Antes de que termine el último año CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Alex Bennett tenía una hermana.

Eso ya lo sabía.

Lo que no sabía era que su hermana tenía la capacidad de avergonzarlo en menos de treinta segundos.

—Así que tú eres Sofía.

Emma Bennett me observó como si acabara de encontrar algo que llevaba semanas buscando.

—Emma —advirtió Alex.

—¿Qué?

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu cara está diciendo cosas.

Emma sonrió.

—Ahora entiendo por qué te cae bien.

Alex cerró los ojos.

—Voy a entrar.

—Cobarde —dijo ella.

Él levantó el dedo medio mientras entraba a la cafetería.

Emma soltó una carcajada.

—Definitivamente es mi hermano.

Era sábado.

Alex y yo habíamos quedado para avanzar el proyecto y, por razones que todavía no entendía, Emma había terminado llevándonos a una pequeña cafetería cerca de su casa.

Tenía veintitrés años y se parecía bastante a Alex.

Mismos ojos.

Mismo cabello oscuro.

Pero había algo distinto en ella.

Parecía cansada.

No físicamente.

De esa forma en que parecen cansadas las personas que han tenido que ser fuertes durante demasiado tiempo.

—Gracias —dije.

Emma me miró.

—¿Por qué?

—Por llamarme esa noche.

Su sonrisa desapareció.

—No sabía a quién llamar.

—¿Cómo conseguiste mi número?

—Estabas guardada como "Sofía proyecto".

La miré.

—¿En serio?

—Ahora estás como "Sofía NO molestar".

Me reí.

—Mientes.

—Completamente.

Alex regresó con tres bebidas.

—¿Qué le estás contando?

—Tus secretos.

—Entonces necesitaremos más café.

Dejó uno frente a mí.

—Chocolate.

Lo miré.

—¿Cómo sabías?

Se encogió de hombros.

—Siempre compras chocolate en la máquina del instituto.

No debería haber significado nada.

Era una bebida.

Eso era todo.

Pero algo dentro de mí hizo ese pequeño movimiento incómodo que últimamente aparecía demasiado cuando Alex estaba cerca.

—Gracias.

—De nada.

Emma nos observó.

Después sonrió.

Oh, no.

• • •

Trabajamos durante casi dos horas.

Emma se marchó antes.

—Pórtate bien —le dijo a Alex.

—Tengo diecisiete, no siete.

—La semana pasada demostraste lo contrario.

El ambiente cambió.

Alex bajó la mirada.

Emma pareció arrepentirse inmediatamente.

—Lo siento.

—Está bien.

Ella le besó la cabeza.

—Te quiero.

—Yo también.

Cuando se fue, Alex permaneció callado.

—¿Estás bien? —pregunté.

Me miró.

—Puedes preguntar eso.

—¿Qué?

—Antes te dije que dejaras de hacerlo.

Cerró el libro.

—Ahora puedes.

Sonreí ligeramente.

—Entonces… ¿estás bien?

—Hoy sí.

Hoy.

Otra vez esa palabra.

—¿Fuiste a la cita?

Asintió.

—¿Y?

—Horrible.

—Alex.

—Me hizo hablar de mis sentimientos.

—Qué monstruo.

—Fue traumático.

Sonreí.

—¿Vas a volver?

Silencio.

—Sí.

No dije nada.

Pero él vio mi sonrisa.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Parecer orgullosa.

—¿Por qué?

—Es raro.

—Pues acostúmbrate.

Negó con la cabeza.

Seguimos trabajando.

• • •

Una hora después me acompañó hasta la parada.

—¿Tu hermana siempre ha sido así contigo?

—¿Molesta?

—Protectora.

Metió las manos en los bolsillos.

—Desde que murió mi mamá.

—Lo siento.

—Fue hace mucho.

—Eso no significa que deje de doler.

Me miró.

—A veces dices cosas muy de señora de cincuenta años.

—Y tú actúas como niño de cinco.

—Perfecto equilibrio.

Sonreí.

Llegamos a la parada.

—¿Y tu papá? —pregunté.

Alex dejó de caminar.

—Complicado.

—No tienes que contarme.

—Lo sé.

Eso pareció ayudar.

—Antes era diferente.

Esperé.

—Después de mi mamá empezó a beber.

Miró hacia la carretera.

—No es malo todo el tiempo. Ese es el problema.

Entendí más de lo que dijo.

—Hay días en que parece mi papá otra vez.

Su voz bajó.

—Y después hay otros…

No terminó.

No necesitaba hacerlo.

—Por eso faltas.

Asintió.

—A veces tengo que quedarme en casa.

—¿Para cuidarlo?

—Para asegurarme de que no haga ninguna estupidez.

Sentí un nudo en el pecho.

De repente sus faltas.

Sus notas.

Las ojeras.

Todo empezaba a encajar.

No justificaba lo que hacía.

Pero lo explicaba.

—Alex…

—No me mires con pena.

—No lo hago.

—Sí.

—Te estoy mirando como si fueras un idiota.

Eso consiguió que sonriera.

—Mucho mejor.

Llegó mi autobús.

Subí el primer escalón.

—Sofía.

Me giré.

—Gracias por no salir corriendo.

—Todavía puedo hacerlo.

—Mañana.

—¿Qué?

—Dame hasta mañana.

Sonreí.

—Buenas noches, Bennett.

—Buenas noches, Mendoza.

Me senté junto a la ventana.

Mientras el autobús avanzaba, miré hacia atrás.

Alex seguía allí.

Y pensé que quizá estaba empezando a conocer al chico que existía detrás de todos los rumores.

Eso debería haberme hecho sentir mejor.

En cambio me dio miedo.

Porque era mucho más fácil no enamorarse de una reputación.