CAPÍTULO 14
El problema de casi besar a alguien era que después empezabas a pensar demasiado en su boca.
No estaba orgullosa de aquello.
Pero era verdad.
Alex hablaba.
Yo miraba su boca.
Alex sonreía.
Boca.
Alex mordía un bolígrafo.
Boca.
Aquello era ridículo.
—¿Sofía?
—¿Qué?
—Te pregunté algo.
—Estaba escuchando.
—¿Qué dije?
—Algo sobre…
Miré su cuaderno.
—Literatura.
—Estamos en química.
Mierda.
Sonrió lentamente.
—¿Dónde estabas?
—Aquí.
—No parecía.
—Cállate.
Continué copiando.
—¿Me estabas mirando?
—No.
—Sí.
—Alex.
—¿Qué mirabas?
Sentí que me ardían las orejas.
Él lo notó.
Por supuesto.
—Oh.
—No digas nada.
Su sonrisa se hizo enorme.
—No he dicho nada.
—Tu cara está diciendo demasiado.
Se acercó.
—¿Era mi…
Le puse la mano sobre la boca.
—Termina esa frase y te mato.
Sus ojos sonrieron.
Entonces me di cuenta de que estaba tocando su boca.
Quité la mano inmediatamente.
Alex empezó a reír.
—Te odio.
—No parece.
Y ese era exactamente el problema.
• • •
El sábado Diego y yo nos reunimos para la feria.
Era agradable.
Inteligente.
Educado.
Llegaba puntual.
Literalmente todo lo que debería gustarme.
—¿Quieres salir conmigo? —preguntó.
Casi derramé el café.
—¿Qué?
—No ahora.
Se rio.
—Algún día.
—Diego…
—Puedes decir que no.
Miré mi vaso.
—No sé.
—Es por Bennett.
Levanté la mirada.
—No.
—Sofía.
¿Por qué todo el mundo decía mi nombre de esa forma?
—Es complicado.
—Eso significa sí.
—No estamos juntos.
—Pero quieres estarlo.
Silencio.
Diego sonrió.
—Entonces no voy a competir.
—No hay competencia.
—Exacto.
Eso dolió más de lo esperado.
Porque tenía razón.
• • •
Alex estaba esperándome afuera.
Fruncí el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Valentina me dijo dónde estabas.
Traición.
—¿Por qué?
—Necesitaba devolverte esto.
Me entregó un libro.
—Podías hacerlo el lunes.
—Sí.
Lo miré.
—¿Estás celoso?
—No.
—Alex.
—Un poco.
Sonreí.
—¿Te invitó a salir?
—Sí.
Su sonrisa desapareció.
—Ah.
—Le dije que no.
Volvió.
Idiota.
—¿Por qué?
—No sé.
—Mentira.
—Bennett.
—Mendoza.
Seguimos caminando.
Nuestros brazos se rozaron.
—Sofía.
—¿Sí?
—Lo del otro día.
Mi corazón aceleró.
—¿Qué?
—Cuando casi…
—Sé.
Se detuvo.
Yo también.
—¿Te arrepientes?
—No ocurrió nada.
—No pregunté eso.
Lo miré.
—No.
Alex dio un paso hacia mí.
—Yo tampoco.
Otra vez esa distancia.
Otra vez su mirada.
—¿Puedo? —preguntó.
Mi corazón prácticamente estaba intentando escapar.
Asentí.
Alex inclinó la cabeza.
Entonces un automóvil tocó la bocina.
Nos separamos.
—¡SOFÍA!
Mi madre.
Quería desaparecer.
Alex empezó a reír.
—Esto ya parece personal.
—Cállate.
—¿Tu familia tiene un calendario?
—Te odio.
—Sigues diciéndolo.
Me alejé.
—Buenas noches, Bennett.
—Algún día, Mendoza.
Abrí la puerta del auto.
Lo miré.
—¿Algún día qué?
Sonrió.
—Vamos a conseguir terminar un beso.
Cerré la puerta.
Mi madre me miró.
—¿Quién es?
—Nadie.
Alex, desde afuera, levantó las cejas.
¿Nadie?, articuló.
Miré al frente.
Mi madre sonrió.
—Claro.
Quería morir.