Antes de que termine el último año CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La última fiesta del curso ocurrió exactamente donde había comenzado todo.

La misma casa.

La misma música horrible.

Probablemente el mismo baño criminal.

—Esto es poético —dijo Alex.

—Esto huele a cerveza.

—También.

Entramos de la mano.

La primera vez que había estado allí, apenas sabía quién era realmente Alex Bennett.

Ahora sabía demasiado.

Sabía cómo tomaba el café.

Sabía que dormía con música cuando estaba ansioso.

Sabía que odiaba los tomates.

Sabía que llamaba a Emma después de terapia.

Sabía cuándo estaba mintiendo.

Sabía cuándo estaba asustado.

Y sabía que lo quería.

Quizá por eso sentí miedo cuando vi a Ryan.

Estaba junto a la cocina.

Alex también lo vio.

Su mano apretó la mía.

—Podemos irnos —dije.

—No.

—No tienes que demostrar nada.

—No quiero demostrar nada.

Ryan se acercó.

—Bennett.

Alex no respondió.

—Hace tiempo.

—Sí.

Ryan me miró.

—Sofía.

No me gustó que supiera mi nombre.

—Hola.

—¿Todavía jugando a ser niño bueno?

Alex respiró.

—Déjalo, Ryan.

—Solo pregunto.

Sacó algo del bolsillo.

No vi qué era.

No necesitaba verlo.

Mi cuerpo se tensó.

Alex soltó mi mano.

Por un segundo sentí terror.

Ryan extendió la suya.

—Por los viejos tiempos.

Alex miró su mano.

Después lo miró a él.

—No.

Una palabra.

Ryan sonrió.

—Vamos.

—Dije que no.

—¿Por ella?

Alex me miró.

Y entonces hizo algo que jamás olvidaré.

—No.

Volvió a mirar a Ryan.

—Por mí.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Ryan puso los ojos en blanco.

—Qué aburrido te volviste.

—Sí.

Alex tomó mi mano.

—Nos vemos.

Nos alejamos.

Cuando salimos de la casa, respiró profundamente.

—¿Estás bien?

—No.

—¿Quieres llamar a alguien?

Asintió.

—Emma.

Sacó el teléfono.

No fingió.

No ocultó.

No intentó hacerse el fuerte.

La llamó.

Yo esperé.

Después caminamos.

—Estoy orgullosa de ti —dije.

—Hoy puedes decirlo.

Sonreí.

—Estoy muy orgullosa.

Alex me besó.

—¿Sabes qué es lo raro?

—¿Qué?

—Antes pensaba que decir que no me iba a hacer sentir débil.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que fue lo más difícil que hice esta noche.

—Eso no suena débil.

—No.

Me miró.

—Supongo que no.

• • •

No volvimos a la fiesta.

Compramos helado.

Nos sentamos en una acera.

—Definitivamente somos aburridos —dije.

—Habla por ti.

—Estamos comiendo helado a las once.

—Rebeldía extrema.

Me reí.

Alex me miró.

—¿Qué?

—Nada.

—No me mires así.

—Quiero recordarte.

Mi sonrisa desapareció.

—Alex.

—Tu cara.

—La vas a ver muchas veces.

—Lo sé.

—Videollamadas.

—Lo sé.

—Fotos.

—Lo sé.

—Entonces deja de hablar como si fuera a morir.

Sonrió.

—Está bien.

Le lancé una servilleta.

—Idiota.

—Controladora.

Y por primera vez aquella palabra no sonó como un insulto.

Sonó como nosotros.