Antes de que termine el último año CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El día de nuestra graduación, Alex Bennett llegó temprano.

Ese debería haber sido el titular.

—No puede ser —dije.

Miré el reloj.

—Son las siete cincuenta y cinco.

Alex acomodó su toga.

—He cambiado.

—Esto sí demuestra recuperación.

—Qué graciosa.

Valentina apareció detrás.

—¡FOTO!

—No.

—Sí.

—Valentina…

Ya tenía el teléfono.

Nos empujó juntos.

—Sonrían.

Alex puso un brazo alrededor de mi cintura.

—Bennett, mano visible —dijo Valentina.

—¡Valentina!

Alex empezó a reír.

La fotografía salió justo en ese momento.

Después la vería cientos de veces.

Yo riéndome.

Alex mirándome en lugar de mirar la cámara.

Valentina haciendo una señal de victoria detrás.

Ninguno sabía todavía cuánto iba a significar aquella fotografía.

• • •

Mi madre lloró antes de que comenzara la ceremonia.

—Mamá.

—No estoy llorando.

—Literalmente tienes lágrimas.

—Alergia.

—Estamos dentro.

Me abrazó.

—Estoy orgullosa de ti.

Mateo apareció.

—Yo también.

—Gracias.

—¿Me puedo quedar con tu habitación?

—Retiro mi agradecimiento.

Mi madre se rio.

Entonces vi a Emma.

Estaba con Alex.

Y junto a ella había un hombre que apenas reconocí.

Su padre.

Se veía diferente.

Más delgado.

Cansado.

Pero estaba allí.

Alex me vio observando.

Sonrió.

Su padre había salido del programa hacía una semana y continuaba tratamiento ambulatorio.

Nada estaba arreglado.

Pero algo había comenzado.

• • •

—Alex Bennett.

Escuchar su nombre fue extraño.

Emma gritó.

Yo también.

Alex subió al escenario.

Recibió el diploma.

Durante un segundo lo sostuvo como si no entendiera qué era.

Después buscó entre el público.

Sus ojos encontraron los míos.

Levanté ambos pulgares.

Sonrió.

Lo había conseguido.

No por mí.

No por Emma.

Por él.

Y creo que nunca lo había querido tanto.

• • •

Después dijeron mi nombre.

Subí.

Recibí el diploma.

Aplausos.

Mi madre.

Valentina.

Mateo.

Y por encima de todos:

—¡VAMOS, MENDOZA!

Alex.

Me reí en pleno escenario.

El profesor Salazar negó con la cabeza.

Cuando bajé, Alex estaba esperando.

—Te odio.

—No parece.

—Todo el mundo te escuchó.

—Era la idea.

Me abrazó.

—Lo hicimos.

—Sí.

—Te graduaste.

—Tú también.

—Milagro académico.

Me reí.

Después lo miré.

De verdad.

La toga.

El cabello imposible.

La sonrisa.

Los ojos que ya no parecían estar intentando escapar constantemente de algo.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Esa mirada.

—Estoy recordándote.

Su sonrisa se apagó un poco.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de agosto.

Alex soltó aire.

—Faltan cuarenta y ocho días.

Lo miré.

—¿Los estás contando?

—No.

—Acabas de decir exactamente cuántos.

—Coincidencia.

Sonreí.

—Mentiroso.

—Solo contigo.

—Eso no ayuda.

Se rio.

Entonces me besó.

En medio de todos.

No me importó.

Escuché a Valentina gritar.

A Emma aplaudir.

Probablemente mi madre intentando fingir que no miraba.

Cuando nos separamos, Alex apoyó la frente contra la mía.

—Te quiero.

—Te quiero.

—Hoy.

Sonreí.

—Hoy.

—¿Y mañana?

Tomé su mano.

—Mañana decidimos otra vez.

• • •

Aquella noche guardé el diploma sobre mi escritorio.

Debajo puse la fotografía que Valentina había tomado.

Alex mirándome.

Yo riéndome.

Nosotros.

Después miré el calendario.

Junio.

Julio.

Agosto.

Cuarenta y ocho días.

Por primera vez taché uno.

Quedaban cuarenta y siete.

Y comprendí que habíamos terminado el instituto.

Pero nuestra verdadera despedida acababa de empezar.