Antes de que termine el último año CAPÍTULO 17
57%

CAPÍTULO 17

Duramos exactamente cinco días sin hablar de lo que éramos.

El sexto, Valentina perdió la paciencia.

—¿Son novios?

Estábamos almorzando.

Alex casi se atragantó.

—Directa —dijo.

—Tengo una vida. No puedo dedicar todos los días a analizar sus miradas.

—Nadie te pidió que lo hicieras —respondí.

—Entonces respondan.

Alex me miró.

Yo lo miré.

—No sé —dijimos.

Valentina dejó caer el tenedor.

—Los odio.

Se levantó.

—Voy por jugo. Cuando vuelva, quiero una respuesta.

Se marchó.

Alex sonrió.

—Da miedo.

—Muchísimo.

Silencio.

—¿Quieres serlo? —preguntó.

Mi corazón aceleró.

—¿Qué?

—Ya sabes.

—Quiero escucharte decirlo.

—Eres terrible.

—Estoy esperando.

Alex respiró.

—¿Quieres ser mi novia?

Debería haber dicho sí.

Era sencillo.

Tres letras.

Pero algo dentro de mí se bloqueó.

Alex lo notó.

—O no.

—No es eso.

—Está bien.

—Alex.

Bajé la voz.

—Tengo miedo.

—¿De mí?

—No.

Pensé.

—De que esto se vuelva demasiado importante.

Su expresión cambió.

—¿Por la beca?

Asentí.

—No quiero empezar algo sabiendo que quizá en unos meses…

No pude terminar.

Alex miró su bandeja.

—Te vas.

—Quizá.

—Probablemente.

—Alex.

—Está bien.

—No, no está bien.

—¿Qué quieres que haga?

No sabía.

Ese era el problema.

—No quiero que renuncies a la beca —dijo.

—Nunca dije…

—Y yo no quiero ser la razón por la que dudes.

Sus palabras dolieron.

—Entonces ¿qué hacemos?

Alex me miró.

—Tenemos diecisiete.

—Gran observación.

—No tenemos que decidir qué va a pasar dentro de diez años.

—¿Y dentro de seis meses?

Su sonrisa fue triste.

—Tampoco.

—Eso es irresponsable.

—Probablemente.

Tomó mi mano debajo de la mesa.

—Pero quizá podemos decidir hoy.

Miré nuestros dedos.

—¿Y mañana?

—Mañana decidimos otra vez.

—Eso suena horrible.

—¿Quieres que te haga una hoja de cálculo?

Me reí.

—Idiota.

—Controladora.

Apreté su mano.

—Está bien.

—¿Está bien qué?

—Sí.

—¿Sí qué?

Lo miré.

—No abuses.

Su sonrisa apareció.

—Quiero escucharlo.

Suspiré.

—Sí, Alex Bennett. Quiero ser tu novia.

—Excelente.

—Qué romántico.

—Estoy nervioso.

—¿Tú?

—Muchísimo.

Eso me hizo sonreír.

Valentina regresó.

Miró nuestras manos.

Miró mi cara.

Miró a Alex.

—NO.

—Baja la voz —dije.

—¡¿SON NOVIOS?!

Medio comedor nos miró.

Me tapé la cara.

Alex empezó a reír.

—Ahora sí.

Valentina gritó.

Varias personas aplaudieron sin siquiera saber por qué.

—Quiero morir —murmuré.

Alex acercó su silla.

—Demasiado tarde.

—¿Por qué?

Me miró.

Esa mirada otra vez.

La que ya empezaba a conocer.

—Porque mañana tenemos que decidir otra vez.

Sonreí.

—Mañana probablemente diga que no.

—Entonces tendré que convencerte.

—Buena suerte.

—No la necesito.

Puse los ojos en blanco.

Pero no solté su mano.

Y durante unas semanas, aquella fue nuestra vida.

Alex y Sofía.

Bennett y Mendoza.

El chico del que todos me habían advertido y la chica que supuestamente siempre sabía lo que estaba haciendo.

Éramos oficialmente algo.

Oficialmente nosotros.

Oficialmente complicados.

Lo que ninguno sabía todavía era cuánto.