CAPÍTULO 7
Alex volvió al instituto una semana después.
No hubo entrada dramática.
No hubo bromas.
Simplemente apareció.
Yo estaba sacando un libro del casillero cuando lo vi al final del pasillo.
Se veía diferente.
No físicamente.
Era algo en la forma de caminar.
Como si por primera vez fuera consciente de que todo el mundo podía verlo.
Varias personas comenzaron a susurrar.
Él bajó la mirada.
Entonces me vio.
Se detuvo.
Yo también.
Durante una semana había imaginado aquel momento.
En algunas versiones lo abrazaba.
En otras le gritaba.
En una particularmente satisfactoria le daba un golpe con mi libro de química.
Al final no hice ninguna.
Caminé hacia él.
—Hola.
—Hola.
Silencio.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Lo miré.
—No vuelvas a decirme eso.
Alex bajó la mirada.
—Estoy… mejor.
—Eso sí te lo creo.
Asintió.
—Emma te llamó.
—Sí.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte conmigo.
—Sí tengo.
—No, Alex.
Respiré.
—Pero estoy enfadada.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Y no voy a fingir que lo que pasó no importa.
Su mandíbula se tensó.
—Sofía…
—Déjame terminar.
Se quedó callado.
—No sé exactamente qué pasó. Tampoco voy a obligarte a contármelo. Pero no voy a convertirme en la persona que corre detrás de ti cada vez que decides destruirte.
Alex cerró los ojos.
Me dolió decirlo.
Pero continué.
—Me importas.
Sus ojos se abrieron.
Ahí estaba.
Lo había dicho.
No podía recuperarlo.
—Y precisamente porque me importas, no pienso fingir que está bien.
Alex tragó saliva.
—No sé qué quieres que diga.
—Nada.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que seas tú quien decida qué hacer con tu vida.
Silencio.
—No puedo salvarte, Alex.
Sonrió tristemente.
—Nunca te lo pedí.
—Lo sé.
—¿Y si no sé cómo arreglarlo?
Mi enfado desapareció.
Por primera vez, no parecía el chico del que todos hablaban.
Parecía simplemente alguien de diecisiete años que tenía miedo.
—Entonces empiezas por pedir ayuda.
Miró hacia otro lado.
—Mi hermana consiguió una cita.
—¿Con quién?
—Un psicólogo. Un programa para adolescentes.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
—¿Vas a ir?
—No sé.
—Alex.
—Dije que no sé.
—Está bien.
No quería presionarlo.
—Pero quiero intentarlo —añadió.
Eso era suficiente.
Por ahora.
• • •
Después de clases nos sentamos en las gradas vacías del gimnasio.
No trabajamos en el proyecto.
Por primera vez, simplemente hablamos.
—Mi madre murió cuando tenía once —dijo.
No dije nada.
—Mi padre cambió después.
Miraba hacia la cancha.
—Emma prácticamente me crió. Luego se cansó de ser la adulta de la casa y empezó a desaparecer.
—¿Y tú?
—Yo aprendí a desaparecer sin irme.
La frase me dolió.
—¿Las drogas?
Alex bajó la mirada.
—Empezaron en fiestas.
Esperé.
—Era fácil.
—¿Qué cosa?
—No pensar.
Nos quedamos en silencio.
—Lo de la semana pasada no fue…
Se detuvo.
—No quería hacerme daño.
Asentí.
—Solo fui un imbécil.
—Eso sí puedo confirmarlo.
Me miró.
Sonrió.
Pequeñito.
—Gracias.
—Para eso están los amigos.
—¿Entonces seguimos siendo amigos?
—Estoy reconsiderándolo.
—Cruel.
Sonreí.
Después su expresión volvió a ponerse seria.
—Tengo miedo.
Era la primera vez que lo escuchaba decirlo.
—¿De qué?
—De no poder parar cuando vuelva a estar mal.
No sabía qué responder.
Así que dije la verdad.
—Entonces no lo hagas solo.
Alex me miró.
—Pero tampoco lo hagas por mí —añadí—. Ni por Emma. Ni para demostrarle nada a nadie.
—¿Por quién entonces?
—Por ti.
Se quedó callado.
El sol comenzaba a desaparecer detrás del gimnasio.
—Sofía.
—¿Sí?
—¿Por qué quieres irte tanto?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Quién dijo que quiero irme?
—Hablas de esa beca como si fuera un boleto de escape.
Miré mis manos.
Quizá Alex no era el único experto en esconder cosas.
—Mi mamá ha trabajado toda su vida para que yo tenga oportunidades.
—Eso no responde mi pregunta.
—Quiero estudiar.
—Tampoco.
Suspiré.
—Porque tengo miedo de quedarme.
—¿Por qué?
Miré el instituto vacío.
—Porque siento que si me quedo aquí, mi vida ya está decidida.
Alex permaneció en silencio.
—¿Ves? —dije—. Tú quieres escapar de tu cabeza. Yo quiero escapar de mi ciudad. Todos tenemos algo.
—Eso ha sido sorprendentemente profundo para alguien que amenaza con asesinarme cada dos días.
—Puedo ser multifacética.
Sonrió.
Nuestros ojos se encontraron.
Y ocurrió algo extraño.
El silencio cambió.
No sé explicarlo mejor.
Alex estaba demasiado cerca.
O quizá siempre había estado así y recién acababa de notarlo.
Sus ojos bajaron durante un instante hacia mi boca.
Mi corazón hizo algo estúpido.
Él volvió a mirarme.
—Sofía…
Me levanté.
—Tenemos que irnos.
Alex parpadeó.
—Sí.
—Mi madre me espera.
—Claro.
Recogimos nuestras cosas.
Mientras caminábamos hacia la salida, ninguno habló de lo que casi había ocurrido.
Porque técnicamente no había ocurrido nada.
No me había besado.
Yo tampoco había querido que lo hiciera.
Eso me repetí durante todo el camino a casa.
El problema era que aquella noche, cuando cerré los ojos, no pensé en la beca.
No pensé en Literatura.
Ni siquiera pensé en lo que había pasado la semana anterior.
Pensé en los ojos de Alex bajando hacia mis labios.
Y por primera vez desde que lo conocía, el problema no era que Alex Bennett pudiera arruinar mi último año.
El problema era que empezaba a sospechar que podía convertirse en la parte que más iba a extrañar cuando terminara.