CAPÍTULO 28
El último día llegó sin pedir permiso.
Eso fue lo peor.
No hubo música triste de fondo.
No llovió.
No ocurrió ninguna tragedia que me diera una excusa para quedarme.
Era domingo.
Hacía calor.
Mi maleta estaba junto a la puerta.
Y a las siete de la mañana debía subir a un autobús que iba a llevarme cuatrocientos kilómetros lejos de todo lo que conocía.
Mi madre revisó mi equipaje seis veces.
Mateo intentó esconder una camiseta suya entre mi ropa porque, según él, "así no me olvidaría de él".
Valentina había llorado desde la noche anterior.
Y Alex todavía no había llegado.
6:21.
Miré el teléfono.
Nada.
6:28.
Nada.
6:34.
—Va a venir —dijo mi madre.
—Ya sé.
6:41.
No sabía.
A las 6:45 tocaron la puerta.
No caminé.
Corrí.
Abrí.
Alex estaba ahí.
Sin flores.
Sin regalo.
Sin sonrisa.
Solo él.
—Llegas tarde —dije.
—Lo sé.
Tenía los ojos rojos.
No pregunté por qué.
—Pensé que no venías.
—Yo también.
Eso me hizo reír.
Y llorar.
Al mismo tiempo.
Alex entró.
Mi madre lo abrazó.
Mateo le pidió que no dejara de jugar con él en línea.
Valentina, que había dormido en mi casa, le dijo:
—Como hagas que esto sea más triste, te golpeo.
—Gracias por el apoyo emocional.
—Siempre.
Después todos encontraron alguna excusa para alejarse.
Mi madre fue a revisar documentos que ya había revisado.
Valentina decidió ayudarla.
Mateo desapareció misteriosamente.
Nos dejaron solos.
Alex y yo nos miramos.
—Hola —dijo.
Me reí entre lágrimas.
—Hola.
—Odio esto.
—Yo también.
—Bien.
—Bien.
Silencio.
Era absurdo.
Habíamos pasado meses hablando.
De nuestras familias.
Nuestros miedos.
Las cosas que queríamos.
Las cosas que habíamos hecho mal.
Y ahora que solo nos quedaban unos minutos no sabíamos qué decir.
—Te traje algo —dijo.
Metió la mano en el bolsillo.
Sacó un papel doblado.
Lo reconocí inmediatamente.
—No.
Alex sonrió.
—Sí.
Era el papel de nuestra primera clase.
Lo abrí.
¿Siempre eres tan gruñona por la mañana?
Debajo, mi respuesta:
¿Siempre eres tan insoportable?
Y luego:
Sí.
Me reí.
—Lo guardaste.
—Te dije que no eras la única psicópata.
Había algo escrito al reverso.
Lo giré.
La letra de Alex.
No tienes que hacerlo todo tú.
Debajo había añadido:
Ni siquiera cuando yo no esté cerca.
Tuve que cerrar los ojos.
—Eso fue bajo.
—Lo sé.
—Dijiste que no ibas a hacer esto más triste.
—Eso lo dijo Valentina.
—Alex.
Me abrazó.
Esta vez lloré de verdad.
No bonito.
No como en las películas.
Lloré contra su camiseta hasta que seguramente la arruiné.
—No quiero irme —dije.
Era la primera vez que lo admitía en voz alta.
Alex me abrazó más fuerte.
—Sí quieres.
—Ahora mismo no.
—Ahora mismo no.
—Podría quedarme.
Él se separó.
—No.
—Lo sé.
—Sofía.
—Ya sé.
Me limpió una lágrima con el pulgar.
—No hagas que todo lo que dijimos no sirva para nada.
—Te odio.
—No parece.
Me reí.
La maldita frase.
Siempre esa frase.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
Alex respiró.
—No sé.
—¿Seguimos juntos?
Sus ojos bajaron.
Y supe la respuesta antes de escucharla.
—No quiero prometerte algo que no sé si puedo cumplir.
Dolió.
Muchísimo.
—Yo tampoco.
—No quiero que estés allá sintiendo que tienes que volver cada fin de semana.
—Lo sé.
—Ni quiero convertirme en una obligación.
—Nunca fuiste eso.
—Lo sé.
Me tomó las manos.
—Pero tampoco quiero que terminemos odiándonos porque intentamos mantener a la fuerza algo que necesita cambiar.
Las lágrimas volvieron.
—Entonces esto es terminar.
Alex cerró los ojos.
—Creo que sí.
No era la respuesta que quería.
Era la correcta.
Y odié eso.
—Qué horrible eres.
—Muchísimo.
—Podrías haber sido un novio tóxico normal y pedirme que abandonara mis sueños.
Sonrió entre lágrimas.
—Lo consideré.
—Idiota.
—Controladora.
Nos quedamos mirando.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
La misma pregunta.
Como la primera vez.
Asentí.
Alex me besó.
Despacio.
Sin prisa.
No fue un beso desesperado.
No intentamos meter meses dentro de unos segundos.
Solo fue nosotros.
Cuando nos separamos, nuestras frentes quedaron juntas.
—Te quiero —dijo.
—Te quiero.
—Eso no cambia.
—No.
—Aunque nosotros sí.
Tragué saliva.
—Sí.
Desde afuera escuchamos una bocina.
El autobús.
Mi madre apareció.
—Sofi.
Asentí.
—Ya voy.
Tomé mi mochila.
Alex agarró mi maleta.
—Yo la llevo.
—Puedo.
—Lo sé.
Eso me hizo llorar otra vez.
• • •
Llegamos a la terminal.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Maletas.
Boletos.
Abrazos.
Mi madre.
Mateo.
Valentina.
Y al final Alex.
—Supongo que esto es todo —dije.
—Por ahora.
Lo miré.
—No hagas promesas.
—No fue una promesa.
Sonrió.
—Fue gramática.
Me reí.
—Te odio.
—No parece.
—Todo el mundo te escuchó.
—Era la idea.
Anunciaron mi salida.
Subí el primer escalón.
Me giré.
Alex estaba ahí.
Manos en los bolsillos.
Intentando sonreír.
—Bennett.
—¿Sí?
—No arruines tu vida cuando me vaya.
Su sonrisa cambió.
—Mendoza.
—¿Sí?
—No dejes de vivir la tuya por mirar hacia atrás.
Eso dolió.
Asentí.
Subí.
Me senté junto a la ventana.
Cuando el autobús comenzó a moverse, Alex caminó a su lado unos metros.
Después tuvo que detenerse.
Pegó una mano al vidrio.
Yo puse la mía al otro lado.
Vidrio entre nosotros.
Y mientras el terminal desaparecía detrás, entendí algo que nadie te explica cuando eres joven.
Hay personas que llegan a tu vida para quedarse.
Y otras llegan para cambiarla.
A veces son la misma persona.
Aunque no puedan quedarse de la misma manera.