CAPÍTULO 19
La llamada llegó un jueves.
Estaba haciendo tarea cuando apareció el nombre de Alex.
—Hola.
No respondió.
—¿Alex?
Escuché su respiración.
—Necesito que hables conmigo.
Dejé el bolígrafo.
—¿Dónde estás?
—Fuera.
—Eso no ayuda.
—Cerca de casa.
Su voz temblaba.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué pasó?
—Mi padre.
Silencio.
—¿Está bien?
—Está borracho.
Alex respiró.
—Discutimos.
—¿Estás herido?
—No.
—¿Él?
—No.
—Bien.
Escuché tráfico.
—¿Dónde estás exactamente?
—No vengas.
—Alex.
—No necesito que vengas.
Hubo una pausa.
—Solo… habla.
Entendí.
—Está bien.
Miré mi habitación.
—Mateo ha vuelto a dejar calcetines debajo de mi escritorio.
Silencio.
—¿Qué?
—Son azules.
Escuché una pequeña risa.
Bien.
—Mi mamá hizo arroz y lo quemó.
—Tu madre cocina bien.
—No hoy.
Seguí hablando.
Cualquier cosa.
La prueba de historia.
Valentina.
El profesor Salazar.
Una serie.
La lámpara de mi habitación.
Diecinueve minutos.
Después Alex dijo:
—Ya pasó.
—¿Qué?
—Las ganas.
Cerré los ojos.
Entendí qué quería decir.
—¿Habías pensado en consumir?
—Sí.
La honestidad dolió.
Pero también significó algo.
—¿Tienes algo contigo?
—No.
—¿Estás con alguien?
—Estoy caminando hacia casa de Emma.
Respiré.
—Bien.
—Sofía.
—¿Sí?
—No quiero volver a hacerlo.
—Lo sé.
—Pero a veces quiero.
—También lo sé.
Silencio.
—¿Eso te asusta?
—Sí.
No iba a mentirle.
—Muchísimo.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por decirme la verdad.
Escuché su respiración.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que hace unos meses habría llamado a Ryan.
—Pero me llamaste a mí.
—Sí.
Sonreí ligeramente.
—Eso cuenta.
—Supongo.
—No. Cuenta.
• • •
Después llamó a Emma.
Después a su terapeuta.
Yo no hice nada extraordinario.
No lo salvé.
No corrí a buscarlo.
Solo estuve al teléfono diecinueve minutos.
Y él hizo el resto.
Aquella noche entendí que cambiar no significaba dejar de tener días malos.
Significaba aprender qué hacer cuando llegaban.