aparecía menos.
Al principio hablábamos todos los días.
Después cada dos.
Después una vez por semana.
No hubo pelea.
Eso era casi peor.
La vida simplemente ocurrió.
Alex: Aprobé el examen de ingreso.
Sofía: TE DIJE.
Alex: No te emociones. Saqué 72.
Sofía: ¿Y cuánto necesitabas?
Alex: 70.
Sofía: GENIO ACADÉMICO.
Alex: Bloqueada.
Había empezado un programa técnico relacionado con diseño audiovisual.
Algo que nunca habría imaginado para él.
Hasta que recordé que siempre había sido bueno viendo cosas que los demás no veían.
Seguía asistiendo a terapia.
Seguía yendo a reuniones.
Emma me escribió cuando cumplió seis meses.
Después nueve.
Nunca me dijo "está curado".
Porque eso no existía.
Solo:
Está trabajando muchísimo.
Y yo estaba orgullosa.
Desde lejos.
• • •
Una noche Valentina llamó.
—Tengo información.
—Eso nunca termina bien.
—Vi a Alex.
Mi mano se detuvo sobre el cuaderno.
—Ah.
—Hoy.
—¿Cómo está?
—Bien.
Intenté que mi voz sonara normal.
Fallé.
—Se cortó el cabello.
—¿QUÉ?
Valentina empezó a reír.
—Sabía que eso te importaría.
—¿Cuánto?
—Relájate. Sigue teniendo.
—Bien.
Silencio.
—Sofi.
—¿Qué?
—Está bien.
—Ya dijiste.
—No. Quiero decir de verdad.
Miré por la ventana de mi habitación.
La ciudad brillaba abajo.
—Me alegra.
Y era cierto.
Aunque doliera.
—Preguntó por ti.
Mi corazón hizo aquella vieja estupidez.
—¿Qué dijo?
—"¿Cómo está?"
—¿Y tú?
—Le dije que te habías convertido en una universitaria insoportable.
—Gracias.
—Después le dije que estás bien.
—Ah.
Silencio.
—¿Quieres que le diga algo?
Miré el teléfono.
Durante unos segundos estuve a punto de decir:
Dile que lo extraño.
Porque lo hacía.
No todos los días.
No como al principio.
Pero existían momentos.
Cuando alguien decía "controladora".
Cuando veía chocolate en una máquina.
Cuando pasaba frente a una biblioteca.
Cuando eran las 12:43.
—No —respondí.
—¿Segura?
—Sí.
Colgamos.
• • •
Esa noche abrí una caja que había traído desde casa.
En el fondo estaba el papel.
¿Siempre eres tan gruñona por la mañana?
Sonreí.
Debajo guardaba nuestra foto de graduación.
Yo riéndome.
Alex mirándome.
No lloré.
Eso me sorprendió.
Durante mucho tiempo había pensado que superar algo significaba dejar de sentir.
Ahora sabía que no.
Podía extrañarlo y estar bien.
Podía quererlo y no volver.
Podía estar feliz aquí y recordar quién había sido con él.
No tenía que escoger una sola versión de mí.
Tomé la fotografía.
Después la volví a guardar.
No para olvidarla.
Precisamente porque ya no necesitaba tenerla afuera para recordar.