Antes de que termine el último año CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Nuestro primer beso ocurrió un martes.

Sin lluvia.

Sin música.

Sin una fiesta.

Sin ninguna de las cosas que aparecen en las películas.

Ocurrió después de una discusión sobre Shakespeare.

Y fue perfecto.

• • •

—Romeo es un idiota —dije.

Alex cerró el libro.

—Qué romántica.

—Lo conoció durante cinco minutos.

—Amor a primera vista.

—Hormonas a primera vista.

—Tienes problemas.

—Tengo sentido común.

Estábamos solos en el salón después de clases.

El profesor nos había permitido quedarnos para avanzar el proyecto.

—Entonces ¿no crees en el amor? —preguntó.

—No dije eso.

—¿En qué crees?

Pensé.

—En conocer a alguien.

—Aburrido.

—En descubrir sus partes horribles y decidir si todavía quieres quedarte.

Su sonrisa desapareció lentamente.

—Eso suena peligroso.

—Probablemente.

Alex jugó con el bolígrafo.

—¿Y si las partes horribles son realmente horribles?

Sabía que ya no hablábamos de Shakespeare.

—Entonces no las ignoras.

—¿Y después?

—Depende.

—¿De qué?

—De si esa persona quiere cambiar.

Sus ojos encontraron los míos.

—¿Y si está intentando?

Mi voz salió más baja.

—Entonces quizá te quedas un rato.

Silencio.

—Sofía.

—¿Sí?

—Estoy intentando.

—Lo sé.

—No soy bueno en esto.

—También lo sé.

Sonrió.

—Qué amable.

—Siempre.

Alex se levantó.

Rodeó la mesa.

Mi corazón empezó.

No.

No otra vez.

Se detuvo frente a mí.

—Tercera vez.

—¿Qué?

—Si alguien nos interrumpe otra vez, voy a asumir que el universo me odia.

Me reí.

—Quizá intenta protegerme.

—Probablemente.

Estaba muy cerca.

—¿Puedo besarte?

Nadie me había preguntado eso antes.

No de esa manera.

Sin asumir.

Sin avanzar hasta que yo respondiera.

—Sí.

Y lo hizo.

Fue suave.

Tan suave que durante el primer segundo casi pensé que lo había imaginado.

Sus labios tocaron los míos.

Mi mano terminó sujetando su camisa sin que recordara haber decidido hacerlo.

Alex se apartó apenas.

Me miró.

—Hola.

Solté una risa nerviosa.

—Hola.

—¿Eso estuvo…?

Lo besé otra vez.

Esta vez fui yo.

Sentí su sonrisa contra mis labios.

Cuando nos separamos, apoyó la frente contra la mía.

—Voy a interpretar eso como una buena reseña.

—Tres estrellas.

—Cruel.

—Quizá cuatro.

—Acepto.

Sonreí.

Y entonces la realidad volvió.

—Alex.

—No.

—¿Qué?

—Sé lo que vas a hacer.

—¿Qué voy a hacer?

—Pensar.

—Tengo que pensar.

—No durante treinta segundos.

—Eso no funciona así.

—Inténtalo.

Me miró.

—Treinta segundos en los que no somos el chico problemático y la chica que quiere una beca.

Mi sonrisa desapareció.

—Solo tú y yo.

Tragué saliva.

—Está bien.

Treinta segundos.

Lo besé otra vez.

Y durante treinta segundos conseguí no pensar en nada.

Ni en la beca.

Ni en su recuperación.

Ni en la graduación.

Ni en que quizá aquello era una idea terrible.

Solo Alex.

Después llegaron los pensamientos.

Pero ya era demasiado tarde.

Había besado a Alex Bennett.

Y quería volver a hacerlo.