Antes de que termine el último año CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Alex: ¿Estás despierta?

Lo vi.

No respondí.

Alex: Sé que estás despierta.

Fruncí el ceño.

Sofía: ¿Cómo?

Alex: Porque respondiste.

Idiota.

Sofía: ¿Qué quieres?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Alex: Nada.

Me quedé mirando la pantalla.

Sofía: Alex.

Tardó.

Alex: Mi padre está bebiendo.

Me incorporé.

Sofía: ¿Estás bien?

Alex: Sí.

Sofía: ¿Emma está ahí?

Alex: No.

Pensé.

Sofía: ¿Quieres hablar?

Alex: No.

Cinco segundos.

Alex: Sí.

Sonreí ligeramente.

Lo llamé.

—Hola —dijo.

Su voz sonaba diferente.

Pequeña.

—Hola.

—No sabía que ibas a llamar.

—¿Quieres que cuelgue?

—No.

Silencio.

—¿Qué está pasando?

—Nada nuevo.

Escuché una puerta cerrarse al otro lado.

—Estoy en mi habitación.

—Bien.

—¿Qué estabas haciendo?

—Durmiendo.

—Mentira.

—Intentando dormir.

—Eso sí.

Nos quedamos hablando.

Primero sobre su padre.

Después sobre cualquier cosa.

El proyecto.

Valentina.

Diego.

—¿Por qué mencionaste a Diego? —pregunté.

—No sé.

—Mentiroso.

—¿Te gusta?

Sonreí.

—Buenas noches, Alex.

—Sofía.

—¿Qué?

—No has respondido.

—Exacto.

—Eso significa que sí.

—Eso significa que eres insoportable.

Escuché su risa.

—Gracias.

—¿Por qué?

Silencio.

—Por distraerme.

Mi sonrisa desapareció.

—Cuando quieras.

—Cuidado, Mendoza.

—¿Qué?

—Voy a empezar a creer que te importo.

Miré el techo.

—Quizá un poquito.

Él quedó en silencio.

—¿Alex?

—Sí.

—¿Sigues ahí?

—Sí.

Su voz era más baja.

—Buenas noches, Sofía.

—Buenas noches.

Colgué.

Dormí fatal.

Y fue completamente su culpa.

• • •

Al día siguiente, Alex me esperaba frente al salón.

—Tienes cara de sueño.

—Alguien me llamó a la una de la mañana.

—Qué irresponsable.

—Terrible persona.

—Deberías bloquearlo.

—Estoy considerándolo.

Sonrió.

Entonces me miró.

No como siempre.

Diferente.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

No sabía.

Ese era el problema.

—Como sea que estás mirando.

Se acercó un poco.

—¿Te pongo nerviosa?

Solté una carcajada.

Demasiado rápida.

—Tú no me pones nerviosa.

—No dije que yo.

—Eres…

—¿Sofía?

Diego apareció.

Alex retrocedió.

—Hola —dije.

—¿Tienes un minuto?

—Claro.

Diego me entregó unas hojas.

—Para la feria.

—Gracias.

—Pensaba que podríamos reunirnos el sábado.

—Sí.

—¿En la cafetería de la plaza?

—Perfecto.

Diego sonrió.

—Nos vemos.

Se marchó.

Miré a Alex.

Tenía la mandíbula tensa.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Espero que disfrutes tu cita.

—No es una cita.

—Yo no dije que lo fuera.

Lo miré.

—Eres infantil.

Entré al salón.

Alex me siguió.

—¿Entonces no lo es?

Sonreí sin girarme.

—Pensé que no te importaba.

—No me importa.

—Perfecto.

—Perfecto.

Y así descubrí una cuarta cosa sobre Alex Bennett.

Era pésimo fingiendo que no tenía celos.