Antes de que termine el último año CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Alex Bennett dejó de escribirme durante seis días.

No porque estuviéramos enfadados.

Eso habría sido más sencillo.

Simplemente dejó de hacerlo.

No más:

¿Estás despierta?

No más fotografías horribles del almuerzo del instituto.

No más quejas sobre química.

No más mensajes a las once de la noche preguntándome cosas completamente inútiles como:

¿Los peces tienen sed?

Sí.

Alex me había preguntado eso.

Y yo había pasado veinte minutos discutiendo con él.

Ahora, silencio.

En clase seguía hablándome.

Trabajábamos.

Bromeaba.

Parecía normal.

Pero algo había cambiado después de aquel casi beso.

Y me estaba volviendo loca.

—Pregúntale —dijo Valentina.

—No.

—Entonces deja de mirar tu teléfono.

Lo puse boca abajo.

—No lo estaba mirando.

—Sofía.

—¿Qué?

—Son las diez de la mañana y has revisado Instagram seis veces.

—Puedo tener vida social.

—Tienes cuatro publicaciones.

—No necesito este nivel de violencia.

Valentina sonrió.

—Te gusta.

—¿Quién?

Me miró.

—Patético.

Suspiré.

—No sé.

—¿Qué no sabes?

—Si me gusta.

—Casi lo besas.

—Técnicamente él casi me besa.

—Y tú estabas ahí por accidente, supongo.

—Exactamente.

—Sofía.

Me dejé caer sobre la mesa.

—Está bien.

Bajé la voz.

—Quizá.

Valentina abrió la boca.

—Como grites, te mato.

Se tapó la boca.

Después susurró:

—Lo sabía.

—Todo el instituto lo sabía antes que yo.

—Eso también.

Le lancé un bolígrafo.

• • •

Después de clases, Alex no estaba.

Otra vez.

Me dije que no iba a buscarlo.

Diez minutos después estaba caminando hacia las gradas.

No estaba allí.

Gimnasio.

Nada.

Biblioteca.

Nada.

—¿Buscas a Bennett?

Me giré.

Diego.

—No.

Me miró.

—Vale.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué todos dicen "nada" cuando claramente quieren decir algo?

—Porque te enfadas rápido.

—No me enfado rápido.

Diego sonrió.

—Está en orientación.

Me quedé quieta.

—¿Orientación?

—Lo vi entrar.

—Ah.

—¿Ves? Lo buscabas.

—Cállate.

Se rio y continuó caminando.

Esperé.

No sé por qué.

Veinte minutos después, Alex salió.

Se detuvo cuando me vio.

—Hola.

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

Pensé rápidamente.

—Arquitectura.

Miró las paredes.

—Sigues obsesionada.

—Muchísimo.

Sonrió.

—¿Estabas esperándome?

—No.

—Mientes fatal.

—¿Qué hacías?

Señaló la puerta.

—Hablando con la orientadora.

—¿Por?

—Universidades.

Parpadeé.

—¿Universidades?

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que un perro acaba de aprender álgebra.

—No esperaba…

—Ya sé.

Se metió las manos en los bolsillos.

—Estoy intentando pensar qué voy a hacer después.

Sonreí.

—Estoy orgullosa.

—Otra vez.

—Acostúmbrate.

Caminamos hacia la salida.

—También fui a la reunión —dijo.

—¿Qué reunión?

Tardó un poco.

—Del programa.

Entendí.

—¿De apoyo?

Asintió.

—Había otros chicos.

—¿Cómo fue?

—Incómodo.

—Eso parece bueno.

—¿Cómo puede ser bueno?

—Las cosas importantes suelen ser incómodas.

Me miró.

—Definitivamente tienes cincuenta años.

Le di un golpe con el hombro.

—Idiota.

Llegamos a la salida.

—Alex.

—¿Sí?

—¿Por qué no me has escrito?

Se detuvo.

Mierda.

Lo había preguntado.

—Pensé que querías espacio.

—Eso fue antes.

—Después casi te beso.

Sentí calor en la cara.

—Sí.

—Y pensé que quizá necesitabas más.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Necesitabas espacio?

Alex me miró durante demasiado tiempo.

—Necesitaba asegurarme de algo.

—¿De qué?

—De que no estaba haciendo todo esto por ti.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—La terapia. Las reuniones. El instituto.

Miró hacia la calle.

—Cuando me dijiste que tenía que hacerlo por mí, me enfadé.

—Lo recuerdo.

—Porque sabía que tenías razón.

Sonrió ligeramente.

—Y si algún día tú te vas…

No terminó.

Sentí un nudo en el estómago.

—Tengo que poder seguir haciéndolo.

No supe qué decir.

Así que hice algo peor.

Lo abracé.

Alex se quedó completamente inmóvil.

—Esto es raro —murmuró.

—Cállate.

Un segundo después sentí sus brazos alrededor de mí.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por decirme lo que no quería escuchar.

Cerré los ojos.

Quizá eso era querer a alguien.

No hacer que te necesitara.

Sino esperar que algún día dejara de hacerlo.