CAPÍTULO 12
Esperé hasta el día siguiente.
Alex estaba frente a su casillero.
—Mentiste.
Se quedó inmóvil.
No preguntó sobre qué.
Eso confirmó todo.
—Sofía…
—Me miraste a los ojos.
—Lo sé.
—Te pregunté directamente.
—Lo sé.
—Y mentiste.
Cerró el casillero.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De que hicieras exactamente esto.
—¿Esto qué?
—Mirarme como si estuvieras decepcionada.
—¡Estoy decepcionada!
Varias personas miraron.
No me importó.
—No porque hayas recaído. Porque me mentiste.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
—¡No puedo!
Su voz resonó por el pasillo.
Silencio.
Alex bajó la voz.
—No sé cómo explicarte lo que pasa por mi cabeza.
—Puedes intentarlo.
—¿Y después qué?
—¿Qué quieres decir?
—¿Me vas a arreglar?
La palabra me dolió.
—Nunca he intentado arreglarte.
—Todo el tiempo estás pendiente de mí.
—Porque me importas.
—Ese es exactamente el problema.
Me quedé quieta.
—¿Yo soy el problema?
Alex cerró los ojos.
—No dije eso.
—Prácticamente.
—Sofía…
—No.
Retrocedí.
—Tienes razón.
—¿Qué?
—Estoy demasiado pendiente.
—No era…
—Pero eso termina aquí.
Su expresión cambió.
—No soy tu madre. No soy Emma. No soy tu psicóloga.
Tragué saliva.
—Y no soy tu salvación.
Alex me miró.
—Nunca dije que lo fueras.
—Entonces deja de tratarme como si mi opinión sobre ti decidiera si eres una buena o mala persona.
Silencio.
—Tú tienes que decidir qué haces ahora.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas.
—¡Estoy intentándolo!
Su voz se quebró.
Eso me detuvo.
—Estoy intentando ir a clase. Estoy intentando ir a terapia. Estoy intentando no responder cuando esos idiotas me escriben. Estoy intentando dormir sin necesitar nada.
Sus ojos estaban brillantes.
—Y tuve una noche horrible.
No dije nada.
—Una.
Golpeó suavemente el casillero con la palma.
—Y cuando desperté, lo primero que pensé fue que tú ibas a mirarme diferente.
Mi enfado se mezcló con algo mucho más doloroso.
—Alex…
—Por eso mentí.
—Eso no lo hace correcto.
—Lo sé.
—No necesito que seas perfecto.
Su mirada encontró la mía.
—Necesito que seas sincero.
Asintió lentamente.
—Lo siento.
—Yo también.
Pasé junto a él.
—Sofía.
Me detuve.
—Necesito espacio.
Las palabras parecieron golpearlo.
Pero asintió.
—Está bien.
• • •
Duramos cuatro días sin hablar.
Fueron cuatro días absurdamente largos.
No hubo papeles en clase.
No hubo mensajes de madrugada.
No hubo comentarios sobre Diego.
Alex llegaba.
Se sentaba.
Trabajaba.
Se iba.
Yo debería haber estado tranquila.
En cambio, todo parecía demasiado silencioso.
El viernes después de clases salí y empezó a llover.
Perfecto.
No llevaba paraguas.
Me quedé bajo el techo de la entrada.
—Toma.
Un paraguas apareció frente a mí.
Alex.
—¿Y tú?
—Tengo capucha.
—Está lloviendo muchísimo.
—Sobreviviré.
Tomé el paraguas.
Nuestros dedos se tocaron.
Ninguno apartó la mano inmediatamente.
Levanté la mirada.
Alex estaba muy cerca.
Demasiado.
—¿Sigues enfadada? —preguntó.
—Un poco.
—Justo.
—¿Estás bien?
Sonrió.
—Hoy sí.
Esta vez le creí.
—Fui a terapia —añadió.
—Bien.
—Le conté lo que pasó.
—Bien.
—Y bloqueé a Ryan.
—¿El chico de la fiesta?
Asintió.
—Bien.
—Puedes decir otra palabra.
Sonreí.
—Estoy orgullosa de ti.
Su expresión cambió.
—No deberías.
—¿Por qué?
—Porque todavía puedo arruinarlo.
—Todos podemos.
La lluvia golpeaba el techo.
Alex bajó la mirada hacia mí.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
—Sofía.
—¿Sí?
Dio un paso.
Yo no retrocedí.
Eso fue mi error.
O quizá mi decisión.
Su mano subió lentamente.
Se detuvo junto a mi rostro, como si estuviera esperando permiso.
No me tocó.
—Dime que me aleje.
No dije nada.
—Sofía.
Sus ojos bajaron hacia mis labios.
Los míos hicieron lo mismo.
Un centímetro.
Quizá dos.
Podía sentir su respiración.
Entonces escuché:
—¡SOFÍA!
Salté hacia atrás.
Valentina corría hacia nosotros con una chaqueta sobre la cabeza.
—¡Mi mamá llegó!
Miró a Alex.
Me miró.
Volvió a mirar a Alex.
—Oh.
Quise morir.
Alex bajó la cabeza y empezó a reír.
—No te rías —murmuré.
—Estoy intentando.
—No parece.
Valentina abrió lentamente la boca.
—¿Interrumpí algo?
—No —respondimos los dos.
Demasiado rápido.
—Claro.
Tomé el paraguas.
—Nos vamos.
—Sofía…
—Ahora.
Arrastré a Valentina conmigo.
Cuando llegamos al automóvil, miré hacia atrás.
Alex seguía bajo el techo.
Me observaba.
Y sonreía.
Levantó la mano.
Yo levanté la mía.
Valentina me miró.
—Vas a contarme absolutamente todo.
—No pasó nada.
—Sofía.
—Casi pasó algo.
Valentina gritó.
—¡LO SABÍA!
—¡Cállate!
Subí al auto con el corazón todavía acelerado.
No habíamos besado.
Ni siquiera nos habíamos tocado.
Pero ahora tenía un problema mucho mayor que todos los rumores del instituto.
Porque sabía exactamente qué habría ocurrido si Valentina hubiera llegado treinta segundos después.
Y también sabía que habría dejado que ocurriera.