CAPÍTULO 10
Mi secreto no era interesante.
No tenía drogas escondidas.
No me metía en peleas.
No desaparecía durante días.
Mi secreto era mucho más aburrido.
Y quizá por eso me daba tanta vergüenza.
No había enviado la solicitud de la beca.
Llevaba semanas diciendo que sí.
A mi madre.
A Valentina.
A los profesores.
Incluso a Alex.
Pero seguía guardada en mi computadora.
Completa.
Perfecta.
Sin enviar.
Cada vez que colocaba el cursor sobre el botón, sentía que no podía respirar.
Porque enviarla significaba que podía conseguirla.
Y conseguirla significaba marcharme.
• • •
—¿Qué escondes?
Cerré la computadora.
Alex arqueó una ceja.
Estábamos en la biblioteca.
—Nada.
—Eso fue sospechoso.
—No.
—Cerraste la laptop como si estuvieras viendo porno.
—¡Alex!
La bibliotecaria levantó la cabeza.
Él se tapó la boca para no reír.
—Eres un imbécil.
—Entonces dime.
—No.
—Ahora entiendo lo molesto que es cuando haces preguntas.
—Bien.
Volví al proyecto.
Cinco minutos después:
—¿Era lo de la beca?
Me congelé.
—¿Cómo sabes?
—Vi el logo.
Mierda.
—¿Ya la enviaste?
—Sí.
Mentira.
Alex me miró.
—No.
—¿Qué?
—No la has enviado.
—Claro que sí.
—Cuando mientes te tocas el pulgar.
Miré mis manos.
Estaba haciéndolo.
Las escondí debajo de la mesa.
—No hago eso.
—Acabas de hacerlo.
—Cállate.
—¿Por qué no la has enviado?
—No sé.
—Sofía.
—Porque tengo miedo, ¿está bien?
La respuesta salió demasiado fuerte.
Varias personas miraron.
Bajé la voz.
—Tengo miedo.
Alex no dijo nada.
—¿De no conseguirla?
Negué.
—De conseguirla.
Su expresión cambió.
—Todos creen que quiero irme.
—¿Y no?
—Sí.
—Entonces…
—Pero también quiero quedarme.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Mi mamá está aquí. Mateo está aquí. Valentina está aquí.
No dije tú.
Pensé tú.
Eso fue peor.
—¿Sabes qué es lo más horrible? —continué—. He trabajado durante años para tener una oportunidad de irme. Y ahora que podría conseguirla, estoy aterrada.
Alex se quedó callado.
—Di algo.
—No.
—¿Qué?
—Tú me enseñaste que a veces no tengo que arreglar todo.
Me quedé mirándolo.
—Así que no voy a decirte qué hacer.
Sus ojos estaban sobre los míos.
—Solo voy a sentarme aquí.
Y lo hizo.
Sin consejos.
Sin bromas.
Sin decirme que estaba siendo ridícula.
Simplemente se quedó.
Por alguna razón, eso fue exactamente lo que necesitaba.
Abrí nuevamente la computadora.
La solicitud apareció.
Alex no miró.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Algo estúpido.
Coloqué el cursor sobre ENVIAR.
Respiré.
Hice clic.
La pantalla cambió.
Solicitud recibida.
Me quedé inmóvil.
—Alex.
—¿Sí?
—Creo que voy a vomitar.
Se rio.
—Estoy orgulloso de ti.
Lo miré.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Parecer orgulloso.
Sonrió.
—Acostúmbrate.
Y odié que utilizara mis propias palabras contra mí.
Sobre todo porque, por primera vez, la idea de marcharme tuvo un nombre entre todas las cosas que podía perder.
Alex.