CAPÍTULO 22
Esperé tres días.
Tres.
El correo seguía sin abrir.
Valentina fue quien me obligó.
—Haz clic.
—No.
—Sofía.
—Puedo esperar.
—¿Hasta cuándo?
—Julio.
—Estamos en febrero.
—Exacto.
Intentó agarrar el mouse.
—¡No!
—¡Ábrelo!
—¡No estoy preparada!
Se detuvo.
Mi voz había cambiado.
—Sofi.
Miré la pantalla.
—¿Y si no la conseguí?
—Entonces lloramos.
—¿Y si sí?
Valentina entendió.
Se sentó a mi lado.
—Entonces también lloramos.
—No quiero dejar a mi mamá.
—Lo sé.
—Ni a Mateo.
—Lo sé.
—Ni a ti.
—Obviamente.
Silencio.
No dije el cuarto nombre.
No hacía falta.
—Alex va a estar bien —dijo.
—No sabes eso.
—No.
Me tomó la mano.
—Pero tampoco puedes construir tu vida alrededor de evitar que alguien más se caiga.
Dolió.
Porque era exactamente lo que yo le había dicho a Alex.
Hazlo por ti.
Qué fácil era dar consejos.
Qué horrible seguirlos.
Respiré.
Abrí el correo.
Leí.
Una vez.
Dos.
Tres.
Las palabras comenzaron a mezclarse.
—¿Qué dice? —preguntó Valentina.
No pude responder.
Ella leyó.
Después gritó.
—¡SOFÍA!
Me abrazó.
—¡LA CONSEGUISTE!
No reaccioné.
—Beca completa —continuó—. Matrícula. Residencia. Sofía, esto es enorme.
—Sí.
—¿Por qué tienes cara de funeral?
Porque estaba a cuatrocientos kilómetros.
Porque empezaba en agosto.
Porque aquello que había querido durante años acababa de convertirse en realidad.
Porque Alex.
Mi teléfono vibró.
Como si lo hubiera invocado.
Alex: ¿Quieres venir? Mi papá aceptó quedarse en el programa.
Debajo:
Alex: Hoy es un buen día.
Cerré los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó Valentina.
Le enseñé el mensaje.
Su expresión cambió.
—Oh.
—No puedo decírselo hoy.
—Sofía.
—Por favor.
—No deberías ocultarlo.
—Solo hoy.
Miré nuevamente el correo.
Después el mensaje de Alex.
Dos noticias.
Dos futuros.
Uno donde todo empezaba a arreglarse para él.
Otro donde yo empezaba a marcharme.
Respondí:
Sofía: Voy.
• • •
Alex abrió la puerta con una sonrisa.
Una sonrisa de verdad.
—Mi papá llamó.
—¿Sí?
—Dice que esta vez quiere hacerlo bien.
—Eso es increíble.
Me abrazó.
—Gracias.
Cerré los ojos contra su pecho.
—¿Por qué?
—Por estar.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Siempre.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Siempre.
Alex me besó la cabeza.
—Te quiero.
—Yo también.
Mi teléfono pesaba dentro del bolsillo.
El correo seguía allí.
La beca.
Agosto.
Cuatrocientos kilómetros.
—¿Estás bien? —preguntó.
Lo miré.
Y por primera vez desde que habíamos prometido ser sinceros, hice exactamente lo que más me había dolido cuando él lo hizo.
Mentí.
—Sí.
Alex sonrió.
—Bien.
Lo abracé otra vez.
Más fuerte.
Porque acababa de conseguir todo lo que llevaba años queriendo.
Y nunca había sentido tanto miedo de perder algo.