Antes de que termine el último año CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Pasamos tres días hablando únicamente del proyecto.

Era horrible.

—La introducción está lista —dije.

—Bien.

—¿Terminaste las referencias?

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

Valentina nos observaba desde otra mesa.

Parecía estar viendo un partido de tenis particularmente deprimente.

Finalmente cerró su libro.

—No puedo más.

Alex y yo la miramos.

—¿Qué? —pregunté.

—Ustedes.

—No empieces.

—No. Voy a empezar.

Señaló a Alex.

—Tú estás enfadado.

Después me señaló.

—Tú estás triste.

—Valentina…

—Y ambos están haciendo este espectáculo de "somos adultos emocionalmente responsables" mientras parecen dos perros abandonados.

Alex casi sonrió.

—Buena comparación.

—Gracias.

Valentina recogió sus cosas.

—Arréglenlo.

Se fue.

Silencio.

—Es intensa —dijo Alex.

—Muchísimo.

Otro silencio.

—¿Sigues enfadado?

—Sí.

—Está bien.

—Y sigo queriéndote.

Lo miré.

No esperaba eso.

—Las dos cosas pueden existir a la vez —dijo.

—Yo también te quiero.

Alex cerró el libro.

—Entonces dime por qué.

—Ya te dije.

—Me dijiste que tenías miedo.

—Sí.

—¿De qué exactamente?

Tragué saliva.

Esta era la parte que no quería admitir.

—De que me pidieras que me quedara.

Alex se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

Miré mis manos.

—Tenía miedo de decírtelo y que me dijeras que no me fuera.

—¿Y qué habrías hecho?

No respondí.

—Sofía.

—No sé.

—Sí sabes.

Sentí que los ojos empezaban a arder.

—Quizá me habría quedado.

Alex cerró los ojos.

—Mierda.

—¿Ves?

—No.

Se levantó.

—No, Sofía. Eso no es romántico.

—No dije que lo fuera.

—Llevas años trabajando por esa beca.

—Las cosas cambian.

—Sí. Pero yo no voy a ser la razón.

—¿Y si yo decido que quiero quedarme?

—Entonces quiero que sea porque quieres quedarte.

Me miró.

—No porque tienes miedo de perderme.

—¿Y tú no tienes miedo?

Se rio.

—Estoy aterrorizado.

Eso me dejó sin palabras.

—¿Crees que no quiero pedirte que te quedes?

Su voz se quebró.

—Lo pienso todos los días.

Una lágrima cayó antes de que pudiera detenerla.

—Entonces pídemelo.

Alex negó.

—No.

—Alex.

—No.

—Solo una vez.

—No puedo.

—¿Por qué?

Sus ojos también estaban brillantes.

—Porque me quieres.

Me quedé inmóvil.

—Y sé que si te lo pido, existe la posibilidad de que digas que sí.

Las lágrimas siguieron.

—Eso no es justo.

—Lo sé.

—Quiero que seas egoísta.

—También lo sé.

—Solo dime que quieres que me quede.

Alex se acercó.

Me tomó el rostro entre las manos.

—Quiero que te quedes.

Cerré los ojos.

—Más que cualquier cosa.

Me besó la frente.

—Pero quiero que te vayas.

Abrí los ojos.

—Eso no tiene sentido.

—Sí tiene.

Su voz temblaba.

—Quiero que tengas la vida que querías antes de conocerme.

Lloré.

Alex me abrazó.

Y por primera vez entendí que a veces amar a alguien no significaba pedirle que eligiera tu lado.

A veces significaba apartarte de la puerta.

Aunque todo dentro de ti quisiera cerrarla.