CAPÍTULO 23
Alex descubrió lo de la beca un martes.
Habían pasado nueve días.
Nueve días desde que abrí aquel correo.
Nueve días mintiéndome a mí misma con la idea de que estaba esperando el momento adecuado.
El momento adecuado no llegó.
Llegó el profesor Salazar.
—Antes de comenzar —dijo frente a toda la clase—, quiero felicitar a una estudiante.
Sentí que el estómago se me hundía.
No.
—Sofía Mendoza ha sido seleccionada para una beca completa.
Todo el salón empezó a aplaudir.
Valentina giró hacia mí.
Su expresión pasó de felicidad a horror en menos de un segundo.
Porque ella sabía.
Sabía que Alex todavía no.
Yo no pude girarme.
No quería hacerlo.
—Es una oportunidad extraordinaria —continuó el profesor—. Y creo que merece nuestro reconocimiento.
Más aplausos.
—¡Felicidades! —gritó alguien.
Sonreí.
O intenté hacerlo.
Entonces escuché detrás de mí:
—¿Beca?
Cerré los ojos.
Mierda.
• • •
Alex no me habló durante el resto de la clase.
Ni siquiera me miró.
Cuando sonó el timbre, guardó sus cosas y salió.
—Alex.
Continuó caminando.
—Alex, espera.
Nada.
Corrí detrás de él.
—¡Bennett!
Se detuvo.
Se giró.
Y su expresión me hizo desear que hubiera seguido caminando.
—¿Cuándo?
No fingí no entender.
—Hace nueve días.
Asintió lentamente.
—Nueve.
—Quería decírtelo.
—Claro.
—Alex.
—¿Dónde?
—¿Qué?
—La universidad.
Le dije.
—¿Cuánto queda?
—Unas cuatro horas.
Soltó una pequeña risa.
No tenía humor.
—Genial.
—No hagas eso.
—¿Qué estoy haciendo?
—Actuar como si no te importara.
—No sé cómo quieres que actúe.
—Enfadado.
—Estoy enfadado.
—Entonces grítame.
—No quiero gritarte.
—Pues di algo.
Alex me miró.
—Felicidades.
Eso fue peor.
—No.
—¿Qué?
—No me felicites.
—Sofía…
—No quiero que me felicites así.
—¿Cómo quieres que lo haga?
—No sé.
—Exactamente.
Pasó una mano por su cabello.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque tenía miedo.
—¿De mí?
—De esto.
—¿Esto qué?
—De que todo cambiara.
Alex se quedó callado.
—Todo ya cambió —dijo.
Me dolió.
—No tiene que hacerlo.
—Te vas en agosto.
—Faltan meses.
—¿Y después qué?
—No sé.
—¿Vas a volver los fines de semana?
—Podría.
—¿Cada semana?
—No sé.
—¿Vacaciones?
—Alex…
—¿Vamos a hacer videollamadas? ¿Mensajes? ¿Contar los días?
—¡No sé!
El pasillo estaba casi vacío.
—Ese es el problema —dije—. No sé.
Alex bajó la mirada.
—Pero tú sí sabías algo.
—¿Qué?
—Que habías conseguido la beca.
Silencio.
—Y decidiste no decírmelo.
Ahí estaba.
La verdad.
—Lo siento.
—Me pediste que nunca volviera a mentirte.
—Lo sé.
—Y tenías razón.
Me miró.
—Entonces ¿por qué tú sí puedes hacerlo?
No tenía respuesta.
—No puedo.
—Exacto.
Intenté acercarme.
Alex retrocedió.
Eso dolió más que cualquier cosa que hubiera dicho.
—Necesito irme.
—Alex.
—No voy a hacer ninguna estupidez.
Sabía inmediatamente lo que estaba pensando.
—No pensé…
—Sí.
Su voz se suavizó.
—Lo vi en tu cara.
Sentí vergüenza.
—Voy a llamar a Emma. Después tengo reunión.
Asentí.
Incluso enfadado.
Incluso destrozado.
Había elegido cuidarse.
Debería haberme hecho feliz.
En cambio solo consiguió que quisiera llorar.
—Te escribo después —dijo.
—¿Vas a responder?
Silencio.
—No sé.
Y se fue.
• • •
Esa noche no recibí ningún mensaje.
A las 12:43 miré el teléfono.
Nada.
Era la misma hora en que meses atrás Alex me había escrito porque necesitaba que alguien hablara con él.
Escribí:
Sofía: Lo siento.
Leído.
Nada.
Después:
Sofía: De verdad.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente:
Alex: Lo sé.
Eso fue todo.
Y descubrí que dos palabras podían doler muchísimo.